PASEO POR UNA AMÉRICA DE FUEGO, PLÁSTICO Y SANGRE – AMERICAN GODS

Que el estafador Shadow Moon saliera de la cárcel antes de tiempo por el fallecimiento de su mujer, Laura, no me pareció en demasía estrafalario para una serie que portaba el sello de ser un canto al exceso del realismo mágico. Unos minutos después, la reina de Saba se zampaba a un tío por el coño en pleno acto sexual.

La resaca que deja la primera temporada de American Gods es como la que puede dejar un buen ron, o un whisky caro, para el que le guste. Se enciende la luz y lo primero que nos ataca es la sensación de haber vivido en una especie de fantasía, de tener lagunas, quizás: de no tener del todo claro qué es lo que ha pasado en sus ocho capítulos. La segunda de las realidades con la que nos topamos es que no nos duele la cabeza, como en una resaca mala, ni tenemos los ojos hinchados. Justamente al contrario, la maravilla audiovisual de American Gods (basada en la novela original homónima de Neil Gaiman) nos absorbe y nos hace penetrar en una especie de sueño de colores y sombras que, sin duda, no deja indiferente al espectador.

Ambientada en la época contemporánea, la serie plantea una distopía anacrónica que no solamente recurre a lo místico del mundo antiguo, sino también a una pesadilla futurista, enfrentando por fin a los dioses de la antigüedad con los nuevos iconos pop, el culto al ego en las redes sociales, los medios de comunicación y la tecnología. La sangre contra el flujo del big data, los truenos contra la cultura del holograma, el redoble de los tambores contra la música de plástico, el fuego y la dinamita contra el acero de las espadas.

American Gods se configura como una oda a la extravagancia que también nos invita a realizar una delicada reflexión sobre los orígenes de los actuales Estados Unidos, la inmigración, la esclavitud y la pobreza, en la que lo excéntrico se apoya en una exquisita fotografía y una ambientación que deambula errabunda entre los paisajes estériles de la América profunda de ayer y de hoy.

En definitiva, el batiburrillo del imaginario de American Gods es la promesa de que una forma de contar historias diferente es posible. Alejada de cualquier pretensión de agradar al público más simplón, hace que dioses (buenos y malos), duendes y hadas se entremezclen en esta genial serie de ocho piezas, cada una de aproximadamente una hora de metraje, con un virtuosismo extraordinario, en el que destaca la arrogante y a la vez simpática presencia de Mr. Wednesday (Ian McShane), cuya incontestable actuación lo coloca muy por encima del otro co-protagonista, el ya mencionado Shadow Moon (Ricky Whittle), que asume un papel más secundario, siendo el único de los personajes principales que parece mantenerse del lado de la gente normal, como nosotros, y junto al cual vamos abriendo una y otra capa de la cebolla indómita que propone esta serie.

Resulta difícil describirla de lo general a lo particular, y más difícil de lo particular a lo general. American Gods es American Gods. No le busquen parecido. Suena un organillo. En 2019, más.

Por cierto, no sale Javier Cámara… de momento.

 

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