MAGIA LÍQUIDA – ‘LA FORMA DEL AGUA’, de Guillermo del Toro

LA FORMA DEL AGUA – The shape of water (2017) de Guillermo del Toro

Vivo en una tierra en la que llueve mucho, muchísimo, y pese a lo que puedan suponer mis amistades de zonas más cálidas o secas, no, muy rara vez me gusta que llueva. Únicamente la lluvia muy fina que en lugar de mojar acaricia, o en una situación de poder estar resguardado y cómodo en casa sin necesidad ni intención de salir a la calle cuando se escuchan retumbar los chaparrones en el suelo y los tejados. Y cuento esto porque, pese a toda la lluvia y el agua que he visto en mi vida, que no ha sido poca, nunca habría pensado en toda la magia escondida que puede descubrirse en unas aparentemente insignificantes gotas de agua.

Guillermo del Toro hace gala de su gran sensibilidad como creador, delegándola a la perfección dentro de la escena en una inconmensurable Sally Hawkins, y saca petróleo de la misma forma de material fílmico, con el que ha compuesto, gotita a gotita, la que será sin duda una de las películas del año y probablemente su mejor trabajo hasta la fecha. Brillante la manera en que se zambulle en dos géneros (el thriller de asuntos secretos de gobierno y el drama romántico) en los que (dicen que) ya está todo más que contado, combinarlos por medio de la figura narrativa más representativa de su filmografía, el “monstruo”, la criatura extraña. Y extraña hasta el punto de que no desvelar demasiado sobre la misma, que sirve de núcleo y principio organizador del relato, resulta clave precisamente para crear esa atmósfera de magia latente y apuntalar la eficacia de la narración en todos sus aspectos. Puede que desde El hombre elefante no haya sentido tanta simpatía y estima hacia un “monstruo”.

Aquel cineasta aparentemente de segunda fila que encandiló a los más escépticos del cine de género con El laberinto del fauno va ahora, más de una década después, varios pasos más allá con ese giro a la sensibilidad, absorbiendo para sí toda la ternura del clasicismo más codificado, y a mayor apuesta, mejores resultados, por supuesto que sí. Porque abrazar un clasicismo tan explícito y nostálgico (que encuentre su culmen en esa escena musical inesperada, pero cuya llegada nos anuncia sutilmente durante todo el metraje previo) no es una apuesta tan segura como parece si lo de que se trata es de hacer una buena película y no simplemente una película agradable. Del Toro se la ha jugado con todas las de la ley y ha salido ganando, y por mucho.

No conviene en absoluto quedarse en una lectura simplista de La forma del agua en clave de instancia del arquetipo de La bella y la bestia ni centrarse en la (a todas luces atípica) historia de amor principal. Estamos ante una película sobre la sensibilidad y la empatía, pero también sobre la comunicación, en tanto que capacidad que va mucho más allá de lo verbal. La segunda de las grandes apuestas del director y coguionista (esta vez junto a Vanessa Taylor, que cuenta con varios episodios de Juego de tronos en su currículum), la mudez de los dos personajes protagonistas, se antoja mucho más arriesgada que la anteriormente mencionada, pero precisamente en ese “limitación” encuentra toda esa fuerza expresiva. Ahí el cineasta se ha llevado el premio gordo (y no, no es un chiste fácil sobre su figura anatómica).

La guinda del pastel la pone el conjunto del reparto, con secundarios de lujo y consagrados, que no por encontrarse en roles en los que estamos más que acostumbrados a verlos (el personaje de Michael Shannon no deja de ser un epílogo de aquel implacable Van Alden de Boardwalk Empire) dejan de ser perfectos para ello.

Ficha técnica

 

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