DIEZ AÑOS SIN TONY SOPRANO

Tony Soprano swimming poolEste año se cumplen diez desde que Los Soprano desaparecieron para siempre de nuestras pantallas. El lector coincidirá conmigo en que una cosa buena que tiene la serie Los Soprano es que no es un sueño de Antonio Resines. Esto se puede traducir también por “me alegro de que Los Soprano no sean Los Serrano”. Quiera que no, el hecho de que minutos antes de terminar una serie no se descubra que todo era un sueño de Antonio Resines es un toque extra de calidad que cualquier serie merece. Aunque lo sea, aunque de veras sea todo un sueño de Antonio Resines, yo prefiero que no me lo cuenten y escapar airoso de ese choque mortal como un auténtico ignorante. Un ignorante feliz. Puede parecer una tontería, pero a veces coqueteo viciosamente con la idea de que toda serie acaba, y Antonio Resines despierta de un profundo sueño derrumbando todo pacto de verosimilitud entre la pantalla y el ojo del espectador, y provocando consecuentemente enormes manifestaciones de fans de la buena arquitectura del guión, rotos por el continuo abuso de los artificios baratos como éste con el que se coronó la popular serie española. A Dios gracias de que Los Soprano no sean Los Serrano ni nada por el estilo.

Se nos fue James

Por su parte, si el crítico Carlos Boyero juzgase hoy sobre Los Soprano, aclararía con casi total seguridad que el mayor acierto de David Chase al confeccionar la maravillosa serie fue el no contar con Javier Cámara para interpretar a ninguno de los innumerables personajes que campan por sus casi noventa capítulos. En este caso creo que coincidiría con su criterio: seguramente Javier Cámara no tenga un perfil que encaje remotamente con nada en esta serie, y tampoco tenga mucho sentido pensar en él en esta tarde de primavera, en su brillante calva, en esos ojillos tristes con que mira pareciendo que necesita que le perdonen la vida un día más, pero seguramente es preferible acordarse de la tirria que Boyero siente por Javier Cámara, a todas horas, en casi cualquier situación, que recordar la trágica noticia que nos sorprendió el verano de 2013, cuando todos nos sobrecogimos al saber que James Gandolfini, protagonista y estrella de Los Soprano, había fallecido de un ataque al corazón.

angry Tony SopranoPor especular, puede ser que la muerte estuviese relacionada, al menos remotamente, con el hecho de que comía de verdad. En la serie, me refiero, al contrario que sus homólogos en las “taquillerísimas” sitcoms Big Bang u otras comedietas del estilo, en las que los personajes sostienen estirados trozos de verdura de colores en sus tenedores de plástico durante conversaciones enteras, Tony Soprano devoraba tarrinas y tarrinas de helado (de verdad) en la mencionada serie sobre la mafia italoamericana de Jersey City y alrededores. Quizás fuese por eso que le diera un ataque al corazón, aunque la sola idea de morir por comer helado resulta triste y ridícula. Pero muy dulce. Seguramente a Gandolfini le pasó lo que a Tony Soprano, y también a los hermanos Amador en Pata Negra, que todo lo que le gustó en vida fue ilegal, inmoral o le hizo engordar. En cualquier caso, que descanse en paz.

Una serie de otro siglo

Respecto a la serie en sí misma, quizás sea conveniente puntualizar que se trata de un relato que comenzó el siglo pasado. Solamente aceptando esta limitación en el tiempo y en el espacio y asumiendo que no, que Los Soprano no es una serie de hoy, que no es Breaking bad, ni Utopia, ni Juego de tronos, ni Narcos, podremos aventurarnos a pronunciarnos con un mínimo de imparcialidad. Si sigue vigente o si narrativamente está un poco desfasada es un buen debate, pero seguramente pocos de los que leen estas líneas desterrarán a Los Soprano del decálogo de grandes series de la historia de la humanidad, uno de los buques insignia de la mítica HBO. Que se dice pronto.

A partir de aquí esta brevísima crítica contiene algún spoiler, aunque no deberíamos considerarlos así si nos atenemos a que Los Soprano debería ser de visionado obligatorio para los amantes de las series. Por otro lado, he tratado de reducirlos al mínimo posible.

Tony Soprano and Dr. MelfiLo peor

Si hay que elegir algo malo, probablemente lo peor de esta serie sean los tiempos: larguísimos capítulos en los que en ocasiones coexisten dos o tres tramas simultáneas con secuencias tediosísimas que albergan la pueril esperanza de interesar y retener al espectador pero que, en parte, lo agotan con una brasa de monotonía sempiterna de la que parece nunca llega el final. El espectador quiere ver mafia, mafia, mafia y acción, y se encuentra mafia y otras cosas que nada tienen que ver con una serie de acción. Quizás porque no sea una serie de acción.

El abanico de dramas pomposos pretendidamente trascendentales que se intuye tras la primera línea argumental se diluye constantemente en nuevos dramas bastante parecidos y ciertamente previsibles. Las interminables charlas con su psicóloga, la doctora Melfi (Lorraine Bracco), las numerosas e irrelevantes subtramas relacionadas con su hijo, Tony Soprano Jr. (Robert Iler), o las disputas con su hermana, que es capaz de sacar de quicio al público son buenos ejemplos. En estos momentos, la serie vira peligrosamente hasta casi encontrarse en el precipicio de convertirse en Los Serrano.

Existe en la serie, en general, gran cantidad de metraje en el que sólo hay diálogo o, peor aún, ensoñaciones de Antonio Resines, o de Tony Soprano, con traumas y miedos íntimos, filias y fobias desembarcan al espectador de hoy en una infinita playa de arena blanca y mar calma en la que la acción está dosificada de forma muy inteligente pero también tremendamente austera. Los Soprano no es una serie ácida, su ritmo es lento y, como se dice en mi pueblo, “aburre al más pintado”. Para verla hay que estar preparado, en un ejercicio de autocontrol y de paciencia, para visionar una serie que, como decía, comenzó el siglo pasado. Es una serie que funciona en marchas largas, no tiene la garra infatigable, la rapidez, la virulencia y la violencia en el ritmo, la frescura de otras series más actuales. Esta es la crítica más grave que se le puede hacer: que es lenta, que es larga, que resulta pesada como esta crítica. Los Soprano no es una serie para todos los paladares.

The Sopranos ensembleLo mejor

Y aunque ya se sabe, todo lo demás es excelente. Todo. La ambientación, la trama, la profundidad de los personajes, las deliciosas interpretaciones, la música, la escritura del guión, el slang, la complejísima radiografía constante de los complejos y las ínfulas de la sociedad americana con ascendencia italiana, la crítica subyacente a la mafia, sus formas y a su fantasía de normas y reglas, la confusión entre respeto y miedo, los podredumbre latente en los valores del crimen organizado y de aquellos que lo consienten, la impotencia de las víctimas, la jerarquía despótica de la famiglia, la reafirmación permanente de una italianidad desaparecida, la injusticia como constante, la agresividad, violencia e ira con que se enfrentan a la vida los protagonistas y el fidedigno retrato de la decrepitud del sueño americano. Todo es formidable.

Una de las claves de Los Soprano, por encima de otras, es la capacidad que tiene el guión, la dirección y, sobre todo, la magnífica interpretación del ganador de un Globo de Oro, tres premios Emmy y otros tantos del Sindicato de Actores, el laureadísimo James Gandolfini, de contarnos todo esto con honestidad sin que despertemos de nuestra ilusión para caer en la cuenta de que Tony Soprano es un múltiple asesino, en cuya ideología se asientan el racismo y la misoginia, y afloran el egoísmo y la falta de humanidad. Apenas nos damos cuenta, como le ocurre al agente especial del FBI, Dwight Harris (Matt Servitto), de que Tony Soprano no es nuestro amigo.

Sopranos finale Don't Stop Believin'Una historia tremendamente verosímil y una interpretación brillante

La serie de Tony consigue que nos preocupemos por las paranoias de su protagonista, que nos anticipemos a sus reacciones, y aún así continúa, hasta prácticamente el último capítulo, sorprendiéndonos con brotes de violencia y de sangre fría que llegan a su máxima cota cuando aprovecha un accidente de tráfico para asesinar por ahogamiento a un familiar muy conocido y querido por todos, por no entrar en detalles ni desvelar este secreto para quien no haya tenido la oportunidad de ver la serie. Es en este momento cuando, quizás, caemos en la cuenta de que Tony Soprano es un psicópata y que es conveniente que nos apartemos de él. Lo descubrimos a la vez que su doctora, cuando ella lo expulsa de la consulta por última vez. Sólo en ese momento Tony está completamente sólo: lo han descubierto. Y nosotros también. Aunque no nos engañemos. Nosotros ya lo sabíamos. Es nuestro Tony.

Don’t stop believin’ cierra abruptamente Los Soprano y la ruleta de la vida continúa girando y girando sin ser nosotros testigo. Al final no hay sueño, ni despertares entre sábanas blancas. No hay Resines. No hay Javier Cámara. No hay disparo. No hay muerte. No hay nada. Y lo mejor, Tony sigue vivo.

Don’t stop.

A negro.

 

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