‘LIKE A ROLLING STONE’: ¿EL INICIO DE UNA NUEVA ERA EN LOS VÍDEOS MUSICALES?

Bob-Dylan-Like-a-Rolling-Stone-video-5-screengrab-BobDylan-comNo puedo empezar esta inevitable y obligada reflexión sin un pertinente prólogo. ¿Necesitaba un tema tan imprescindible en la historia de la música como la cien veces versionada Like a rolling stone, del no menos imprescindible Bob Dylan, un videoclip? Discusiones sobre el origen del vídeo musical como formato nos pueden llevar desde los Beatles a Queen pasando por recovecos más anónimos de la historia de la música, pero cierto es que su popularización, iniciada a finales de los setenta, no cristalizó precisamente hasta la década siguiente. Y en todo caso, mucho después de que Dylan publicase (1965) uno de sus clásicos más reconocidos y universales.

Es innegable que el videoclip forma hoy en día parte indivisible de la industria musical, en todas sus facciones y niveles, y se ha integrado naturalmente en su dimensión expresiva. Pero, por mucho que la MTV iniciase el furor afirmando que el vídeo mató a la estrella de la radio, no podemos omitir la brutal obviedad de que la esencia de la música pertenece al reino del sonido, al dominio del sentido auditivo. Por ello, la respuesta a la pregunta expuesta en el prólogo es un rotundo no. Y por ende, siguiendo ese sabio principio de que lo que no suma, resta, lo innecesario se volvería automáticamente impertinente.

Bob Dylan - Like a rolling stone, de Vania Heymann (2013)Entonces, ¿qué sentido tiene dedicarle un pieza audiovisual a la versión primeriza y original de Like a rolling stone, parte inalienable de la banda sonora del siglo XX y de la humanidad, por extensión, casi medio siglo después de su lanzamiento? El que se propuso semejante reto sólo tenía dos opciones para salir airoso: o conseguir un trabajo redondo, dejando boquiabierto hasta al más escéptico, y que al mismo tiempo hiciese justicia a la inabarcable grandeza de Dylan y su legado (como se propuso Todd Haynes en la poliédrica I’m not there, con resultado irregular), pasando automáticamente al olimpo histórico de los vídeos musicales; o bien, en una línea similar, hacer algo que no se haya visto nunca y revolucione el formato de tal manera que pueda suponer un antes y después en la historia de los vídeos musicales. En otras palabras, crear el Ciudadano Kane de los videoclips.

Pues bien, el joven videoartista israelí Vania Heyman, en su primer proyecto de índole internacional, se ha decantado por la segunda, y el hecho de que le esté dedicando un artículo a un videoclip (por primera vez en los cinco años de esta web), a su videoclip, pese a las reticencias iniciales que arriba expuse, ya da cuenta del entusiasmo que me ha producido el resultado. Renunciando a cualquier premisa obvia de desarrollar una idea visual (con su propia microhistoria) relacionada con el cantautor, con su legado o con el significado, literal o figurado, de sus letras (que dan para mucho, para muchísimo), el creador desafía todas las fronteras de un formato ya de por sí con pocas reglas escritas (muchas menos que al audiovisual narrativo) y se marca un vídeo interactivo a modo de pantalla de televisión con 16 canales, independientes entre sí, cada uno con su programación bien definida entre un amplio abanico de géneros (videoclips incluidos… la metalingüística no puede faltar en una propuesta así).

Bob Dylan - Like a rolling stone, de Vania Heymann (2013)16 canales, 16 submundos que se suceden como quien no quiere la cosa, ajenos a cualquier referencia al universo Dylan, salvo un vídeo de un directo del cantautor en uno de los canales, la mínima cuota de justicia. 16 programas “ficticios” creados ad hoc con el hilo musical de la canción como tejido conjuntivo, conectado a las imágenes (sin sonido “diegético” propio) a través de la fórmula, tan de moda en los últimos años en las redes (y algo cansina ya), del lipdub… pero un lipdub totalmente diferente a los que estamos acostumbrados (teatralizados, artificiosos y conscientes de sí mismos), hasta el punto de tener que frotarse un par de veces los ojos para verificar que, en efecto, esas imágenes no tienen nada de found footage sino que han sido especialmente creadas para tan única ocasión. El carácter interactivo y “meta” del conjunto, con forma y “funcionalidad” de televisor doméstico real, llega hasta el interfaz de la barra de volumen, importada de una caja catódica noventera cualquiera.

Tal como he afirmado, predigo que esta obra va a entrar de lleno en la cronología histórica del vídeo musical, como un hito en la exploración y redimensión de su propio formato. Cuando menos, espero muchos ríos de tinta, virtual o impresa, al respecto, acercamientos que se atrevan a analizar los casi 100 minutos totales de metraje, buscando hasta en el más mínimo recoveco mensajes o referencias implícitas a Robert Allen Zimmerman (nombre real de Dylan) y a su legado musical, cultural y humano.

A modo de conclusión, y volviendo a la cuestión de la pertinencia, creo sinceramente que tamaña propuesta podría haberse producido con cualquier canción, es más, pudiendo ocurrir perfectamente que la canción misma pase más bien desapercibida después de todo (no hay que rebuscar mucho para encontrar videoclips que le quedan muy grandes a los temas para los que fueron creados). Pero si algo así iba a acabar ocurriendo, qué mejor que llegue a modo de homenaje a uno de los músicos más grandes de todos los tiempos y a una de sus composiciones de cabecera. O lo que es lo mismo: si tantos años después se iba a atrever alguien a hacer un vídeo musical de Like a rolling stone, que sea algo que valga mucho la pena.

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