UNA LECCIÓN DE DRAMEDIA – GLEE


GLEE 2X08: FURT

Llevaba sin hablar de los chicos del coro del McKinley High desde la season premiere. La verdad es que esta segunda temporada tardó algo en “arrancar”, vamos, en recuperar la frescura que nos deleitó en el arrasador inicio de la primera hornada. Pues bien, la ocasión lo merece, ya que el episodio de la semana pasada, octavo de este segundo volumen, constituye toda una lección de ese género tan difuso, y por ende complicado de definir y de valorar, que es la dramedia, lo que nos vuelve a demostrar, tras habernos llenado de cierto escepticismo últimamente, que Glee no es otra serie más de institutos. Un sensacional capítulo donde los códigos y licencias de la comedia sirven de soporte y cauce al episodio más dramático (y no necesariamente en el sentido trágico) de la historia de esa pequeño localidad de Ohio.

Como se puede deducir directamente de un título que realiza un guiño por activa y pasiva a toda la prole de fans, el episodio se centra en Finn y Kurt, en ese arco de trama que los unía desde el emparejamiento de sus padres viudos, en la primera temporada. Como buena dramedia, sabe nadar hábilmente entre la fórmula situacional, caracterizadora de todo capítulo, y una serialización no estrictamente marcada, que no suponga un corsé. Pues bien, esa mencionada trama seguía en suspensión y se seguía apreciando de manera latente e implícita, pese a la importante piedra de toque al respecto que supuso Theatricality, episodio homenaje a Lady Gaga (1×20). Y qué mejor manera de retomarla con todas las de la ley que con el primer bodorrio que se marca la serie, entre el padre de Kurt y la madre de Finn, ambos viudos desde hace tiempo y con la carga de haber criado a sus hijos ellos solitos. Ryan Murphy reincide en este tipo de conexión, que fue pistoletazo de salida y catalizador en su primera serie, Popular.

Kurt está siendo quizás el personaje con más relevancia en lo que llevamos de temporada, ya que en la primera quedaba en un primerísimo segundo plano ante las experiencias de Finn, Rachel, Will, y en cierta medida, Quinn. Habiéndose asumido completamente su condición en la primera hornada, por su propia parte primeramente, como por la de sus compañeros y por la de los propios espectadores, es ahora, en los albores de su primer amorío (aquel chico del colegio privado que nos presentaron hace un par de entregas, quien ya se ha confirmado como regular, al igual que Mike “Other Asian” Chang), cuando se sitúa de lleno en el centro de la acción. Ya no se trata de ningún asunto relativo a su esfera emocional, sino de su situación de víctima ante el reiterado acoso del matón oficial del McKinley. Nótese que la temática del acoso escolar, tan antigua como la vida misma pero de la cual los medios de masas, y la sociedad de masas, por ende, han empezado a tener (más bien, a expresar) conciencia hace más bien poco.

Quien sí alberga un conflicto de sexualidad es precisamente su acosador, Dave Karofsky, un recurrente (y hasta entonces tópico) elemento de fondo que ha ganado una importancia transcendental en los últimos episodios. Así pues, el menos masculino de los chicos de New Directions se convierte en un animal débil al que proteger, algo que acaba derivando en la más fuerte unión entre los miembros del coro vista hasta ahora. El sentimiento de pertenencia y de fraternidad se hacen más que patentes cuando entre todos toca proteger a un compañero, a un amigo, que no se puede proteger sólo, y al que todos saben que no gusta pedir ayuda de su boca y que otros les saquen las castañas del fuego. Esta vez no hay tiempo para las rencillas. Pero toda apoyo es poco cuando es el sistema el que falla, y así pasamos de repente de la felicidad a la incertidumbre en el mayor cliffhanger que hemos visto hasta ahora en la serie, el único realmente marcado, ya que se trata de algo bastante inusual en la dramedia (a excepción de finales de temporada y de mitad de temporada). El desarrollo serial manda ahora en Glee, y aquí el reset situacional (que no es sólo patrimonio de sitcom y procedimentales) tendrá poco que hacer.

En cuanto a Finn, un personaje excesivamente veleta y maleable para su alto grado de protagonismo, sufre esta vez una trayectoria mucho más creíble, predecible, pero no por ello menos válida: desde el escepticismo ante el anuncio del enlace hasta la aceptación y el compromiso de fraternidad. Todo ello, paralelamente a la sempiterna paranoia de la popularidad, elemento definitorio de la ficción estudiantil, mucho más natural en la sociedad norteamericana de lo que podemos pensar aquí. Y más en concreto, esas aspiraciones de liderazgo (que todavía no han alcanzado el grado de cansinismo de su “homólogo” Jack Sheppard), inicialmente significadas en su recuperada posición de capitán del equipo de fútbol. Su proceso de aprendizaje y redención parte de su inicial preocupación por cuestiones de pantalla y postureo, principal motivación de su inmovilismo ante la problemática central del episodio, y llega hasta la comprensión de aquello en lo que debe consistir realmente su condición de líder: en ayudar, proteger y apoyar, sin concesiones, al que ya es oficialmente su hermanastro, y en general, al resto de sus compañeros a los que él ha ayudado, los únicos de quienes realmente se debe preocupar acerca de lo que digan y lo que piensen sobre él. Todo una realización en pequeña escala, aunque con importantes lagunas, del viaje del héroe.

Esta vez, los números musicales adquiere más justificación diegética que nunca (y eso que Glee suele ser bastante íntegra en este aspecto) y se concentran todos en ese bodorrio por todo lo alto, que comienza con una marcha nupcial atípica pero envidiable y continúa en el banquete, donde destaca un gran solo del profesor, que esta vez permanece en un correcto segundo plano. La fuerte unión y armonía, tanto de Finn y Kurt en concreto, como de los chicos del coro en general, se reafirma aquí de la mejor manera en la que ellos se saben expresar: con música. Aparte de eso, en las siempre comprometidas y peliagudas palabras de los comprometidos, se confirma la unión efectiva de la familia Hudson-Hummel, con conmovedoras dedicatorias a los “recién hermanados”. Sin duda, momentos de un fuerte dramatismo (repito, no trágico, sino emotivo), el clímax (no musical) de la dramedia.

Pero no se trata de la única boda del episodio, si bien esta otra tiene unas connotaciones, un trasfondo y mismo una naturaleza totalmente opuestas a la anterior. Su única (sí, única) protagonista es la tenaz Sue Sylvester, que, despechada y frustrada como nunca antes, toma la estrafalaria decisión de casarse consigo misma (he aquí uno de esas licencias de comedia que mencionaba al principio del post). Pronto descubrimos aquello sobre lo que quisimos saber más pero que hasta ahora se nos negó, que la profunda megalomanía de la tenaz entrenadora no es más que el vehículo hacia la cura de la profunda herida que es la soledad. Herida cuyo origen conocemos por fin en este capítulo, y no es otra que su madre, esa famosa “cazadora de nazis” que creímos invención, una de las revelaciones más ansiadas.

De esta manera, sí resulta natural y comprensible la cordura, la templanza y el sentido la justicia, otrora inimaginables, con los que actúa ante el asunto del acoso escolar, punto de conexión argumental con la trama principal. La empatía con este controvertido personaje, para muchos el mejor de Glee, alcanza su cumbre en el momento en que finalmente se saca esa espina de rencor y culpa, colocando a su querida madre en su sitio, es decir, fuera de su vida y de la de su dependiente hermana. Pero antes de ello, madre e hija se marcan el único recital del episodio fuera del bodorrio, cantando con nostalgia “Ohio”, del musical Wonderful Town, con el que se homenajea a ese Estado, bastante olvidado por la ficción, que sirve de localización de la serie (argumental, no de rodaje), y que por fin adquiere un cierto significado, dejando de ser un mero escenario, un lugar común sin futuro del que todos quieren escapar. Al fin y al cabo, el nombre de la localidad, Lima, pese a referirse a un emplazamiento real de Ohio, no deja de ser el revelador acrónimo de lost in middle America.

Está claro que de bodorrios iba la cosa, ya que los compromisos nupciales no se acaban aquí. Y es que todavía encontramos un tercero en la subtrama de Sam y Quinn. Realemente aquí se les ha ido un poco la mano ya que esa petición formal queda algo fuera de lugar, más que nada por la(s) forma(s), ya que su cometido, la consolidación de esta relación, es necesaria, aunque podría haberse logrado de una manera mucho más discreta. Aquí tenemos también otro viaje del héroe, todavía más simple, pero muy paralelo al de Finn, a quién precisamente acaba afectando, para la bueno, la intervención de “el nuevo”. El objetivo de Sam ya no es la popularidad, es la chica. Sabe lo que quiere, y parece decidido a conseguirlo. Qué mejor manera que un enfrentamiento con el “enemigo público”, no como una lucha de ciervos, de orgullo, sino como defensa de uno de los suyos. Precisamente la actitud que Finn debería haber tomado desde el principio. Por otra parte, ya no resulta tan sorprendente a estas alturas el ver a Quinn romper una lanza en pos de la igualdad de género, cuestionando de raíz la manera tan patriarcal, con los roles sexuales muy marcados, que tienen sus compañeros (y compañeras) de proceder a la defensa de Kurt. La animadora es sin duda uno de los personajes que más ha evolucionado, e incluso ahora, resurgida de sus cenizas y otra vez en la cima del microcosmos estudiantil, no olvida la lección aprendida. Paradójicamente tiene que ser una mujer criada en una familia ultraconservadora quien lleve la voz del feminismo, todavía muy implícita, en la serie.

Con la pareja de rubios consolidada, el mapa relacional se termina de definir y se presenta más estable que nunca. El viejo cuartero rotatorio (Finn-Rachel-Puck-Quinn) es ahora sustituido por uno permanente e inamovible. El siempre inseparable tándem Brittany-Santana parece haber encontrado su par en la nueva amistad Puck-Artie, si bien la relación entre Puck y Santana se trata más que nada de una consolación mutua ante la ausencia de algo mejor. Pero como sin conflicto no hay argumento, por algún lado tenía que hacer aguas este panorama tan aparentemente apacible: si en el cliffhanger toda esa felicidad se desmorona de golpe, cualquier cosa puede pasar. La clave es la siempre ponzoñosa Santana, que siembra la semilla de un conflicto futuro (con pinta de muy inmediato) entre Finn y Rachel, que de seguro acabará por poner patas arriba ese puzzle de relaciones que tanto tiempo ha costado encajar. Al fin y al cabo, se trata de un instituto. A la hispana parece gustarle en el fondo ese pardillote al que tanto intenta ningunear, del que ha sido “mentora maligna”. De nuevo la sexualidad funciona como el perfecto catalizador, sin caer en el morbo y lo gratuito, y empleando tópicos manidos pero no como guía, sino como barrera a superar.

Por último, no estaríamos ante la perfecta dramedia si entre tanto jugo argumental no encontrásemos ingeniosos grumos humorísticos, como esa gran frase que espeta Kurt al principio del episodio: “Llevo organizando bodas desde los dos años. Mis Power Rangers se casaron y se divorciaron en tantas combinaciones… eran como Fleetwood Mac”. Luego está esa guinda perfecta que es la presencia de numerosas referencias, hacia fuera y hacia dentro, y a diferentes niveles. Se produce un doble homenaje a Lost, aunque en ambos casos indirecto y no referido a la trama: uno explícito, con la mención de un famoso hotel de Hawaii que sirvió de hospedaje a muchos de sus actores eventuales; y otro más rebuscado con la presencia, en el papel del padre de Karofsky, del actor que puso cara al inolvidable Dr. Arzt. Un tributo que no se podía hacer espear demasiado en una serie que destaca, entre otras cosas, por saber vivir en su tiempo, en nuestro tiempo, en “tiempo real”.

Aunque sobre todo, no podemos dejar de resaltar algo tan insólito como es ese gran guiño al cada vez más fuerte fenómeno fandom que supone la inclusión en los diálogos de esos combos de nombres con los que se hace alusión a cualquier pareja, consumada o no, hasta el punto de llegar al mismísimo título. Todo fan es shipper en mayor o menor medida, y como tal, este inesperado pero agradecido homenaje por parte de los creadores no puede más que hacernos sentir orgullosos. La era del feedback en la ficción se acerca.

Drama, comedia, tramas hábilemente hilvanadas argumetalmente y conectadas temáticamente, arcos de trama que se cierran y otros que se empiezan a abrir, cambios en todos los personajes, tensiones sexuales por doquier, referencias, tributos a los fans, grandes momentos musicales, cliffhanger mayúsculo pero coherente… no hay ingrediente que falte para poder considerar a Furt uno de los mejores episodios de dramedia de los últimos años. Debería quedar como un manual a seguir.

 

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Comments
2 Respuestas to “UNA LECCIÓN DE DRAMEDIA – GLEE”
  1. Virada dice:
    Enhorabuena. Excelente review.Por fin un post sobre Glee muy por encima de la media y muy lejos de los habituales de los fans. Si es verdad que una serie, como cualquier creación, es un test proyectivo que cristaliza opiniones que en realidad son interiores del observador lo cierto es que casi todo lo que leía sobre Glee era un poco descorazonador por pobre. Y este post ha sido, insisto, una sorpresa.
    Estoy de acuerdo con casi todo lo que comentas. Quizá no tanto en el tema de la escena petición de Sam y su lógica en el desarrollo de la “otra” pareja. Sobre todo porque la ironía o lo excesivo de la situación refuerza el tono sexy-romántico, en el sentido mas, ¿adolescente?, que está tomando la relación. Tono que no puede tener el equipo Finchel porque ni la química y ni el físico se lo permite. Finn no es, aunque recorra el camino del héroe, atractivo en el sentido mas sexual de la palabra y Rachel tampoco aunque en su caso sería lo que mas desearía. Quinn si lo es (y lo sabe) y lo proyecta sobre su pareja generando una química que llega a través de la pantalla. Lo ven los creadores de la serie, lo refuerzan (capítulo 10) y Agron lo potencia al límite cuando el guión le deja un hueco.
    Teorías sobre parejas modernizadas de príncipes y princesas aparte estoy totalmente de acuerdo en el poder que la era del feedback está tomando por fin. Resulta fascinante entrever en este capítulo el hilo de algunas polémicas generadas en la red. Pero en el siguiente es mayor aún. Como escribirás sobre el asunto ya lo comentaré. Enhorabuena otra vez .
  2. JULIO C. PIÑEIRO dice:
    Pues mi sorpresa no es mucho menor al comprobar que existen fans que, como yo, se toman esta serie en serio cuando hay que tomársela, y que, cuando quiere, es mucho más que un placer culpable. Hace poco la acusaban de haber “saltado el tiburón” (http://www.imdb.com/poll/results/2010-12-04), pero la verdad es que los dos últimos capítulos le han dado en los morros a quienes así lo creían. Y eso que la 2º temporada estaba comenzando a ser preocupantemente irregular.

    El próximo capítulo será de divertimento (especial navideño), aunque no por ello dejará de tener chicha “dramédica”. Sobre todo en el tema del mapa relacional, que cada vez se hace más interesante, sin llegar a la vergonzosa frivolidad telenovelesca. Veo que en eso eres una auténtica experta, así que te invito a compartir tus teorías y crónicas con nosotros y el resto de lectores.

    Y sí, tienes razón: el personaje de Finn está demasiado poco logrado, ya sea por el actor (muchas veces muy bajo de tono) como por sus irregulares (y a veces poco coherentes) arcos de trama. Es la asignatura pendiente de la serie. Por fortuna, en el 2×09 es el inicio de una “descentralización” del coro (y de la serie en general) que se clamaba a gritos.

    Gracias por comentar, y hasta la próxima.

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