ESPECIAL ORSON WELLES

EL ÚLTIMO DE LOS RENACENTISTAS

Genio y figura. No habrá otro igual. Es un caso de trascendencia única este multifacético Orson Welles de quien el pasado 6 de mayo se cumplieron 95 años de su nacimiento. Coincidiendo con el 25º aniversario de su desaparición física, a los 70 años, la misma se produjo justo a tiempo, cuando los críticos de la época y el público que durante tanto años le diera la espalda comenzaban a reconocerlo con el talento que tuvo y con la trascendencia que su figura implicó para un autentico pionero e inventor que revoluciono las bases del cine de su tiempo y del futuro. Para entender la permanencia de su figura a lo largo de los años y lo que su obra contribuyó al progreso del cine basta evidenciar el adelanto cronológico de sus obras en cuanto a una técnica depurada gracias a recursos renovados y a una narrativa dramática desconocida hasta entonces. También, y como muchas de sus películas lo muestran, sentó las bases para la evolución en la puesta en escena, el cine de autor y el genero noir, entre muchas ramas cinematográficas que revolucionó.

Welles, desde muy chico, comenzó desarrollando sus aptitudes artísticas representando obras de William Shakespeare, su gran obsesión de la juventud. Hasta que tanto ahínco tuvo su recompensa cuando puedo llegar a representar en Broadway varias de las grandes obras del celebre escritor inglés. Su gran éxito en Broadway le abrió las puertas de la radio, donde en un espacio radiofónico propio llevó a cabo un 30 de octubre de 1938 su famosa adaptación de la novela de H.G. Wells La guerra de los mundos. La tamaño notoriedad de tal impactante puesta en el aire sobre la ficticia invasión extraterrestre le abrió las puertas a los estudios RKO. La emisión radiofónica había desatado una polémica en una Estados Unidos, que siempre tuvo un enemigo exterior que combatir (llámese comunismo, terrorismo o alienígenas). Su desembarco en el mundo del espectáculo no podía haber sido más escandaloso. Impactados quedaron los gerentes de la RKO, quienes le ofrecieron un contrato para filmar películas a su gusto y placer, mientras que la manera en que Welles se abrió paso en el mundo artístico (con semejante escándalo y conmoción), daba muestra de su personalidad rebelde y arrolladora. Y el hecho de filmar a gusto y placer sería un beneficio del que Welles, dada su mala reputación, no gozaría a lo largo de su fructífera y ecléctica carrera.

Un jovencísimo Orson Welles revolucionaba a Hollywood con su ópera prima, una película de características de leyenda a la que Welles se adentró de lleno una vez que fracasó su intento de llevar a la pantalla grande la obra El corazón de las tinieblas, desde la prodigiosa concepción de un rebelde y nuevo cineasta, pasando por su polémica y caótica filmación en los estudios RKO. La película en cuestión es El ciudadano (en Argentina) / Ciudadano Kane (en España), para algunos al momento de su estreno un fracaso absoluto, para otros una obra maestra. Esta segunda mención perduraría a lo largo del tiempo reivindicando a Welles y su primera criatura como la mejor película de todos los tiempos. La obra de Welles siempre ha sido un poco críptica de desentrañar y su abordaje ha resultado más que complejo puesto que ha llegado en pleno nacer del cine sonoro a cambiar drásticamente las reglas de progresión fílmica conocidas hasta entonces.

La historia contada en El ciudadano hablaba de un hombre nacido en la pobreza que llegaría a triunfar de tal manera extendiendo su enorme imperio a registros impensados, convirtiéndose en un autentico magnate con vinculaciones políticas y ambiciones de poder cuya cúspide le acarrearía a un descenso vertiginoso que lo haría acabar sus días en la desidia y el olvido. El personaje en referencia no es otro que el magnate de los medios William R. Hearst, quien cuando supo del contenido del film puso su grito en el cielo, y el hombre tenía poder suficiente como para anular el mismísimo rodaje. Esta compleja pieza narrativa de indudable audacia para la época encuentra su estructura a manera de retrospectiva que nos proponen como espectadores descubrir quién es realmente este ciudadano Kane. Las personas de su entorno que más lo conocieron dan sus puntos de vista bien ambiguos entre sí sobre el aspecto de la personalidad que conocieron de Charles Foster Kane, poniendo en tela de duda la ética y la moral de este personaje o ensalzando al mismo.

El film trabaja la gramática de la imagen como ninguno lo había hecho hasta ese entonces. Dando cuenta del excelente manejo de tiempos que Welles poseía, cuya astucia con la cámara queda evidenciada en el uso de los primeros planos, del plano medio y del plano detalle en un enfoque simultáneo que daba por tierra con todo lo conocido y empleado. Sumado a los encuadres y juegos de focos que utiliza y que sin dudas, como proveniente de Welles, rompía con las reglas establecidas y asentaba como un cineasta joven con una visión moderna de hacer cine.

Luego de estremecer una vez mas al mundo entero con su brillante opera prima El ciudadano, Welles acrecienta una vez mas su mito con el film Soberbia (El cuarto mandamiento en España), un proyecto más que íntimo, en su emprendimiento de llevar a la pantalla la novela de Booth Tarkington. El ciudadano ya había involucrado infinidades de polémicas por su rodaje y posterior estreno. Amado u odiado, no se podía negar que Orson Welles revolucionó Hollywood por completo y esto determino que los estudios cinematográficos RKO se reservaran contrato de por medio los derechos para editar en su formato final cualquier film que el genio de Welles rodara.

El cineasta encara en Soberbia otro proyecto ultrapersonal. La forma en que construye la historia, con no pocos paralelismos en torno a su figura (el personaje central se llama George, tal como el nombre de pila del realizador) y el relato transcurre en la clase aristocrática de alta burguesía (un recuerdo de la infancia del director). El film relata el ascenso y caída de la familia Amberson, con su esplendor a fines de siglo XIX, a medida que vemos avanzar y transformarse el mundo (con la moda masculina y su evolución como parámetro) y su lento declive a principios del convulsionado siglo XX (con la invención del auto como referencia). Aunque también claro esta, más allá de las debacles económicas y los irremediables ciclos sociales que transforman el presente, el film se centra en mostrar la caída de los Amberson por culpas propias en cuanto a diferencias internas de la familia o miserias que se van revelando poco a poco, en esas debilidades semi ocultas que acaban con tantos años de prosperidad. El film contrapone el clasicismo y el renombre a la pobreza y la honestidad, a la vez que acompleja una trama de amores perdidos y antipatías varias con un tono de evidencia melancólica y nostálgica.

Como es conocido, el autor tenía más que un problema, dado sus rebeldías y divismos, a la hora de conseguir financiación para sus proyectos. Es por eso que mucha de su filmografía quedo sin completar o recién se edito varios años después de concluida su realización. Lo cierto es que El extraño fue uno de los tantos que estuvo a punto de naufragar, de no ser porque uno de sus socios decidió hacerse cargo del presupuesto de la misma para darle un tono más formal y un carácter comercial a la bien personal mirada de Welles. De lo contrario, el film hubiera engrosado la lista de la docena de títulos sin acabar que el autor poseía. Así, fue que se embarcó en su próxima aventura, con una puesta en escena notoriamente influenciada por la novela de Nicholas Blake The smiler with the knife que el propio Welles fracasó a la hora de adaptar, previamente a su debut cinematográfico con El ciudadano. El Extraño se suma a la gran serie de películas exitosas y novedosas que lanzó durante la década de los cuarenta, tan prodigiosa para su cine.

Se trata de una de las primeras películas de la posguerra que centra su temática en la caza de criminales nazis y en un tono similar al que Alfred Hitchcock encaminaría su Encadenados. Welles mezcla misterio, trama policial y cine negro, aunque de forma mas pragmática y menos intrincada que el triángulo amoroso y político que la citada película de Hitchcock abordaba. En las influencias del cine negro de Welles se denotan su clásico y siempre sobresaliente dinamismo visual, evidenciado a lo largo de toda su filmografía, gracias a arriesgadas puestas en escena que en los planos sombríos captan la esencia de la estética del cine policial noir que tanto le debe a Welles, sumado a los elementos narrativos de tipo shakespearianos que caracterizaron toda su filmografía. El director también se permite, a tono bien personal (y como costumbre de ir en contra de los cánones de Hollywood), ciertas licencias, como el uso explicito de la violencia para la escena final que desentona con lo mostrado hasta entonces (justificado, en parte por la oscura temática sobre la incriminación de criminales de guerra), además de hacer una mas que irónica observación sobre el origen y las vinculaciones verdaderas del marxismo, paranoias de tipo xenófobas, las interpretaciones filosóficas de la guerra y las consecuencias del nazismo para una posible futura resurrección.

Welles despliega su enorme capacidad técnica y su amplitud artística para un desborde de maestría desde la pacifica ambientación del comienzo del metraje al caos general en que en esta tiene lugar, mostrando las dobleces de los simples habitantes del pueblo, las identidades secretas de los protagonistas y las caras ocultas del fascismo. Tal volumen de evolución (y subversión) argumental y emocional presenta el film que se permite a su final que el suspense de espionaje entre con todo su jugo, entre emboscadas y persecuciones, pistas que desorientan y pactos criminales. El desenlace da paso al melodrama más bien trágico en una escena bellamente captada desde su oscuridad que en su epílogo encuentra el momento de mayor tensión de todo el relato. En su abrupta conclusión resume una obra de absoluta maestría del Séptimo Arte que el tiempo se encargo de consagrar como un clásico y que el destino quiso el mundo conociera El extraño como la autentica visión de un genio.

Años más tarde llegaría La dama de Shanghai, un título representativo para la rica historia del cine noir, por entonces en su apogeo. La magia de Welles se percibe en cada escena, en cada toma, en cada diálogo. Y al final resultó ser (como tantas otras veces en la inigualable carrera de este prolífico realizador) que su libertad de expresión no lo fue tal, que una vez más los estudios decidieron recortar ciertas escenas y la rebeldía de Welles lo convirtió casi en un proscrito de Hollywood, en un rebelde sin causa, en un enfant terrible. La escena final, cuya edición de montaje corresponde nada menos que al luego célebre Robert Wise, está lejos del final pensado por Welles, las piezas se reacomodan en un final sí puede decirse feliz donde todo retorna su cauce y cada pieza argumental ocupa su lugar. De todas formas, este detalle no empaña una obra que lleva el sello característico de Welles por su audacia visual y su talento narrativo.

La película adapta el relato corto de Sherwood King The day I wake before I die y se basa en un triángulo amoroso formado en base a intereses y conveniencias, que deviene en un pacto criminal para cometer un asesinato e implica una póliza millonaria, un juicio de características dantescas. Una trama que se va decantando en su intrincada red de engaños, traiciones, personalidades ambiguas y relaciones imposibles que culmina en una antológica escena de un tiroteo en un salón de espejos brillantemente filmada por Welles. Este clímax visual es en uno de los tantos momentos del film que muestras retazos de maestría de un auténtico pionero que decidió filmar una historia de suspense de características policiales con una trama romántica cuya característica principal también es el misterio.

Welles se reserva para si mismo el personaje principal, a la vez que transforma completamente a la mujer explosiva y sensual de Rita Hayworth en Gilda convirtiéndola en una femme fatale tan atractiva como repulsiva. La dirección de actores de Welles y los planos que se dedica y le dedica a Hayworth hacen, junto con la puesta en escena, un logrado registro de cámara que eleva aún más el ambiente, entre confuso y surreal, que rodea a la película. Esta compleja composición que elige Welles para la historia desorienta los caminos de la misma y por momentos no resulta del todo homogénea, pero en sus individualidades entrega momentos de calidad única.

Con semejante “palmarés” a sus espaldas Orson Welles se convirtió, queriendo o no, en un temido de los estudios cinematográficos, que no querían financiarle los proyectos dado lo caóticos que podían llegar a resultar los mismos, con una garantía de calidad artística, sí, pero también de polémica y controversia. El film en cuestión se aleja de los parámetros establecidos por las obras mencionadas y se acerca mas a El extraño, un film de aire noir que Welles había concebido con suma maestría y que coronaría una década que lo tuvo como protagonista indiscutido con una incendiaria versión de Macbeth.

Orson Welles terminó su Macbeth en un mes, dicen. Con un presupuesto ridículo y decorados de cartón piedra, armó una obra magistral que todavía impresiona por su fuerza dramática y la nitidez con que la obra de Shakespeare llega hasta nosotros. El texto teatral de la tragedia de Macbeth resulta tan vívido, tan expresivo, que a la fuerza había de llamar la atención de un cineasta como el californiano, explosivo y vital como pocos. Welles contó con sólo 23 días de rodaje y un presupuesto nimio, totalmente ridículo, de 75.000 dólares para llevar a cabo su adaptación. El realizador vivió años turbulentos en Hollywood, sus disputas por la libertad autoral con los estudios y su fama de indomable le ganaron numerosos detractores. Muchos de sus proyectos quedaron a mitad de camino y otros tantos se estrenaron con bajo perfil. En este caso el público rechazó el film ni bien estrenado y la crítica le dio la espalda, quitándole crédito al hecho de haber rodado con tanta rapidez y así y todo obtener resultados tan brillantes.

El principal método de Welles en la adaptación consistió en una escenografía rudimentaria, de cartón piedra, con armaduras y pieles totalmente rupestres y cuernos y coronas de lo más estridentes y estrafalarias. De alguna manera la adaptación es puramente teatral, ya no sólo por la falta de escenarios, sino por la adecuación de los pasajes. E incluso por la tremenda focalización que el cineasta realiza sobre el propio Macbeth, mucho más marcada que en la obra de Shakespeare, llegando prácticamente a borrar a los demás personajes, del que aún sigue sobresaliendo, obviamente, Lady Macbeth, aunque en un grado ligeramente inferior al de la obra escrita. La ferocidad y la violencia de este Macbeth lo convierte en el más trágico de todos los llevados a la gran pantalla.

Preso de los estudios durante gran parte de su trayectoria, un autentico prófugo de Hollywood hacia una Europa que le abría las puertas con mas libertad, su regreso triunfal con Sed de mal, ya en la madurez de su carrera, es no menos que un renacer de las cenizas. Y aun así todavía no podía sacarse de encima las reglas de mercado de los estudios y la censura en plena época del Código Hays. Es por ello que este film tiene para Welles y su filmografía un significado especial en cuanto él no pudo disponer con el tiempo de metraje para la totalidad de la obra, cuyo argumento y orden narrativo es mas bien un sueño cumplido para el cineasta a título póstumo, ya que en 1998, 40 años después del estreno oficial, se conoció la versión final que Welles había ideado y le habían censurado.

Sed de mal constituye el típico policial de cine negro clásico de los años cincuenta y sesenta, no le faltan elementos desde narrativos en su construcción argumental, hasta visuales en la construcción de espacios, manejo de tiempos y estilo de cámara. Con Sed de mal Orson Welles nos da una clase de cómo construir un film policial noir a la perfección: el guión abunda en policías corruptos, tramas oscuras, traiciones y venganzas, y el estilo único del director, un auténtico adelantado para la época, visualmente construye la película con un estilo audaz e inusual para aquellos años (basta ver la escena inicial, de creación perfecta) consigue lograr la mixtura ideal para atrapar al espectador con una trama original y a la vez con un ritmo sin respiro.

Lejos del agudo punto de vista político y de las referencias sociales de la época, Sed de mal trasciende como una de sus mejores obras, pero en otro sentido y alejado de la polémica y la trasgresión. Es una fiel muestra de cómo un artista en la cumbre su arte se puede dar el lujo de contar una historia muy bien construida con el solo pretexto de entretener y al mismo tiempo entregar una pieza de cine de lujo para el género noir de aquellos años y posteriores, como solo los verdaderos maestros saben hacer.

Entrados los años sesenta, el cineasta adaptó El proceso de Franz Kafka, en otra de sus famosas genialidades. Uno de sus ambiciosos proyectos concretados de la manera en que sólo él sabia para un tibio recibimiento de crítica y luego, tras muchos años, ser reconocida como la gran obra maestra que era. Constante en su obra, parte de un adelantado en términos de estructura narrativa y de destreza visual, incomprendido de sus colegas contemporáneos. La película constituye un buen análisis cinematográfico de la justicia como característica de un sistema de leyes dictatorial.

El proceso (1962) de Orson WellesLa justicia que se nos muestra en la película es ambigua, va mutando en función del desarrollo de la historia a manera de que en sus interpretaciones queda sujeto el protagonista del relato, como envuelto en un laberinto que profundiza aún más los rasgos desigualitarios entre el acusado y el sistema que quiere condenarlo, algo así como un círculo vicioso donde el ciudadano, entre desprotegido e incrédulo, sufre los vaivenes persecutorios del gobierno, mientras los personajes más bizarros y las mujeres de su vida (Romy Schneider, Jeanne Moreau, Suzzane Flon) se cruzan en su camino en roles diferentes. La razón por la cual el enigmático K (Anthony Perkins) es inculpado es poco específica, más bien poco cierta. O bien un acto de subversión, o bien como afluente de una sociedad corrupta de la cual el acusado reniega convirtiéndose en un insurgente, plasmando a K como una víctima de la sociedad. Argumento utilizado por Welles (en la piel del peculiar abogado) para desarrollar su visión contundente sobre la obra kafkiana El proceso, cuyo relato en forma de fábula introductoria resulta aclarado una vez visto el film y tan atrapante como el largometraje entero mismo al que daría continuación.

Welles plasmó en esta película film la lucha desigual entre el protagonista y un ente superior que domina su destino. Este personaje es un hombre abandonado a la suerte de un tiempo y un escenario físico hostiles, casi salidos de una pesadilla. Es una crítica contra los estamentos de poder y en el gusto del realizador por la incongruencia de un mundo que parece desaparecer para dar paso a otro a costa de la vida del protagonista, en una visión, si se quiere, acorde al pensamiento revolucionario y contestatario de Welles. En cuanto al escenario, los espacios donde transcurre la acción son siempre oscuros y cerrados, lo que da al espectador una terrible sensación de estar inmerso en una prisión, creando climas claustrofóbicos, absorbentes, intensos, una clara muestra de la maestría visual del californiano, que junto con su inmejorable manejo de tiempos, hacen del film un espectáculo único. Sólo Orson Welles podría haber concebido una visión tan personal y atormentada del mundo de Franz Kafka.

Campanadas a medianoche (1965) de Orson WellesEn las épocas en las que no rodaba películas, Welles se permitía ejercer como actor en roles secundarios de films casi siempre de buena elección y convertidos en clásicos a la postre como Moby Dick, Un largo y cálido Verano  y Casino Royale. Campanadas a medianoche fue quizás su última gran obra y bien vale para sintetizar la filmografía completa de Welles: una película hecha sobre su más íntima y personal obsesión, la obra de Shakespeare. Un proyecto llevado adelante con esfuerzo y sacrificio por un hombre que siempre tuvo problemas para financiar sus obras, y por último, una muestra acabada del prolífico y polifacético talento del artista en sus labores de actor, director y guionista: se puede decir de sus dos principales características, como intérprete un actor dotado y como realizador un maestro de la inventiva visual, creador de un lenguaje estético cercano al barroco.

Triunfó en Cannes gracias a sus célebres adaptaciones de Shakespeare y más allá de haber ganado un Oscar al Mejor Guión (por El ciudadano, compartido con Herman J. Mankiewicz) nunca pudo alzarse con el premio a Mejor Película o Mejor Director por ese mismo título o por El cuarto mandamiento. La Academia acabó galardonándola con un tardío Oscar honorífico a toda su trayectoria en 1971 gracias a su versatilidad artística en la realización de films. Cabe destacar que Welles no asistió a aquella ceremonia, si bien envió un discurso grabado de aceptación. Es sorprendente, y hasta paradójico, que el cineasta más grande de todos los tiempos no tuvo el merecido respaldo de la crítica en su época de esplendor. Pero Welles no necesitó jamás que le dijesen que lo hizo bien ni que le diesen premios, su obra se retroalimentaba de su propia pasión por el cine como arte y de esa necesidad imperiosa de desafiar las reglas de forma constante. En ese vértigo logró dar rienda suelta a su magnitud creativa única. Sus obras lo respaldan, y conociendo los procesos de evolución del cine a lo largo de su siglo de vida se entiende que, con él, cambió todo.

 

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