SCORSESE Y EL AUGE DE LOS FALABARATOS

El diccionario de gallego de la Xunta de Galicia define la voz falabarato como aquel "que habla sin tino o habla por hablar". El Portal das Palabras de la Real Academia Galega y la Fundación Barrié profundiza más en los orígenes etimológicos de esta expresión, tan popular en mi tierra, y la describe como "la actitud de opinar sobre cualquier cosa sin tener conocimientos de casi nada". No se me ocurre una manera mejor de referirme al artículo con el que Sean Egan –un individuo cuya existencia no tenía el (dis)gusto de conocer hasta ahora- despotrica sin pudor ni rubor alguno contra la obra y figura de Martin Scorsese en la edición de octubre de la revista británica The Critic, que podéis consultar en este enlace.

Vivimos tiempos de un alto nivel de esperpento en el ámbito de la comunicación, la información y la opinión pública. Ya era tendencia en las dos últimas décadas (por lo menos) la proliferación en las tertulias televisivas y radiofónicas y en las columnas de los periódicos de todólogos, expertos en todo y demás especímenes que se atrevían a reducir cualquier cuestión, por delicada que sea, a un debate de barra de bar, de sobremesa de comida familiar de domingo, redefiniendo y llevando al siguiente nivel el concepto de vergüenza ajena.

La consolidación del modelo participativo de Internet y la hiperconexión digital trajo bajo el brazo la cultura del clickbait, la polémica facilona y el sensacionalismo más chusco. Y ya en los últimos años, la plaga (presencial y en línea) de personajes con una capacidad crítica bajo cero y una nula originalidad argumentativa que se autoproclaman (y se pretenden legitimar) bajo las etiquetas, burdas e indiscriminadas, de "librepensador", "políticamente incorrecto" o, viniéndose ya muy arriba, enfant terrible: el acabose hecho verso.

No creo en serendipitias, señales del universo ni ningún otro tipo de gafapastadas astrales, pero vaya coincidencia que este artículo llegue apenas unas semanas después del estreno en San Sebastián de El crítico, documental que reivindica y ensalza la figura de Carlos Boyero. El señor Egan destila una prosa más trabajada que la del salmantino (lo cual no es difícil), pero lo ha adelantado por la derecha y a 300 km/h en cuanto a segregación de bilis sin el mínimo fundamento y análisis más desubicado y carente de perspectiva que Anakin Skylwalker en el Día del Padre. 

"Enjuague y repita la autoindulgencia" es el título de esta colección de "lindezas" ante la que Guillermo del Toro ha estallado en su cuenta de Twitter: describe el artículo como una sucesión de "conceptos erróneos", "inexactitudes descuidadas" y "adjetivos hostiles no respaldados por una base racional", lo compara con lo absurdo que sería juzgar a Picasso por su falta de perspectiva y afirma con todo convencimiento que Scorsese no sólo ama y defiende el Cine (con mayúscula), sino que directamente lo personifica.

A poco que uno se introduzca en la sarta de soplapolleces que se vierten en ese texto se percatará de que no se sostienen por ningún lado y no responden a otra motivación que a las ganas de despertar la polémica más chusca, atraer tráfico en consecuencia y dárselas de "niño terrible": niño por su edad mental a la hora de argumentar y terrible por la alegría con la que suelta todas esas mamarrachadas sin despeinarse. Que le niegue relevancia con tanta simpleza a Taxi driver (una de las cumbres del cine de los setenta), que suelte tan alegremente que Malas calles o Toro salvaje están mal dirigidas (pocos directores vivos han creado tanta escuela y tienen tanta influencia en los cineastas posteriores como el italoamericano), que desde Uno de los nuestros se ha estancado en el cine de mafia (cuando ha tocado, por lo menos, seis registros distintos desde entonces, incluido el documental), que critique las selecciones musicales de sus películas (cuando son uno de los rasgos más celebrados y replicados de su cine), que hable de repetir con los mismos actores frecuentemente como algo negativo (porque sí y punto)…

Pero el colmo aún está por llegar. No ya por tener el cuajo de acusar a sus películas recientes (en particular, El lobo de Wall Street y El irlandés) de ser demasiado largas, o incluso lentas, para luego obviar esta misma circunstancia cuando cuela una alabanza a la factoría Marvel y dice conseguir ver en esta la reflexividad y el racionalismo que descarta, por defecto, de la filmografía de Scorsese; que siendo uno mal pensado, podría encontrar la explicación a esta diatriba en el orgullo herido de un adulto-rata marvelita herido por las declaraciones del cineasta sobre el MCU. Aunque la cumbre de la vergüenza ajena llega cuando afirma, por su santa bolsa escrotal, que Marty no cree en el cine… Una de las personas que más se ha esforzado en la historia por preservar y restaurar el patrimonio fílmico mundial, a través de The Film Foundation, no cree en el cine porque este iluminado así lo cree. Habrá que reírse, supongo, aunque sea de ascopena.

Para concluir, afirmar que no es incompatible en absoluto la defensa innegociable de la libertad de expresión y opinión con la evidencia de que no todas las opiniones son igual de válidas ni igual de respetables, ni mucho menos. Nadie debe sufrir efectos jurídicos adversos por decir que la Tierra es plana, pero eso no vuelve a dicha posición válida ni respetable, si bien sería preocupante que ese tipo de personas estuviese impartiendo clases de ciencias. Mientras no tengamos esto claro como sociedad, el auge de los falabaratos seguirá in crescendo

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