HISTOIRE(S) D’UN CINÉASTE: IN MEMORIAM JEAN-LUC GODARD (1930-2022)

El director franco-suizo Jean-Luc Godard, último vestigio de ese movimiento fundamental para la Historia del Cine que fue la Nouvelle Vague y probablemente el cineasta más revolucionario que jamás haya existido, falleció el pasado martes a la edad de 91 años, con más de un centenar de obras en su haber y el legado de una visión del Séptimo Arte única e irrepetible.

Pese a la controversia -inevitable- que su figura y su filmografía despiertan entre amantes del cine de todo tipo, es indiscutible su lugar destacado en la Historia de esta y de todas las artes, por extensión. Por ello, en vez del habitual obituario, hemos decido reunir a tresde las voces presentes en EnClave de Cine para que, desde lo personal, expresen qué lugar ocupa Godard en su imaginario fílmico y cómo ha influido en su particular manera de ver y sentir el cine.

La mirada fragmentada (Maximiliano Curcio)

Poco podría extenderme hablando sobre la carrera de Jean-Luc Godard. Hay profuso material al respecto. Gracias a él y a tantos otros contemporáneos, cambió nuestra forma de ver, escribir o filmar. Gran parte de la historia viva del cine muere con él. Supongo que de boca de algún docente escuché por primera vez su nombre y agradezco haberlo conocido. Más de 130 obras (entre cortos, largos y documentales) nos acercan apenas a la superficie de su inmenso intelecto, riqueza estética e innovadora técnica. Afortunadamente, los grandes artistas como Jean-Luc habitan un espacio de absoluto misterio. Tanto se dijo y tanto se dirá. Su arte posee la magia de lo incomprensible. Ahora, buen viaje maestro y, nosotros, a seguir sumergidos en esas aguas profundas… no todo es ilusión, verás.

Desde su debut en la gran pantalla, Godard ha empujado los límites de la experimentación en la realización. Derribando los límites de la ficción, JLG recurrió a la picardía, permitiéndose un nivel de diálogo y complicidad que rompió cualquier barrera establecida con el espectador. Los personajes de su autoría dinamitaron todo tipo de fronteras preexistentes entre el lenguaje y sus consumidores. El artificio audiovisual es gran aliado y su perenne ambigüedad se convierte en la herramienta ideal para que el director cavile acerca de las diferentes etapas de la vida. Sus films nos inundan de colores, sonidos e imágenes de extrema belleza, que sacuden nuestros sentidos. Una infrecuente y valiosa invitación a redescubrir la huella audiovisual, en bienvenido desafío intelectual.
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Dos o tres cosas… de JLG (Iago Hermida)

Santiago de Compostela. Un ciclo de cine sobre ciencia ficción. La película: Alphaville. Asistir a aquella proyección, con dos compañeros de clase, fijaría en mi mente uno de esos momentos que todo cinéfilo tiene, en el que recuerda con especial relevancia y cariño cuándo y dónde ha visto alguna obra. No sé si es de las más representativas del autor, pero todavía recuerdo perfectamente el impacto de aquella distopía en blanco y negro, aquella voz rota de Alpha 60, el ordenador inteligente del futuro que no comprendía la poesía, resquebrajando el aire de la sala a través de los altavoces del salón de actos.

Unos años más tarde, tras ver por mi cuenta un par de sus obras más famosas, tendría la oportunidad de redescubrirlo, particularmente en su faceta más explícitamente política, durante varias proyecciones en el Liceo Mutante, en Pontevedra.

No puedo decir que Godard sea de mis autores preferidos de siempre, pero no cabe duda de que forma una parte bastante especial de mi propia historia personal con el cine, y el azar ha querido, quizás poéticamente, que casi todo lo que he visto haya sido en un contexto de colectividad, de reflexión y diálogo sobre su arte, y sobre el propio cine. Poco más queda por añadir o alabar sobre alguien cuya obra ha sido -y es, y será- indisociable de la propia historia del cine como medio de expresión.
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Un chaval bajo la influencia: quince años después (Julio C. Piñeiro)

Siendo sincero, mi apego por la Nouvelle Vague siempre estuvo muchísimo más cerca del extremo de François Truffaut que en el de Jean-Luc Godard. Este último había transformado su ávida cinefilia, común a toda esa generación, en algo que pretendía ir más allá de la creación de grandes historias y personajes, que buscaría y acabaría dotando de nuevas dimensiones a la expresión fílmica. Yo, repito, era más de Antoine Doinel y sus desventuras, de pieles suaves, amours fous y ascensores para el cadalso, sin perjuicio de lo imprescindible que para un estudiante de Comunicación Audiovisual suponían, aunque fuese bajo la vitola de obligación académica, los clásicos imprescindibles de la primera época de JLG.

Así y todo, siempre tuve como asignatura pendiente conocer mejor y más en profundidad la extensa filmografía del franco-suizo. Al final de la escapada me enseñó una lección, de la cual quizás no fui consciente en su momento, pero que, sin lugar a dudas, ha tenido desde entonces un rol crucial en mi manera de disfrutar, apreciar y analizar el cine y el audiovisual: que las fronteras del medio están para desafiarlas. No es ya una "cuestión moral" -ejercicio de paráfrasis que estos días se estará repitiendo hasta la náusea- sino de introspección y aprendizaje, de saber situar el momento en el que empecé a afrontar la imagen y la narración audiovisual de una determinada manera.

Ahora que su prolífica obra artística y vital ha llegado a su punto y final, puede que sea el momento ideal para decidirme a desempolvar el elemento más importante que, en relación a este cineasta, copa mi "lista de pendientes" -que tiende a infinito-: enfrentarme a Histoire(s) du cinéma con una mayor madurez y un mayor bagaje de los que tenía en mi primer contacto con esta magna obra, limitado por la ingenuidad de un chaval de 19 años en segundo de carrera.

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