COMIENZA EL REINADO DE ZENDAYA Y LEVINSON - 'MALCOLM & MARIE', de Sam Levinson

MALCOLM & MARIE (2021) de Sam Levinson

Bergman y Liv Ullman, Antonioni y Monica Vitti, Truffaut y Jean-Pierre Léaud, Woody Allen y Diane Keaton, Scorsese y Robert de Niro... son sólo algunos ejemplos de conexión cuasi divina, de simbiosis perfecta entre cineasta e intérprete, a mayor gloria del Séptimo Arte y de sus espectadores. Una lista en la que tendríamos que empezar a incluir, más pronto que tarde, al tándem conformado por Sam Levinson y Zendaya. El creador y la protagonista de Euphoria, uno de los dramas seriales más intensos de los últimos años, reeditan su exitoso vínculo en esta pequeña gran joya de película, concebida, producida y realizada en plena pandemia.

Precisamente de Bergman, del Antonioni más intimista (el de La noche) y del Woody Allen más introspectivo (el de Interiores pero también el de Maridos y mujeres) bebe bastante Levinson para construir un completo, profundo y envolvente drama con poquísimos recursos. Rigurosa unidad de lugar y de tiempo, estricta continuidad temporal (sólo alterada en un necesario epílogo, con una brevísima elipsis) y un inspiradísimo dueto protagonista. No necesita más. Hasta la selección musical, bastante cuidada y acertada, no se inserta como refuerzo extradiegético, sino como hilo sonoro del interior (físico y emocional) de la propia escena.

Interpretación, guión y dirección van de la mano, son tres en uno en todo momento. La cámara se mete hasta la cocina (literalmente) desde el minuto uno. Ese plano de Marie (Zendaya) en el baño, nada más llegar a la casa donde trascurre íntegramente la acción, supone toda una declaración de intenciones. Lo que surge, lo que se nos ofrece con una formidable brillantez, es una mirada sincera e incisiva a la intimidad de una pareja, totalmente creíble, en las antípodas semánticas, estéticas y emocionales de esa impostura y artificialidad tan típica de los realities que copan las parrillas televisivas actuales. Y a la vez, un acertado ejercicio de estilo, que parte de un clasicismo escueto, sin grandilocuencias, que tiene poco de postureo estético y mucho de tecla idónea para llevar a buen puerto un guión calculadísimo.

Precisamente en esa cocina es donde se empieza a abrir la caja de los truenos, que progresivamente va llenando de tensión el relato y la relación misma. El ego de un creador emergente, su nulo pudor a la hora de convertir la realidad vivida de su pareja en material narrativo (sin darle el más mínimo crédito, tanto literal como figurado) y la carrera frustrada de la otra parte conforman un cóctel explosivo que tarde o temprano tenía que explotar: eso es Malcolm & Marie, una fábula que funciona tanto en lo particular como en lo universal. Yo no hablaría exactamente de toxicidad, sino de unas consecuencias inevitables de las miserias de la condición humana y de la siempre controvertida convivencia entre la vida y el arte, máxime en el marco de una relación sentimental.

El clímax de la película llega, tras numerosos cruces de dagas y pullas dolientes entre ambos y sus consiguientes rebajas de tono, con esa rabieta de Malcolm (John David Washington) sobre la impostura identitaria del arte y de la crítica cultural, un enfoque metalingüístico que funciona a la perfección como segunda capa de significado de este drama romántico tan descarnado. Un desatado e histriónico Washington no consigue desplazar el verdadero núcleo emocional de esa secuencia, que no es otra que la mirada atenta de Zendaya, su reacción contenida, en lo que no es sino una metáfora interna sobre esa relación y sobre la película en sí misma.

Ese juego metalingüístico alcanza otro nivel con ese "numerito" de Marie en el que finge perder el juicio por completo para convencer a Malcolm sobre su talento como actriz, precisamente el otro extremo de la sobresaliente interpretación de la otrora estrella infantil de Disney Channel, que camina decidida en la senda de la excelencia, de convertirse en la mejor actriz de su generación. En definitiva, es maravilloso ver cómo se puede conseguir tanto con tan poco, con ningún ingrediente más allá del fundamental e indispensable en esto de las industrias creativas: el talento.

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