LA AUTOPISTA DE LYNCH (NO SIEMPRE) LLEVA AL CIELO – ‘ESTOY PENSANDO EN DEJARLO’, de Charlie Kaufman

ESTOY PENSANDO EN DEJARLO – I'm thinking of ending things (2020) de Charlie Kaufman

Las vicisitudes de la exhibición cinematográfica nos traen a veces curiosas coincidencias como la estrecha cercanía en el tiempo de los estreno de la tercera aventura "en solitario" de Charlie Kaufman (tras un limitadísimo recorrido en salas en EEUU) y de Tenet, el último artefacto narrativo de Christopher Nolan. Y si de esta última no pocos espectadores salieron de la sala con las conexiones mentales patas arriba y comenzando a trazas innumerables esquemas mentales, con Estoy pensando en dejarlo directamente les explotará la cabeza.

Como en otras ocasiones, no me pongo a redactar esta crítica únicamente para los lectores, sino para mí mismo, como el método más imperecedero de poner en orden lo que acabo de ver e intentar encontrar un sentido de conjunto a todas las sensaciones contradictorias que me ha producido un metraje de más de dos horas, repartido en cuatro actos bien diferenciados sin necesidad de telón ni intertítulos. Para empezar, pensé inicialmente en titular este texto El ladrón de recuerdos (obvia referencia a El ladrón de orquídeas, mejor película salida de la mente de Kaufman junto a Olvídate de mí). Pero acto seguido, la confusión entre si el verdadero sujeto del relato es Jake (Jesse Plemons), la chica de múltiples nombres (Jessie Buckley), o una mezcla de ambos, como versiones alternas de un mismo ente, me hizo decantarme por otro enfoque.

Tal como habréis podido intuir por el título, la influencia de David Lynch, de su versión más desatada y juguetona, es más que evidente, hasta el punto de que su mención es y será una constante en la abrumadora mayoría de textos que encontraréis acerca de esta película. Las similitudes con Carretera perdida no se quedan en lo más inmediato y aparente (dos de los cuatro actos transcurren en una carretera poco transitada, progresivamente nevada y oscura), sino en las numerosas discontinuidades, saltos temporales, juegos entre distintos planos de realidad, desdoblamientos de personalidad… todo bajo una creciente aura onírica en la línea de Mulholland Drive o incluso Inland Empire.

Y como le ocurre al propio universo Lynch (que alcanzó su máxima expresión en Twin Peaks: the return), esta adaptación de la novela homónima de Iain Reid se sitúa de lleno en el ojo del huracán de la controversia. Por un lado, fascinará a quienes, hasta de manera inconsciente, asuman su inconsistencia como acto de fe y renuncien encontrar su significado literal, la lógica clásica detrás de todo ello, la "ciencia". Por el otro, será aborrecida por los que detesten ser empujados al laberinto del Minotauro sin el más mínimo hilo de ovillo del que tirar.

Llegados hasta aquí, he de decir que me posiciono en un punto intermedio. Me ha convencido su premisa de partir de la disección de una relación potencialmente tóxica (en la antesala de la ruptura unilateral, como bien reza el título) para descomponer la realidad aparente a base de manipular desde distintos ángulos los hilos de la memoria, de los recuerdos e incluso la percepción misma de la realidad. Ahora bien, el cauce para lograrlo se hace notablemente irregular, con fragmentos con una presencia absoluta de la palabra que acaban resultando plomizos y erosionan la empatía con el espectador. Y lo afirmo sin negar ni un ápice lo inspirado de alguno de esos lances esencialmente textuales, como la paráfrasis, a modo de monólogo espontáneo, de la crítica de la célebre Pauline Kael a Una mujer bajo la influencia, de John Cassavetes, un ejercicio metacinematográfico insólito.

Lo que sí se le debe reconocer a Kaufman es su buen tino con la dirección de actores y con la selección de su equipo. El cuarteto protagonista está especialmente acertado a la hora de hacer digeribles y hasta creíbles, dentro de lo demencial de la propuesta, situaciones y diálogos de lo más rocambolesca. Jessie Buckley confirma las buenas sensaciones que dejó en Chernobyl, la presencia latente e inquietante de Jesse Plemons sostiene el tono surrealista y cercano al terror psicológico de la película (con un cierto déjà vu de ese "psicópata tranquilo" que fue su Todd Alquist en Breaking bad), Toni Collette está brillante, como siempre, incluso en el histrionismo más extremo, y un David Thewlis más camaleónico que nunca hace el resto. Por otro lado, el polaco Łukasz Żal exhibe su talento para la fotografía en color, con una lograda alternancia entre los tonos cálidos y fríos correlativa a los sucesivos actos, tras haber demostrado con creces su excelencia en el blanco y negro con Ida y Cold war (de las que importa ese llamativo encuadre de 4:3), y mención aparte a su contribución en ese milagro titulado Loving Vincent.

Si los seis personajes de Pirandello siguen en busca de un autor, Kaufman sigue en busca de sus propios límites, de las fronteras a su inagotable metanarración, que todavía parece no haber encontrado desde que "vuela libre" desde la silla del director. Mejora Synecdoque, New York y seguramente también Anomalisa, pero su decidido desvío por la "carretera perdida" de Lynch no lo ha llevado de momento al cielo al que algunos aún esperamos que llegue algún día.

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