DIARIOS DE CUARENTENA: ‘AFTER LIFE’, de Ricky Gervais

CARCAJADAS Y LÁGRIMAS

Ricky Gervais se ha ganado, con todo merecimiento, el trono de la incorrección política en el mundo anglosajón. Pero la incorrección política de verdad, no es flema de supuesta "honestidad brutal" emplea el neofascismo para justificar su pensamiento y retórica decimonónicos para justificarse y campar a sus anchas reabriendo debates que (afortunadamente) llevaban décadas superados.

En esta cuarentena me ha acercado a su última criatura, un relato de luto en la última frontera, ya no difusa sino invisible, que separa la comedia más negra del dramón más crudo, entre los que deambula sin anestesia y con total fluidez. No había visto tratar la muerte y el duelo de una manera tan desnuda y mordaz (y no por ello falsa y deshonesta, más bien todo lo contrario) desde A dos metros bajo tierra.

Esta suerte de trasunto británico de Larry David, en pleno luto por la muerte de su esposa y alma gemela, al borde del suicidio, encuentra en su perra Brandy (personaje fundamental, sumamente expresiva con su mirada) el último clavo con el que agarrarse a la vida y seguir tirando para adelante, pero sin ganas de aguantar la más mínima condescendencia ni todas las tonterías del mundo moderno. Sin embargo, vemos a la vez, a lo largo de la primera temporada, cómo el protagonista va descubriendo y destapando poco a poco su Amélie Poulain interior (aunque en algún caso implique ayudar a alguien a terminar con todo).

Lo que sigue es un relato de positivismo honesto y reflexivo, en las antípodas de ese buenrollismo estereotipado de frases motivacionales de Paulo Coelho y tazas de Mr. Wonderful. De hacer el bien a quien realmente se lo merece y  a la vez despojarse de las personas tóxicas que lo circundan. Pero ese escenario en el que acaba la primera temporada no se profundiza en la segunda, sino que enseguida deja entrever sus propias fugas y flaquezas. Y con más dolor añadido a la ecuación, el caparazón que al amigo Tony tanto le costó construir se vuelve cada vez menos resistente a los envites de sus instintos suicidios y su descenso a sus propios infiernos.

Dicho todo esto, no creáis que estamos ante una serie no apta para quienes estén pasando por un dolor similar o un momento anímico delicado. Muy a su manera, es un canto a la vida y a aprovechar lo que vale la pena de ella. Pasa de la carcajada limpia por gags y situaciones de lo más variopinto al borde de la lágrima en cuestión de minutos. Y precisamente es eso lo que la hace auténtica: su naturalidad y su sinceridad, totalmente reales, nada impostadas.

Ficha técnica

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