DIARIOS DE CUARENTENA: 'ALGO EN COMÚN', de Zach Braff

ALGO EN COMÚN – Garden State (2004) de Zach Braff 

El abismo de la (in)felicidad

No hay nada mejor que hacer cuando se tiene tiempo que ir aligerando esa lista de cosas que dejamos para hacer cuando tengamos tiempo. Chascarrillos coelhianos aparte, la ópera prima de Zach Braff (al que muy probablemente recordaréis como el protagonista de Scrubs) era uno de esos títulos que tenía apuntados desde hace un tiempo y ahora ya no me quedaban excusas para no verla por fin.

Todo una película de culto de la escena indie norteamericana, la afronté con una serie de expectativas (esa arma de doble filo) que el tan demorado visionado ha colmado con una precisión casi absoluta. Primeramente, eso sí, se debe obviar el pésimo título con el que llegó a nuestro país, que per se la despoja de su intenso "aroma Sundance" y la vende como comedia romántica prefabricada del tres al cuarto (cosas de la mercadotecnia, supongo). Porque nada más lejos de la realidad: los códigos más reconocibles de dicho subgénero no le sirven a Braff como un fin en sí mismo, cual replicante, sino como un recurso fiable y sólido para construir algo más complejo, pero no por ello menos digerible, la comedia dramática.

Aquí se encuentra, en la piel de una brillante Natalie Portman, uno de los primeros y más claros exponentes del arquetipo que poco después el crítico Nathan Rabin, a propósito del personaje de Kirsten Dunst en Elizabethtown, bautizó como manic pixie dream girl: una figura femenina idealizada, surgida de la melancolía del hombre sensible y habitualmente atormentado, que empuja al protagonista masculino a despojarse de sus fantasmas y le enseña a disfrutar de verdad de la vida.

Esa es, literalmente, la función que cumple desde su primerísima plano la encantadora y abiertamente extravagante Sam, catalizador en la vida de un Andrew (con bastantes elementos autobiográficos de Braff) al que se le ha juntado la pérdida de su madre con el desencanto de una frustrada carrera cinematográfica, las agridulces sensaciones de su vuelta a casa y la emergencia de las peores sombras de su pasado. El cineasta-narrador-protagonista, cual Muhammad Ali, revolotea entre el pasotismo y la evasión por los acontecimientos que suceden al entierro, pero espera a que "bajemos la guardia" para picarnos, sin anestesia, con el aguijón de las revelaciones más oscuras del personaje.

Braff hace gala de un inteligente y calculado manejo de los tiempos, ofreciendo una narración muy fluida y que deconstruye la habitual presentación de los puntos más álgidos del relato. De hecho, El Beso, momento clave de cualquier comedia romántica, no sólo se hace esperar sino que llega de una manera inesperada, tanto en lo narrativo como en lo estético, justo después del grito a tres bandas que sirve de cartel a la película y a la postre se ha convertido en su plano más icónico.

Una selección musical muy made in Sundance hace el resto, sirviendo de compañera de viaje idónea a la trayectoria vital de los protagonistas. Mención aparte merece la breve aparición de un entonces desconocido Jim Parsons, en un papel sumamente estrafalario que ya anticipa lo que vendría algunos años más tarde con el doctor Sheldon Cooper en Big Bang.

Ficha técnica

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