EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES DEL CINE – ‘EL IRLANDÉS’, de Martin Scorsese

EL IRLANDÉS – The Irishman (2019) de Martin Scorsese

“He oído que pintas casas”

El lenguaje en clave para describir los servicios que tan bien prestaba el personaje al que se refiere el título de la película (y con el que Charles Brandt nombró el libro de no ficción en el que esta se basa) nos sirve para empezar a describir lo que tenemos entre manos: un pintor de pincel fino llamado Martin Scorsese, que a sus 77 años se vuelve a superar (como si esto fuese posible ya con una filmografía con la suya) y nos presenta el mejor retrato en muchos años de su antiguo “muso” Robert de Niro, un Al Pacino con el que “se estrena” después de muchos años deseándolo y un Joe Pesci rescatado del baúl de los (mejores) recuerdos para la causa.

En cualquier otro contexto un metraje de tres horas y media asustaría o, al menos, produciría algo de escepticismo. Pero con los ingredientes que acabo de mencionar, no tenía dudas: si Scorsese se planta con una película de tal magnitud no iba ser agua de borrajas, ni una obra menor ni un divertimento. Y efectivamente, el resultado no sólo ha estado a la altura de sus elevadísimas expectativas sino que las supera con notables creces. El visionado no se hace pesado en ningún momento, con un brillante de guión de Steven Zaillian que domina los tiempos a la perfección. He de confesar que sólo miré la hora para algo muy concreto: saber cuánto tarda en aparecer un Al Pacino que se hace esperar, como ese gran plato que sabemos que vendrá después de unos deliciosos entrantes.

El cineasta culmina con El irlandés una trilogía extraoficial, no escrita, iniciada en los noventa con Uno de los nuestros y Casino. Las tres parten de un material de no ficción y ahondan en los avatares de la mestiza identidad estadounidense a través del crimen. De la primera replica el retrato de las presiones grupales extremas y la espiral de traición en las familias mafiosas; de la segunda, la radiografía de unos acontecimientos históricos determinados desde las cloacas del crimen organizado y sus ramificaciones políticas. 

14 años más tarde, se atrave a ir incluso más allá e imprime un giro crepuscular que se manifiesta en dos dimensiones: la externa, poniendo el broche de oro a unas carreras magníficas en la dirección y la interpretación que se avecinan a su fin, así como de un subgénero, el cine de mafias, en el que difícilmente podremos volver a ver algo que supere a lo que ya hay; y la interna, en el propio relato, con un tercer acto en el que el protagonista se ve sumido en la más amarga de las soledades, con toda su gente desapareciendo poco a poco y sin mayor aliciente que el recuerdo de la vida (criminal) que eligió vivir. 

Marty no chochea ni cae en manierismo alguno, pero sí consigue refinar el trazo de su pincel a la perfección. Los silencios, la latencia y la sugerencia se imponen a la violencia gráfica, reducida a lo estrictamente necesario, logrando de esta manera la mejor expresión del espíritu destructivo, traicionero y cainita de los “sindicatos” del crimen (en el máximo doble sentido de la expresión).

Llegados hasta aquí, me la refanfinfla por delante y por detrás que esta película se lleve cero o 10.000 Oscars, así como la nueva batalla entre la exhibición tradicional y las plataformas de streaming que ha pillado de por medio a uno de los mayores genios que ha parido el medio cinematográfico. Ese no es el tema. Estamos ante el Cine con Mayúsculas, el Olimpo de los Dioses del Séptimo Arte, un lugar privilegiado al que el cine de Marvel (totalmente válido y legítimo y que encima funciona la mar de bien en taquilla, pues esto no deja de ser un negocio que mueve mucho dinero) difícilmente podrá llegar algún día, por muchos trillones de dólares que siga generando año tras año. 

Ficha técnica

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