DISTOPÍAS 2.0 – WATCHMEN

Adaptar un material literario en un formato audiovisual que funcione por sí mismo pero a la vez conserve la esencia y el espíritu del original nunca ha sido una tarea baladí, menos aún si estamos hablando del que probablemente sea el cómic (me niego a emplear ese cínico eufemismo de «novela gráfica») más aclamado de la Historia y mucho menos si se trata de una obra de Alan Moore, creador caracterizado por aborrecer por sistema cualquier adaptación de sus «criaturas». 

HBO, a la que todavía le parecía poco rizamiento del rizo, mete en la ecuación a Damon Lindelof, showrunner venerado y detestado a partes iguales, y le encomienda ya no convertir Watchmen en serie de televisión, sino reinventarlo, crear un nuevo relato a partir del contexto, (algunos) personajes, tono y alma del cómic. La colisión entre estos dos trenes, naturalmente, no se ha hecho esperar

Antes de entrar a valorar lo que llevamos de serie (unos cuatro episodios), quisiera hacer un ejercicio de transparencia y jugar con las cartas descubiertas: me encanta el cómic (aunque en voz no muy alta reconozco que aborrezco los Relatos del Navío Negro), me dejó muy buen sabor de boca la adaptación de Zack Snyder a la gran pantalla y, pese a considerar un producto más completo y desde luego mucho más relevante en su respectivo medio al primero que a la segundo, prefiero el final de esta última al del original (se tenía que decir y se dijo).

He esperado algo más de lo habitual a comentar el primer acto de la serie precisamente porque, como me temía, el piloto no arroja excesivas pistas ni apenas conexiones con el universo 1.0 de Watchmen, es decir, el original. Esa inconcreción y distanciamiento se mantienen en la segunda entrega pero poco a poco, en los sucesivos capítulos, la propuesta va tomando forma y el universo 2.0 va teniendo sus puntos de encuentro con su «fuente», cual hijo que se sabe rebelde pero que no puede renegar de su esencia.

Si ya el original nos planteaba un deriva pesimista, sórdida y desalentadora de la realidad de EEUU en la segunda mitad del siglo XX, la serie desde luego no hace sino ahondar en ese aspecto: los vigilantes son ahora los vigilados (materializando así el lema del cómic), los policías tienen que ocultar su identidad para proteger su vida y los grandes avances tecnológicos no han sido capaces de frenar los peores fantasmas del pasado, que vuelven más fuertes que nunca. 

Con todo, la distopía que nos ofrece Lindelof se diferencia de la relatada por Moore en una relación más estrecha con su respectivo presente, es decir, con nuestro presente, elementos de ciencia-ficción aparte. De la Guerra Fría se hicieron todo tipo de cábalas sobre una gran batalla nuclear con apocalíptico resultado que, por suerte, no llegaron a hacerse realidad. En cambio, el regreso de la violencia racial más descarnada en EEUU en un contexto tan propio como la era Trump empieza a dar preocupantes latigazos (y ojito en Europa, incluyendo España: cuando las barbas de tu vecino veas cortar…), lo que por momentos hace de Watchmen (la serie), más que una distopía, una realidad paralela. 

Este universo 2.0 se va expandiendo y ramificando de manera cada vez más interesante, tanto con personajes de nuevo cuño como con el regreso de los que ya conocíamos, ya sea en modo presente o latente, transmitiendo además la sensación (positiva) de que aún queda bastante por llegar. Me imagino ya un desenlace de temporada épico, al estilo de la primera season finale de Héroes (vaya pena de devenir posterior). Sobre la cuestión de si conserva o no la esencia y el espíritu del universo 1.0 es aún pronto para pronunciarse, hace falta una visión más global del conjunto.

Lo siento, Alan Moore. Me gustó la película y de momento me subo al carro de la serie. Espero que no me lo tomes a mal.

Ficha técnica

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