DE ARISTÓTELES Y LIBERTY VALANCE – Adiós a ‘JUEGO DE TRONOS’

Aristóteles establecía tres formas de gobierno puras que, de no ser llevadas por el camino de la virtud, degenerían en formas impuras. Con la magia fuera de escena, lo que nos quedaba en Juego de tronos era pura política, como el propio nombre de la serie indicó desde el principio. El debate sobre la virtud y la pureza de los diferentes candidatos al trono, voluntarios o forzosos, centraba las conversaciones de Tyrion y Varys del antepenúltimo episodio, en el que se marcaban las cartas del desenlace. El calvo no tuvo tiempo a liarla pero sí a simplificar el planteamiento aristotélico que acabaría dando la clave para la resolución final de la incógnita: “el mejor gobernante es aquel que no quiere gobernar”.

¡Qué razón tenían ambos! Una de las formas puras que establecía Aristóteles era la monarquía, siendo su deformación particular la tiranía. Y ese ha sido el proceso que hemos venido viviendo en cuanto a la evolución de Daenerys Targaryen desde hacía ya tiempo, y que finalmente eclosionó y se desprendió de cualquier posible careta en el penúltimo episodio, con la masacre de un Desembarco del Rey ya rendido.

Hace algunas temporadas comparaba a la Khaleesi con la figura histórica de Simón Bolívar, liberadora de pueblos oprimidos. Pero su creciente culto a su propia personalidad y unos delirios de grandeza de cada vez mayor calado acabaron definiendo su trayectoria y sumiéndola en una deriva tiránica, imperialista y diría que hasta fascista, que se proyectó claramente en el plano estético. Ese discurso de la victoria en la series finale, en un extenso páramo asolado por una profunda niebla, con las ruinas de Desembarco del Rey al fondo y cientos de soldados cantando a su nueva reina, evoca desde la liturgia del lado oscuro de Star Wars (ese plano en que las alas de Drogon se funden en perspectiva con su figura, envuelta en ropajes negros, son toda una declaración de intenciones) o las distopías de Mad Max hasta el cine de Leni Riefenstahl. De hecho, Emilia Clarke reconoció haber visto metraje de discursos de Hitler para preparse dicha escena.

Juego de tronos va mucho más allá de la mera confrontación del Bien y del Mal, tan explotada por la épica clásica. Se trataba en última instancia del advenimiento de un Nuevo Régimen que enmendase los errores del Antiguo, y por tanto, no podía quedar en manos de una monarca que seguía los pasos de su padre y de todos los que después vinieron y contra quienes combatió desde el principio. Un Antiguo Régimen que quedó finiquitado para siempre con la destrucción del Trono de Hierro por el fuego de un Drogon desolado por la muerte de su madre… y por toda esa obsesión por reinar que la había convertido en un monstruo y acabó siendo su tumba.

Pero a reina muerta, reina puesta. ¿Y qué mejor escenario para dirimir la sucesión de la reina de dragones que Pozo Dragón? La monarquía daba paso a una suerte de oligarquía, un consejo con las casas nobiliarias que decide el próximo gobernante a golpe de propuesta y votación, acabando con la sucesión por sanguinidad que tanto daño causó a Poniente durante tanto tiempo. Para la democracia era todavía muy pronto, aunque el intento del bueno de Sam y la consiguiente carcajada dieron un buen aliciente cómico a este episodio final. Con Varys y Meñique fuera del mapa, no podría ser otro que Tyrion, maestro de los tejemanejes hasta la última consecuencia, quien lanzase la propuesta y la defendiese con la suficiente persuasión como para que saliese adelante. Contra todo pronóstico, en un giro final por petición, según se comenta, del propio George R.R. Martin, el elegido es nada menos que Bran el Tullido, el inválido que pudo reinar.

Aquel cuyo intento de asesinato desencandenó el juego de tronos acaba ganándolo, cerrando así el círculo. Su curiosidad de niño derivó en la tragedia que lo empezó todo, su rol de observador interno y su conversión en el Cuervo de Tres Ojos le hicieron saber en todo momento de qué iba todo esto, aunque no actuase por mover los acontecimientos porque de alguna manera sabía cómo iba a acabar todo (¿acaso no ha sido él, con permiso de Sam, la instancia del espectador dentro del relato?). Ese era precisamente el tipo de gobernante que anhelaba Varys. Algo que, revisitando el cartel de la primera temporada, nueve años después, y fijándose en el cuervo que posa a la vera de Ned Stark en el Trono de Hierro, tiene pinta de haber sido el plan desde el principio. Un paralítico como rey y un enano como su “Richelieu” particular, la vuelta de tuerca definitiva al heroicismo clásico.

El hombre que sí mató a Liberty Valance…

…y acabó desterrado de por vida por ello. El personaje de James Stewart en la imprescindible película de John Ford había ganado todo su crédito ante la comunidad por ser percibido como el que acabó con el hombre que la aterrorizaba. Un acto que no cometió pero de cuya resultado, de cara a la opinión pública, con mayor o menor voluntariedad, se benefició el resto de sus días.

Con Jon Snow (su identidad auténtica, la filiación sanguínea puede decir misa) ocurre exactamente lo contrario. Al igual que John Wayne (que no James Stewart) cometió un asesinato necesario para el bien común, pero a diferencia de Lee Marvin, la ya reina Daenerys Targaryen era percibida por la inmensa mayoría de la población (de la que quedaba con vida, más bien) no como un imperio del terror y la tiranía en el que había degenerado, sino como la llave de sus cadenas, la que prometía liberarlos de todo eso.

Aquí no se produce confusión entre el autor auténtico y el percibido, pero los efectos de haber acabado con el yugo opresor, por esas razones que vengo de exponer, han tenido un efecto diametralmente opuesto. El gran héroe se torna en villano absoluto a ojos del pueblo y, como parte de la solución de conciliación para un Nuevo Régimen en Poniente, acaba expulsado de la civilización con carácter vitalicio.

El heredero definitivo del hielo y del fuego, el gran héroe cantado a quien la épica clásica hubiese empujado al irrenunciable destino de reinarlos a todos, cierra el telón como queenslayer. Con un código de caballería forjado a fuego y sangre, antepone el deber al amor en el momento decisivo. He aquí el propósito para el que Melisandre lo había traído de vuelta al mundo, para acabar con la tiranía y el terror, tanto el sobrehumano como el humano.

El exilio vitalicio puede parecer un destino cruel para quien ha sacrificado tanto por la llegada de unos nuevos tiempos. Pero volviendo a la esencia del personaje, a su desarrollo a lo largo de nueve temporadas en las que pasó de bastardo a guardia de la noche a rey en el Norte, nos podemos dar cuenta de que fue allí, más allá del muro, fuera de la política y las reglas de la civilización, donde fue realmente feliz. El (anti)héroe errante se reúne con sus mejores amigos, Tormund y Fantasma, para iniciar una nueva vida en lo salvaje, libre ya de cualquier amenaza sobrenatural.

El asesinato de Daenerys, lo que se antojaba como el momento cumbre de esta series finale, llega relativamente pronto en el capítulo. Y si bien Benioff y Weiss no han parado de recibir críticas por lo excesivamente acelerado y atropellado de la narración en estas dos últimas temporadas, la elipsis con la que de dicho (anti)clímax se da paso al consejo de Pozo Dragón no puede verse sino como un gran acierto. Pero el verdadero nexo de todo esto, el auténtico instigador de este enlace, no es otro que el último Lannister, manipulando mentes hasta el final. Sin empuñar un arma, ni montar dragones ni dar órdenes directas y expresas, Tyrion resuelve el destino de Poniente.

La hermandad de los Stark

Esta serie tenía que ser de los Stark sí o sí. La Canción de hielo y fuego empezaba en Invernalia, donde se nos presentaba a una familia feliz a la que pronto se les empezaría a torcer sobremanera el destino. Intentos de asesinato, traiciones por todas partes, ejecuciones, asesinatos consumados, exilios… Durante nueve largas temporadas los Stark sufrieron lo indecible, pero los que consiguieron sobrevivir resistieron, se levantaron y acabaron ganando. Ya no tanto por el rey Bran, ni por el “salvador” Jon (un hermano más a efectos prácticos, la filiación sanguínea puede decir misa), sino por las últimas Stark, sus hermanas Arya y Sansa.

Mención especial merece Sansa, el personaje que mejor ha evolucionado de toda esta serie, mi gran favorita particular para reinar en Poniente. Su presencia en las primeras temporadas respondía a uno de los más explotados arquetipos del cuento clásico: damisela en apuros que debe esperar a que un caballero valiente la rescate. Ha sido la que más ha sufrido en sus propias carnes: asesinato de casi toda su familia, matrimonios concertados con hombres abusivos, moneda de intercambio para alianzar nobiliarias, maltrato físico y hasta una violación…

Pero toda esa infausta trayectoria supuso a su vez un camino de aprendizaje, en el cual aprendió a mover los hilos de los más listos de la clase, Tyrion y Meñique. Gracias a sus movimientos con este último los Stark recuperaron Invernalia, pero también supo sacárselo del medio cuando se disponía a traicionarla de nuevo. Se convirtió en la referencia en el Norte, más allá del liderazgo militar de Jon, y no dudó en hacer sentar y callar a su tío Edmure cuando se vino demasiado arriba en el consejo de Pozo Dragón. No, no llegó a reinar en Poniente como me hubiese gustado, ya que el destino le tenía guardada una carta aún mejor: devolver al Norte a como mejor estaba, como reino independiente, después de siglos. La niña bonita de Ned (y Catelyn) Stark acaba siendo su sucesora y Reina del Norte con todas las de la ley.

Arya ya es otra historia, un personaje único e irrepetible. Desde el primer momento se veía que estaba llamada a hacer algo grande, algo épico. De hábil aprendiz de espadachina se transforma en su largo exilio en la asesina más despiadada del Mundo Conocido. Inicia una historia de venganza que deja a Kill Bill en agua chirla y justo cuando se dispone a ejecutar su último objetivo, hace caso a los consejos de su principal mentor, El Perro, y renuncia a convertirse en una novia de la muerte (ni novia de nadie). A la muerte la miró a la cara, le dijo que hoy no tocaba y liberó para siempre al Mundo de la amenaza de los Caminantes Blancos.

Aquí sí debo mostrar mi decepción con los últimos compases de uno de los personajes clave de la serie. Su particular redención, sobreviviendo en un Desembarco del Rey destruido, nos lleva a una preciosa escena final en el penúltimo episodio, huyendo de ese infierno en un caballo blanco. Visualmente bellísimas, esas imágenes nos hacían presagiar que tendría papel clave en el desenlace de los acontecimientos, que finalmente no ha sido tal, lo que deja dicha escena en puro postureo, un envoltorio vacío.

Personalmente esperaba que fuese ella quien diese la estocada final a la Khaleesi, pero esa carta estaba guardada para otro. Se reafirma como espíritu libre y se echa al mar para explorar nuevos mundos. Un cierre coherente con su esencia pero que me sabe a poco: no ha tenido el gran final que se merecía  y que sí tuvieron sus hermanos biológicos e incluso Jon. Se habla de un posible spin off, pero de momento Maisie Williams no parece muy por la labor.

En busca del siguiente gran fenómeno

Hace ya nueve años, el final de Perdidos paralizó al mundo entero (y generó una potente controversia a la que tampoco ha escapado este desenlace) y el mundo seriéfilo se preguntaba si volveríamos a ver un fenómeno televisivo mundial de ese calado. Casi un año más tarde aterrizaba en HBO la esperada Juego de tronos, una serie que estaba llamada a dar mucho que hablar y vaya que si lo ha conseguido.

De primeras la recibí con cierto entusiasmo, aunque no euforia, como la entrada en la edad adulta de la fantasía épica. No me subí tan pronto al carro, es más, en las tres primeras temporadas tenía cierto recelo y los primeros episodios de cada nueva entrega se ma hacían hasta pesados. Pero todo cambió en la cuarta temporada, la que realmente me enganchó para no volver a soltarme y, a mi juicio, la mejor de la serie junto a la sexta.

Que sí, que es cierto que la reducción del número de episodios en los dos últimos volúmenes, caracterizados por una hiperactividad narrativa y excesivos acelerones, no han estado al nivel de los mejores momentos de forma de la serie. Pero todos estos giros y acontencimientos de las últimas temporadas, con mayor o menor elegancia o consistencia, han sentado las necesarias bases de un desenlace que, si bien inesperado en ciertos aspectos, me deja contento en líneas generales.

Quedan en la retina y en la memoria colectivas multitud de momentos que ya son historia viva de la ficción televisiva: la decapitación de Ned; blood of my blood”; las batallas de Blackwater, de los Bastardos o de Invernalia; la muerte y resurrección de Jon; la boda roja, la boda violeta, la explosión del Septo de Baelor… podría estar hasta mañana.

Juego de tronos se ha ido y deja un gran vacío. Y si bien, a título particular, no la pondría en el podio de las mejores series de la Historia, ni siquiera en el de HBO, por mucho spin off, secuela y precuela que venga, ya no será lo mismo. ¿Quién osará jugarse el trono vacante de serie-acontecimiento de esta nueva época? Sólo el tiempo lo dirá.

Valar morghulis. Todas las series, como todos los hombres, deben morir en un momento u otro. A los que la habéis hecho posible, no me queda más que deciros: ¡gracias por el viaje!

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