CINE FRANCÉS EN RETROSPECTIVA

UN DEBATE ENTRE LA IDENTIDAD PROPIA  Y SU LUGAR DENTRO DE HOLLYWOOD

El cine francés de la actualidad, a las puertas del siglo XXI, ha demostrado con facilidad que es capaz de -en numerosas oportunidades- cruzar su propia frontera. Películas de autor, con puntos de vista bien radicales y una concepción del cine vanguardista, se hicieron lugar en festivales internacionales y lograron conmover a la audiencia norteamericana, ganándose la aprobación unánime de la crítica.

Recursos humanos de Laurent Cantet fue un film vendido con éxito a diversos países europeos, a Estados Unidos e incluso a Argentina, donde fue premiado en el BAFICI. Un año después Para todos los gustos, de Agnès Jaoui, se distribuyó aun en latitudes más polarizadas (más de 30 países) y con la ayuda de un gigante como Miramax representó a Francia en los Oscar 2001. Michael Haneke, siempre polémico y provocador encabezó una trilogía de coproducciones francesas: Caché, La pianista y La cinta blanca, multi premiadas en diversos festivales, e incluso en el Festival de Cannes, uno de los más prestigiosos de la industria.

Filmes de tipo más comercial como en su momento las secuelas de Taxi y Los ríos de color púrpura también obtuvieron un gran recibimiento en Asia, más específicamente en Japón, batiendo récords de recaudación. Estas últimas producciones, enmarcadas en el género policial o de acción toman rasgos estilísticos del cine comercial de Hollywood, como lo hace también la paródica Astérix y Obélix contra César o la explosiva saga de Transporter, otros ejemplos de producciones francesas a la american way o que bien adoptan a la meca del cine como vía de financiación para sus producciones.

La influencia cahierista

Siempre un cine divergente, en permanente ebullición cultural, Francia supo mantenerse en la élite cinematográfica mundial gracias a su gran renovación generacional. En ambos extremos encontramos la experiencia y la longevidad de Claude Chabrol, contrapuesta a la más reciente trayectoria del incansable François Ozon. El primero, vigente desde los años de la Nouvelle Vague hasta sus últimos días y el segundo un prolífico cineasta que gana cada vez más repercusión y cuya seguidilla de filmes podemos disfrutar con notoria regularidad en las carteleras locales.

Cabe destacar que el cine galo -incluso en tiempos que se remontan al mudo- siempre ha tenido carácter y fuerza propios, encontrando en el movimiento cultural de la Nouvelle Vague una identificación que remite a sus mejores años. Si bien nunca renegó de su afecto a Hollywood, nutriéndose entre sí ambas cinematografías. Al tiempo que la gloriosa camada sesentera fue devota de algunos de sus realizadores más clásicos –Welles, Wyler, Hitchcock o Ford– también formó a la escuela de cineastas independientes –Scorsese, Coppola, De Palma o Bogdanovich- que luego reforzarían el repunte comercial de Hollywood en los setenta y ochenta.

Por aquellos años, el estudio cinematográfico alcanzaba niveles académicos y las teorías de cineastas de «la nueva ola» del nivel de François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette o Éric Rohmer eran admiradas por sus pares estadounidenses. Eran tiempos del surgimiento de la revista Cahiers du Cinéma, publicación fundada en 1951 por André Bazin. De allí resultó el desarrollo de la originaria Revue du Cinéma junto a los miembros del ámbito de cineclubes parisinos, y formadora del pensamiento estético e intelectual desarrollado por la mencionada «nueva ola». El mismo que afectó y propensó un quiebre al cine de géneros, por entonces en crisis en Hollywood.

La apropiación de Hollywood

Si hablamos de Hollywood, sin dudas el mercado más codiciado, pero también el más difícil de conquistar, la meca del cine supo saber admirar el talento de actores y actrices galos que cruzan la frontera para rodar del otro lado del Atlántico. Así lo han hecho en varias ocasiones Catherine Deneuve, Isabelle Adjani, Juliette Binoche, Jean Reno o Gérard Depardieu. Un caso singular es el de la actriz Audrey Tautou, protagonista de Amélie y Largo domingo de noviazgo, sendos filmes con enorme repercusión y aluvión de premios en Hollywood, pasaporte que le permitiría a la actriz ponerse a las órdenes de Ron Howard para la adaptación de El Código Da Vinci o de Stephen Frears para Negocios ocultos. Igual de emblemático resulta el salto al estrellato de la actriz Marion Cotillard, consagrada desde su interpretación  de un mito como Édith Piaf en La vida en rosa y que llegó a Hollywood de la mano de Michael Mann para rodar Enemigos públicos.

En cuanto a los cineastas que cruzaron el océano y llevaron sus ideas a la meca de Hollywood, la lista es bastante selecta. Luc Besson, consagrado realizador en los ochenta con El gran azul, se ha lucido con producciones del estilo de El quinto elemento; Jean-Pierre Jeunet, el autor de la exquisita Delicatessen, incursionando en la dirección de Alien 3, producida por un gigante como la Fox, y Jean-Jacques Annaud, el director de El nombre de la rosa, con Siete años en el Tíbet. Figuras con nombre y peso propio que hace muchos años que tienen éxito entre el público americano. Por otra parte y digno de mención, Indochina, de coproducción gala, recibió el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1991 y en 1998 un icono actoral como Jeanne Moreau fue homenajeada por la Academia.

La antinomia eterna

Remontándonos a comienzos del mudo, en pleno nacimiento y validación del arte cinematográfico, en tiempos donde el ejercicio se convertía en negocio y el espectáculo en insana competencia, esta historia tuvo su punto de partida con el eterno conflicto industrial de Edison vs. Lumiére que todos conocemos. La disputa por las patentes y el celuloide era solo el comienzo de una imperecedera simbiosis que marca el curso de la historia del cine.

Más allá de la comunión mutua que ha unido a dos estilos tan disímiles a la hora de hacer cine, es innegable pensar en la prevalencia de uno de ellos negando su coexistencia a lo largo de más de un siglo de vida. La puja alimentará por siempre la tradición.

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