UN VIERNES POR LA MAÑANA EN LA #63SEMINCI

Llegué a la #63Seminci y me senté donde me dió la gana. Nunca había estado en el Teatro Calderón, una joya arquitectónica inaugurada en el año 1864 con la representación de una obra, precisamente, de Calderón de la Barca, un tipo que había muerto unos 200 años antes y del que hoy poca gente se acuerda… Quizá los adolescentes, con cierta animadversión, por tener que aprenderse su más que reseñable legado dramatúrgico, y algún que otro friki de los que salen en programas de televisión. El alcalde de Zalamea es la respuesta, por si os encontráis esta pregunta en la fase final de alguno de estos concursos tan populares en los que se regala dinero.

Total, que me senté.

“Antes de que te sientes”, me asaltó en un exquisito castellano una señora vallisoletana de unos setenta años recién salida de la peluquería, “aquí hay una pareja que ha pagado el abono”. “Es para que no te tengas que levantar después”, prosiguió, ablandando el tono de su discurso pero conservando una deliciosa mueca clasista, ignorante de que yo luego la caricaturizaría, como hago siempre, con el delicado equilibrio entre amor y odio que le tengo al mundo en que vivimos, con cierta e imperceptible retranca, con sagaz ironía, con la voluntad jocosa de la que los andaluces somos esclavos.

Y es que si algo me enseñaron mis aventuras estivales por el norte de España es que disfrutar de estos pequeños momentos de clasismo y leísmo son en realidad el punto de amargor que hace que lo dulce no sea tan empalagoso, que lo perfecto se vuelva humano, y que España sea lo que realmente es: un universo de contrastes capaz de lo mejor y de lo peor.

“Nada, señora, me busco otro sitio”, le respondí. “¡Qué gracioso!”, debió pensar ella. O algo relacionado con los rojos y con la Guerra Civil, o con Venezuela, vete tú a saber. De estas señoras se puede esperar uno cualquier cosa. Como por ejemplo que les guste el whisky a palo seco, o que sólo beban agua mineral. O que fumen Marlboro Gold en ayunas. O que su familia las deje de lado ya en la senectud y tengan que tirar de alguna señora bolivariana que las saque en un carro y que les sustraiga una a una las joyas de toda una vida como pago por su condescendencia. En definitiva, especular sobre la oscura psique, sobre el pasado o sobre el futuro de alguien es tremendamente tentador de la misma manera que también lo es echar a un joven de su butaca aunque nadie la vaya a ocupar. Por el puro gusto.

CYCLISTS – Biciklisti (2018) de Veljko Popović

Fue entonces cuando me senté en la tercera fila junto a los otros quince o veinte perroflautas con gafas de pasta como yo. Al momento comenzó este corto del croata Veljko Popović, que contaba sin diálogo, con la sola ayuda de su simpática animación, la competición entre dos ciclistas por hacerse con el corazón (y también con los beneficios carnales) de la más bella dama de la ciudad portuaria en que tenía lugar la historia. Entre sueños y flashforwards, los protagonistas realizaban el acto sexual durante aproximadamente cuatro de los siete minutos de metraje. ¿Qué pensaría la señora con la permanente de aquello?

Gracias a Dios, debió pensar ella, el sufrimiento no duró demasiado… ya que a los pocos segundos comenzaba el plato principal de la sesión de media mañana del viernes: la alemana A la vuelta de la esquina.

A LA VUELTA DE LA ESQUINA – In den Gängen (2018) de Thomas Stuber

Cuando en los primeros segundos de la película las carretillas elevadoras comienzan una inverosímil danza entre los pasillos de un almacén al ritmo de Strauss, uno sabe que algo peculiar está a punto de suceder. In den gängen es originalmente una novela que narra la historia de Christian (Franz Rogowski), un joven extraordinariamente introvertido, y que parece proceder de algún barrio periférico de Bitterfeld (Sachsen-Anhalt, Alemania), ciudad escenario de esta historia.

Todo comienza cuando el joven, un exconvicto que trata de alejarse de la mala vida en la que vivía hasta entonces, consigue un trabajo como mozo de almacén en un hipermercado a las afueras de la ciudad e ingresa de este modo en la “familia” que forman los empleados, pasando a participar de una especie de submundo en el que rigen normas particulares, existen códigos de conducta especialmente sensibles, y todo parece tener un orden claro y bastante inamovible, tan cuadriculado como el modus operandi por el que los trabajadores del almacén para mayoristas optimizan al máximo su trabajo: las baldas repletas hasta que el cliente retire el producto, los palés apilados en el pasillo central a la hora de hacer inventario, y la máquina de café como punto de encuentro oficial entre todos, entre ellos Christian y Margot (Sandra Hüller), la “dulce” encargada del pasillo de las chucherías, de la que Christian, en su habitual silencio perpetuo, parece enamorarse.

Pero resulta que ella está casada.

No obstante, no es el desamor el mayor puñetazo que el público se lleva durante la película. El suicidio de Bruno (Peter Kurth), quien fuese durante casi todo el relato el principal mentor y valedor de Christian (lo que en mi tierra se llama padrino) deja al descubierto sin atisbo de duda la absoluta miseria y la profunda decadencia en la que viven los personajes, lo débil de su sistema de caretas, que cual castillo de naipes se tambalea hasta caerse, de lo que se infiere una crítica no ya a la forma de vida de los trabajadores de esta empresa en particular, sino al modus vivendi que reina entre los empleados de trabajos de baja cualificación en Occidente, que aprieta hasta ahogar a nuestros protagonistas, y también al espectador, que permanece callado durante los largos silencios que nos ofrece el filme.

A pesar de todo esto, Stuber consigue con cierta elocuencia, quizás con cierta maestría, verter unas gotitas de esperanza y de humor, cualidades humanas por excelencia, en el triste bocadillo de pan con pan que resulta ser la película: una agónica historia de amor no correspondido, de hastío vital y de profundo tedio que se refuerza con interminables silencios, ruidos metálicos, grandes espacios cerrados, luz artificial y una buena dosis de invierno que hace que se nos hiele el corazón.

Concluye el film de forma parecida a como comenzó. Hoy Christian, ya con su licencia para utilizar carretillas elevadoras, sustituye a Bruno, como encargado jefe de la sección de bebidas, en un melancólico ciclo sin fin.

Pero nada de esto, ni el consumo de una película con una abrumadora parte de realidad, ni la poesía visual de algunas de sus escenas, ni el saberme contemplando una historia que se aleja de los cánones y del tempo de los blockbuster, me resulta tan gratificante como saber que la señora vallisoletana se mantuvo impávida en su asiento y se aburrió como una puñetera ostra durante los 126 minutazos de metraje de A la vuelta de la esquina. Y, ojo, que yo estuve a punto de avisar al árbitro para pedirle la hora, pero me contuve, delirando en mi asiento, el reservado para la prensa, el de los perroflautas con gafas de pasta y pretendida superioridad moral, sobre si la #64Seminci debería incluir un nuevo galardón en el que sólo las señoras vallisoletanas de más de setenta años pudieran opinar.

Veríamos entonces quién ríe el último… culturetas de pacotilla.

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