CINEUROPA 2018: EL MARATÓN

(crónicas anteriores)

¿QUIÉN DIJO QUE TERROR, EROTISMO Y RISAS NO PUEDEN SER COMPATIBLES?

Si algo me encanta de Cineuropa es su capacidad de combinar experiencias fílmicas tan dispares (y no necesariamente incompatibles) como el privilegio de ver en pantalla grande perlas de todo el planeta que no es fácil encontrar en salas comerciales, en un ambiente sumamente respetuoso y hasta solemne por momentos, con el desenfado de disfrutar de cine de género de la A a la Z, de ayer y de hoy, y en un formato propicio para llevar la experiencia colectiva del visionado fílmico a su máximo exponente. El tradicional maratón de Cineuropa, una prueba de resistencia al sueño, nos tuvo un año más desde pasadas las diez de la noche hasta el mediodía del día siguiente en el Teatro Principal. Esta edición estuvo caracterizada por un marcado protagonismo femenino y una presencia variable pero fuerte del componente erótico. 

Empezamos con una señora bizarrada, nada menos que la última ganadora de la sección Un Certain Regard de Cannes, la sueca Border: de una suerte de realismo mágico en que normalizamos lo sobrenatural de unos personajes extraordinarios, incluso en lo más carnal de la experiencia humana, vamos pasando a una suerte de thriller que nos va expulsando poco a poco de lo “terrenal”. Continuamos con la canadiense What keeps you alive, pretendidamente más solemne y por momentos efectiva, pero que a medida que avanza no consigue sobrealimentarse sino con los desvaríos de un guión que hace aguas por todas partes.

También de Canadá, pero más ambiciosa y sobre todo mucho más lograda, la mejor película de la velada, recién salida de SitgesGhostland, que de primeras se antoja como un mero tributo a Lovecraft, nos mete en un juego de realidades paralelas (a lo Mulholland Drive pero jugando más con sus propios límites) cuyo verdadero horror es completamente tangible, de carne y hueso, y lo sobrenatural pertenece a los desvaríos, conscientes o no (o a medias) de la mente humana. Cierto es que abusa del recurso al susto, como tantísimas películas del género, pero no le impide erigirse en una propuesta de terror a tener muy en cuenta. Pero para bizarrada, la que vino acto seguido, empezando el giro a la serie B y las obras de culto: Jodorowsky en su máxima expresión con Santa Sangre, un intenso circo de demencia, lujuria, fanatismo místico y sangre, sangre a borbotones.

Pasado el ecuador llegan ya los verdaderos “clásicos” de culto: Paul Naschy bailando sobre la tumba de Bram Stoker con El gran amor del Conde Drácula, que no deja escapar las licencias de la era del destape en el cine español. Casi medio siglo después, sus limitaciones de efectos especiales, de interpretación, de guión y de casi todo convierten el pretendido terror (o la vergüenza ajena, según como se mire) en carcajada limpia: y sí, vale mucho la pena en situaciones como estas, que no todo en la vida va a ser El Padrino El árbol de la vida. Llegamos entonces a la británica Síntomas, cuyo estatus de culto cuestiono desde ya: es más, lo tramposo de su planteamiento y lo insulso de su narrativa me dieron tregua para dormir un ratillo (imagino que ya habría amanecido en esos momentos), pues no valía la pena arriesgarse a una sobredosis de cafeína por esto.

La no retirada fue en este caso una victoria, en forma de descubrimiento: la española Escalofrío nos adentra en el mundo del satanismo casi sin darnos cuenta, con un notable giro hacia lo erótico que la acerca más a Eyes wide shut que a El día de la bestia, y una “españolada” de final que cierra el relato de la mejor manera posible (recordemos que España venía de enterrar a su propio Satán). Y cerró, como película sorpresa (otra tradición “cineuropea”), el giallo a la española Los ojos azules de la muñeca rota, segunda entrega de Paul Naschy de la noche (que ya era día). Se nota nuevamente la huella del destape en el que tanto le gustaba moverse al legendario actor madrileño, en un relato que, sin ser la panacea del género (ni pretenderlo), se desenvuelve con solvencia y logra un hábil desenlace, con una jovencísima Pilar Bardem por ahí pululando. Se dice estar inspirada en un caso real, pero ya era lo que menos importaba esa hora.

Sólo quedaba irse a dormir a deshoras para no mimetizarme con el género zombi en las sesiones de esa misma noche. Y hasta el próximo maratón, por supuesto.

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