ESPECIAL TWIN PEAKS (II): DAMN FINE ART

Parte 1: Por qué Twin Peaks es relevante en 2017

Hablar de Twin Peaks es hablar del viaje: uno geográfico, uno interior, uno al centro de la locura. Es hablar del Bien y del Mal y de toda esa gama intermedia que no son los grises sino los verdes bosques, los telones rojos y los neones de los bares anclados en otros tiempos. Es hablar de los mundos imposibles que a diario se cruzan en nuestro camino para recordarnos quiénes somos y, de paso, invitarnos a ser quienes no somos. Es hablar de Dale y Dougie, de Laura y Carrie, de Richard y Linda, de Diane y Diane y Diane y “fuck you”.

Hablar de Twin Peaks es hablar de Ítaca. Como en el poema de Kavafis, que dice así:

Ten siempre a Ítaca en tu mente
llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Hablar de Twin Peaks es hablar de expectativas y de cómo destrozarlas, derruirlas, recoger las piezas y volver a ensamblarlas, darles formas reconocibles pero nunca las mismas, mantener de ellas tan solo el espíritu, ese viejo impostor que nos susurra: si nada de esto tiene sentido, ¿por qué significa tanto?

Hablar de Twin Peaks, y ahora vamos al meollo, es hablar (¿demasiado pronto?) de Historia del Arte. Hablar de Twin Peaks es hablar de cómo David Lynch se ha transportado semanalmente a nuestras casas para colgar de nuestras paredes su Guernica particular, que como aquel, el de Picasso, muestra un umbral que separa el interior del exterior, el consciente del subconsciente.

Hablar de Twin Peaks es hablar de 25 años de espera para volver a ver a un viejo amigo (¡ah, Cooper!) para después tener al espectador esperando 16 semanas más y volver a arrebatárselo cuando al fin se había producido el reencuentro. Y de cómo un personaje tan icónico, inmortal, ha sido sustituido por otro (¡ah, Dougie!) cuya función se limita a actuar de espejo, repitiendo las palabras y acciones de otros, como un muñeco al que das cuerda confiando en que de su boca salgan palabras como “coffee”, “pie” o “agent”, porque a veces no hacen falta grandes discursos para devolvernos la esperanza. ¿Y qué es Twin Peaks sino la promesa de un final esperanzador que, por fortuna o por desgracia, nunca viviremos?

Hablar de Twin Peaks, y aquí me pongo personal, es hablar de una experiencia que trasciende la pantalla para instalarse en algún rincón del alma, como un parásito que albergas con gusto. Otras obras, otras series, otras películas, nos han hecho disfrutar y patalear y hasta aplaudir en pie. Twin Peaks nos ha hecho otra cosa: un lío. Y perdone mi lenguaje, señor Lynch, pero venga usted a jodernos el cerebro siempre que quiera.

Gracias por la conquista de nuevos mundos y por dar nuevos sentidos a la realidad tal y como la conocemos. Gracias por Twin Peaks.

 

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