ESPECIAL TWIN PEAKS (I): POR QUÉ ES RELEVANTE EN 2017

En medio del bosque, un lugar donde bailar música de otros mundos.

Por Iago Hermida

¿Sería capaz David Lynch de hacerlo otra vez? Se preguntaban, frente a la tercera temporada de Twin Peaks. Ante la duda, cabe aclarar qué es lo que hizo, esto es, cambiar la historia de la televisión. Ríos de tinta e incontables deudas fílmicas lo atestiguan, como para tener que justificarlo aquí. Pero han pasado 25 años. ¿Podría suponer Twin Peaks 2017 algo equivalente a lo que supuso en 1991?

En todo este tiempo, las series de televisión han alcanzado una variedad y calidad increíbles. Por un lado, se han terminado de desdibujar las líneas que las separaban de su supuesto hermano mayor, el cine, ya no siendo exclusiva de ningún medio ni la calidad formal ni la de escritura. En el panorama actual, podemos disfrutar desde elaboradísimos dramas de análisis social en The wire a thrillers existenciales en True detective, desde documentales que ignoran toda frontera de género para preguntarse por la naturaleza del relato en The Jinx, a cumbres de la ciencia ficción en Star Trek o Battlestar Galactica.

La evolución en la sofisticación televisiva en este período se ejemplifica muy bien en la comedia norteamericana. Partiendo de series convencionales como Friends, se pasa a la comedia irónica posmoderna de Seinfeld o Curb your enthusiasm, donde el género se vuelve autoconsciente y juguetea con el espectador. En los últimos años, un triple salto mortal se produce con series como Community, BoJack Horseman o Rick and Morty, que aspiran a superar su propia posmodernidad transmutándola en una suerte de nuevo humanismo. O la obra reciente de Louis C.K., un cómico de stand-up pasado directamente al realismo de Horace and Pete.

Todos los ejemplos anteriores -salvo, quizás, The Jinx-, tienen en común que, en mayor o menor grado, son productos sintomáticos de una cierta hipertrofia de la modernidad, de una cultura hiperracionalista, cuyo entretenimiento parece haberse convertido en una sofisticadísima forma de autoseducción narcisista en la que nos contamos las mismas historias sobre nosotros mismos una u otra vez, de forma más y más elaborada, hasta el infinito.

Y ahí es donde entra Twin Peaks. En la medida en que The wire suponía una magnífica descripción científica de las relaciones sociopolíticas en el siglo XXI, David Lynch, con su surrealismo a la norteamericana, revela el grito aterrorizado del sujeto posmoderno. David Foster Wallace definió lynchiano como “un tipo particular de ironía donde lo muy macabro y lo muy cotidiano se combinan de tal forma que revelan que lo uno está perpetuamente contenido en lo otro”. Los sujetos lynchianos están condenados a navegar un océano de misterio sin objetividades, afectados por reglas que parecen arbitrarias, cambiantes, y poderes superiores a ellos mismos, donde nada es exactamente lo que parece en la superficie, y la superficie es siempre una apariencia que encierra permanentemente a lo extraño.

Lo ha vuelto a hacer, por lo tanto. Con su nueva inmersión en el subconsciente humano, ha resucitado y popularizado en televisión un estilo de narrar surrealista y onírico, que puede abrir camino a otros creadores para contar historias con mayor libertad creativa. Ahora dependerá de que otros recojan, o no, esa antorcha.

 

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