EL (NO) PASO DEL TIEMPO – TWIN PEAKS

“¿Es el futuro o es el pasado”

Pues es ambos al mismo tiempo, y a la vez ninguno. 25 años no son nada (Laura Palmer no olvida), o lo pueden ser todo. Las huellas y la evolución (o involución) en el futuro de pistas que se remontan al pasado, tanto al del tiempo ficticio de la serie original como a uno mucho anterior. Y a su vez sin haber dejado en ningún momento esa dimensión sobrenatural, cada vez más enérgica (en modo latente), en la cual el paso del tiempo es poco más que una anécdota.

Eso es lo que es, o parecer ser, la nueva Twin Peaks. Muchos aprovecharon el parón de una semana en la emisión estival de esta tercera temporada para empezar a hacer recuento, intentar conectar las piezas y darle sentido a un conjunto que cada vez se parecía menos a aquella serie que fascinó a medio mundo a principios de los noventa y que acabó poco menos que en coitus interruptus debido a un cúmulo de factores extradiegéticos.

Pero mi intuición me decía que debía esperar al ecuador exacto de la temporada, es decir, a la primera hornada de nueve episodios, para empezar a recapitular y ordenar en mi cabeza todo ese cúmulo de información sensorialmente encriptada al más puro estilo Lynch. Y una vez visionado el noveno capítulo, la novena parte de ese gran todo (una temporada de 18 episodios de casi una hora de duración suena demencial hasta para una cadena de cable premium), no podía estar más acertado en mis expectativas.

Encajando el rompecabezas

Como espectador impaciente y curioso que soy aproveché ese miniparón de una semana para revisitar parte del material original, especialmente Fuego camina conmigo y sus escenas eliminadas, The missing pieces, así como multitud de textos y vídeos de todo tipo que me ayudasen a encontrar luz a semejante laberinto de misterio. Y esta novena entrega ha empezado a conectar algunas (pues son unas cuantas) de las tramas abiertas en este tiempo presente entre sí y con el tiempo pasado (y alternativo) del inacabado relato original. Y ahora sí que parece que el encaje de piezas (no incompatible con la aparición de nuevas) no irá sino in crescendo de aquí en adelante.

No es que a Lynch le guste calentar al espectador, no quiere “joder al espectador medio” cual David Simon, simplemente es así de enigmático, poco revelador y completamente heterodoxo con respecto a la narrativa clásica, y lo es aún más abiertamente si le dejan libertad para ello. Porque a la tercera fue la vencida y, tras las diferencias con la NBC en la Twin Peaks original, que acabaron en una deriva no siempre acertada y una prematura cancelación, y el proyecto fallido que acabó siendo Mulholland Drive (bendito “error”), el cineasta por fin tiene el total control creativo de una serie (junto a Mark Frost, cuyo peso, sin embargo, se intuye bastante menor en este revival de la criatura), dirigiendo y coescribiendo todos y cada uno de los episodios de esta “serie limitada” (el concepto de miniserie se va volviendo cada vez más caduco).

Y en el fondo, por mucho que nos frustre el no saber qué coño está pasando durante buena parte de los visionados, no queremos tampoco que nos lo den masticado, pues eso no es David Lynch y sabíamos a lo que veníamos. Y si efectivamente lo sabíamos y nos iba a dar rabia igualmente, ¿para qué venimos?

¿Revival o reset?

Hasta ahora el creador multidisclipinar parecía querer resarcirse de su década sin estrenar películas y aprovechar la marca y el tirón de uno de los regresos televisivos más esperados (una generación entera y un cambio completo en la manera de producir y consumir televisión de por medio) para salirse completamente por la tangente y aprovechar lo mínimo del sustrato original para dar rienda suelta a todas sus idas de olla, veneradas ciegamente por tantos y vilipendiadas ferozmente por tantos otros. Parecíamos estar ante una colección aleatoria de réplicas de Inland Empire más que ante la continuación de la tan sobreanalizada serie de culto.

Pero esta novena pieza empieza a arrojar algo de luz en ese laberinto oscuro, sin mapas y con multitud de desvíos en el que nos introducimos hace ya un par de meses. David no renunciará por completo a la narrativa (si entendemos la ficción cinematográfica y televisiva como algo separado, si bien de modo extremadamente difuso, de la videocreación) y desde luego que no nos lo dará todo mascado como espectadores inocentes y vagos, pero sí que nos irá soltando las pistas y las claves para el encaje de las piezas.

Mientras tanto, sigamos disfrutando semanalmente de esta Twin Peaks 2.0 (o 3.0) con un Kyle MacLachlan desdoblado y cada vez más calcado físicamente a BOB en una de sus instancias, con la presencia musas del universo Lynch como Naomi Watts y, sobre todo, una siempre fascinante Laura Dern con una peluca a lo Maddie Ziegler (por fin le ponemos cara a la Diane a la que tanto hablaba el agente Cooper) y, de postre, Robert Forster, Amanda Seyfried, Tim Roth, Michael Cera, Jennifer Jason Leigh, Ashley Judd, Balthazar Getty, Jim Belushi, Tom Sizemore, Madeline Zima, Robert Knepper o Ethan Suplee, además, claro está, del retorno de la mayoría de caras míticas de la 1.0. Casi nada. Y para los espectadores más hipsters, los números musicales que cierran cada episodio, con Nine Inch Nails como invitados estrella.

Ficha técnica

 

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