BRUJERÍA Y COLONIALISMO – TABOO

TABOO – 1ª TEMPORADA

“¿Pero esto de qué coño va?”, clama el espectador a mitad del primer capítulo. Mientras tanto, Álvaro Ojeda balbucea torpemente algo referente al hilo narrativo de la serie y termina gritando visiblemente airado “¡Aquí tampoco sale Colón, carajo!”. Efectivamente, lleva 40 minutos de visionado y no se ha enterado de nada. No es porque sea torpón al seguir el hilo, o porque no salga Colón (personaje fundamental en toda escena con barcos de vela), es que la serie es rara. No digo diferente, digo rara.

Lo más logrado de Taboo es una magnífica ambientación de Londres en la gloriosa Inglaterra colonial (principios del s. XIX); la construcción aparentemente fidedigna y verosímil de espacios donde transcurren escenas llenas de barro, carbón y, suponemos, olor a pescado podrido; y la caracterización de los personajes de época, como engendros antihigiénicos de malos modales, ropa destartalada, tatuajes y dientes de oro. Es como si nacieran de las mismas barricas de donde salen los Uruk-Hai de Saruman. El trato de color blanquecino y en tonos sepia ayuda a crear esta sensación.

La historia 

El argumento principal de la serie es la herencia de un tipo oscuro, James K. Delaney (Tom Hardy), el protagonista de Taboo, que recibe de su padre unos terrenos en Nutka (isla hoy canadiense junto a Vancouver) muy valiosos en aquel momento para Inglaterra, España, Canadá y Estados Unidos, y paso obligado de las rutas de comercio del té y las pieles de nutria entre China y Europa. Ingleses y americanos parecen estar dispuestos a pagar cualquier precio por los terrenos (y a llevarse a quien sea por delante), y por la exclusividad del comercio en la zona, monopolio que también disputan Delaney y la Compañía de las Indias Orientales. Sobre esta premisa, decenas de personajes implicados en una red de traición, robos, espionaje, armamento y mucha tensión.

La historia es pretendidamente oscura, logrando una atmósfera contundente y en cierto punto terrorífica, pero que deja en el aire la justificación del comportamiento del protagonista, James K. Delaney, que parece sufrir de algún tipo de trauma ocultista que ha traído consigo a Londres de sus viajes por otras latitudes, que lo motiva a actuar de cierta manera en cierta ocasión (y que se hace físico en pantalla un par de veces en cada capítulo con algunos indescifrables frames de flashback), aspecto de la serie y del protagonista que trasciende de la trama principal de la serie (comercio, intriga, traición, monarquía, espionaje, diplomacia internacional y la guerra anglo-estadounidense de 1812), que ya de por sí es sobradamente interesante y se basta por sí sola para la construcción de una serie nutrida de episodios históricos o ficcionales con empaque y que apasione al espectador, sin necesidad de recurrir, como parece que en ocasiones recurre Taboo, al “realismo mágico” de Kafka o a técnicas narrativas que exceden de lo “creíble”.

Como se dice en mi pueblo, parece que se han metido en un buen berenjenal, del que sólo se puede salir con una obligatoria segunda temporada.

Una segunda temporada 

“¡Carajo!”, grita Álvaro Ojeda, propinando otro golpe en la mesa que hace que se caiga el lapicero, “¿ya se ha acabado?”. Tanto a Ojeda como a mí nos ha parecido una serie rara, carente en algunos aspectos pero llena de potencial para más temporadas y más aventuras de James Delaney y sus amigos. Al fin y al cabo, ocho capítulos saben a poco. BBC ha confirmado que habrá segunda temporada.

“¿Y Colón?”, insiste Ojeda. Y yo ya no sé cómo decirle que aunque sean barcos de vela, Colón no sale en esta serie. O sí. Visto lo visto…

Ficha técnica

 

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