UNA LAURA PALMER ‘MILLENNIAL’ – POR TRECE RAZONES (13 REASONS WHY)

El brutal asesinato de Laura Palmer dio inicio, hace ya más de un cuarto de siglo, a una investigación, policial y narrativa, que destapaba el lado oscuro profundo de todo cuanto individuo desfilase por las calles de la aparentemente apacible y tranquila Twin Peaks. Ahora la víctima, a la par que ejecutora de su propia solución final, va más allá y deja todas y cada una de las pistas a los individuos que, por acción u omisión, la condujeron a la desesperada tesitura de quitarse la vida a la edad de 17 años. Y por ende, al resto de la comunidad, a la par que a la sociedad entera, dentro y fuera de la ficción.

Eso sí, lejos de la dimensión mística, sobrenatural y hasta surrealista de la legendaria serie de Lynch y Frost, esta adaptación de la novela superventas homónima de Jay Asher, nuevo producto destacado de Netflix, nos mete en vena toda la carne cruda habida y por haber en el reverso de la vida adolescente, radiografiando principalmente el acoso escolar o bullying y todas sus formas derivadas, en particular las más relacionadas con las tecnologías digitales (ciberacoso, difusión no deseada de fotografías íntimas, etc.), las agresiones sexuales en fiestas juveniles y la inacción al respecto de los estamentos escolares (y sociales por extensión) y el no ser capaces de anticiparse a las tendencias suicidas de adolescentes en pésimo estado anímico.

Y paradójicamente, en la era de los dispositivos móviles y la tecnología digital cada vez más accesible y con mayores posibilidades, la víctima vuelve al formato analógico, a las cintas de casete, en una suerte de ejercicio contracultural en la era millennial, para grabar sus últimos testimonios, aquellos que expondrán las vergüenzas morales de un grupo de adolescentes que se sabían impíos y ejemplares. Cada cinta, cada secreto selectivamente guardado, supone una bofetada en la cara, con progresivo daño, a los espectadores como parte de una sociedad que sigue replicando esos comportamientos tan tóxicos y nocivos, que los consiente o que cuando menos no hace lo suficiente para frenarlos y mucho menos erradicarlos. En cierto modo todos hemos matado a Hannah Baker.

Conociéndose el trágico desenlace en el punto de partida del relato, cada entrega episódica nos ayuda a descubrir y desentramar los porqués, el cómo se ha llegado hasta ahí, y cómo cada uno de los señalados ha contribuido a ese destino fatal. Se crea un clima de sospecha y de desconfianza permanente, creciente y sin tregua, en el espectador y en el coprotagonista y personaje focal, Clay Jensen, por cuyos ojos y oídos nos llega la mayor parte del metraje de la serie, ya sea de manera directa o mediada, a través de las mencionadas cintas (lo cual crea un intenso juego narrativo entre el tiempo presente, el tiempo pasado y alguna que otra ensoñación). Las sospechas recaen incluso sobre él mismo, en cuanto conoce que una de las grabaciones versará sobre él y su rol en todo esto.

Se cuestiona él mismo y se nos cuestiona su coartada de chico tímido y geek, moralmente más respetable que el resto de los “nominados”… o eso creía(mos). El llegar a dicha grabación, que comprensiblemente se hace esperar, impulsa la sed y el ansia de seguir viendo los episodios para saber realmente qué culpa pudo tener el chaval, muy cercano a la difunta y claramente enamorado de ella. Nadie está a salvo. La subtrama judicial no hace más que acelerar el reloj de la búsqueda y el descubrimiento de la verdad y de la correspondencia de los testimonios de Hannah Baker con la misma, otro punto de generación de duda y sospecha brillantemente traído para acrecentar el aura de misterio e intriga.

Por otra parte, supone todo un acierto la selección del reparto, optando por rostros en su amplia mayoría desconocidos o con créditos previos muy anecdóticos y secundarios, y lo que es lo más importante, en lo referente a los adolescentes: en torno a la veintena y no cercanos a la treintena como en series de instituto de antaño. Pero incluso por encima de un inspiradísimo elenco y una destacable selección musical toca rendirse ante un tremendo trabajo de dirección: hasta seis realizadores, entre los que se combina experiencia televisiva, documental y de cine independiente, firman los trece episodios, con especial atención al más joven de todos ellos, Kyle Patrick Alvarez (Experimento en la prisión de Stanford), que dirige la season finale (y puede que series finale).

En el último episodio se nos muestra, sin artificios, con toda la crudeza descarnada que requiere, el suicidio del que se nos venía hablando desde el inicio mismo de la serie, su premisa y punto de partida. Sin mayor sonido que el diegético, dejando el reto expresivo de tamaño momento a Katherine Langford (su mirada entristecida será uno de los iconos audiovisuales del año), Bryan D’Arcy James y una Kate Walsh que se erige desde ya mismo en candidata al Emmy. Sin duda uno de los suicidios de ficción más logrados que recuerdo, desgarrador y sobrecogedor, carente de efectismo alguno.

El cierre del relato, coincidente con la novela, deja todas las cartas al descubierto (o casi todas) pero, al mismo tiempo, algunos cabos sueltos que bien podrían valer una continuación, una segunda temporada. Recordemos que las series no son formatos cerrados y herméticos, sino maleables, cambiantes y sujetos a permanentes cambios, sea cual sea su base textual. Todo dependerá de Netflix y de los responsables de la serie, entre ellos Selena Gomez, la cara inicial de Hannah Baker en el proyecto original de adaptación cinematográfica (que felizmente fue reconducido a un formato seriado). Al menos aquí un servidor se ha quedado con ganas de más.

Ficha técnica

 

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