ARAM KHACHATURIAN – SABRE DANCE / BSO de ‘UNO, DOS, TRES’ (1961) de Billy Wilder

La Guerra Fría, el conflicto diplomático de larga duración que marcó casi por completo la segunda mitad del siglo XX, época en la que se fraguó el cine moderno, ha tenido en general un buen entendimiento con el séptimo arte, siendo caldo de cultivo para dramas e intrigas políticas de diversa índole. Pero sin duda, el género donde la Guerra Fría ha sido mejor aprovechada por el medio fílmico ha sido la comedia, de la mano de sendos maestros indispensables como Stanley Kubrick, con su hilarante ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, o el no menos enorme Billy Wilder y la no menos jocosa Uno, dos, tres. Ambas, sin un posicionamiento favorable a ninguna de las partes, lo cual no debe ser leído como tibieza discursiva o apoliticismo facilón, sino como una superación en clave de comedia ácida de la dialéctica del “o conmigo o contra mí” y del absurdo del enfrentamiento de dos imperios poniendo en jaque a la humanidad.

Uno, dos, tres (1961) de Billy WilderMientras Kubrick optó por la vía del absurdo tirando a esperpento expresionista (ironizando así sobre el monstruo germánico cuya superación precedió a la Guerra Fría), Wilder localiza el conflicto en una recién “amurallada” Berlín y le da forma de comedia de enredos, en clave política, como sólo el mayor genio del humor y las miserias humanas sería capaz de hacer. Obsesionado con el ritmo (“Tengo diez mandamientos. Los primeros nueve dicen que no debes aburrir”, llegó a decir), y a la vez, con la creación de leitmotivs expresivos que otorgasen consistencia y fluidez a un relato que necesariamente tendría que ir in crescendo, el cineasta austrohúngaro necesitaba un tema musical de cabecera que, más allá de convertirse en característico del film, fuese la señal de sus tan acertados acelerones, clave en su eficacia cómica y narrativa.

Se topó entonces con una pieza, ya mítica, que cumplía a la perfección sus requerimientos: la “danza del sable” del acto final del ballet Gayane, del compositor armenio-soviético Aram Khachaturian. Una melodía acelerada y jovial que pronto cruzó el charco, conviertiéndose en recurrente en las entonces populares gramolas en los Estados Unidos, quedando pronto fagocitada por la cultura popular de aquel país, a su vez, el mayor exportador en la industria cultural y creativa por todo el mundo. Pese a su carácter altamente reconocible, Wilder fue capaz de convertirla en protagonista sonora de una de sus comedias más redondas, dirigiendo entonces su tono en el imaginario colectivo occidental (al que fue importada) y marcando por tanto el empleo mediático y narrativo de la misma a partir de entonces.

 

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