GLOBOS DE ORO 2013: LA CRÓNICA

Cada año, se puede llegar a advertir cierta tendencia (o coincidencia) temática en las películas de mayor presencia en la temporada de premios, algún tipo de conexión fortuita y puramente casual (o no) que redactores ávidos de leer entre líneas se empeñarán en buscar. Si hace dos años era el fenómeno de la comunicación desde dos realizaciones completamente diferentes (El discurso del rey y La red social), o el año pasado el back to basics de las favoritas que culminó con el arrase de la propuesta más radical en este aspecto (cierta película muda y en blanco y negro).

Este año, tras ese primer gran veredicto que son los Globos de Oro, entregados la pasada madrugada, se encuentra entre las ganadoras de la noche una característica temática común: la política, entendida en sentido amplio. Un complejo entramado de conspiraciones geopolíticas (Homeland), la operación de inteligencia transnacional más heterodoxa de la historia (Argo), los recovecos de una campaña presidencial con todo un desafío de candidata a pulir (Game change), y ya a un nivel más contextual, podríamos incluir la edulcorada y fastuosamente representada lucha de los desheredados contra el poder establecido en Los miserables (título de cine con más galardones), que en su momento supuso todo un alegato social. Sólo Girls de Lena Dunham (confirmada revelación de la temporada, y que acaba de estrenar su segunda hornada) se escapa de esta coincidencia a cuatro bandas. Y tengamos en cuenta también otras de las candidatas premiadas de la noche, como el retrato de un legendario presidente (Lincoln) o la más famosa intervención militar secreta de los últimos años (La hora más oscura).

Todo se desarrolló dentro de lo previsible hasta que llegó la fase final de la gala, en la que se entregaban las categorías de mayor peso en cine. El duelo de pronósticos en el bloque de Comedia-Musical entre Los miserables y El lado bueno de las cosas, los únicos no-dramas con buen karma de competición esta temporada, se encontraba en empate técnico antes de empezar la gala, al igual que sus protagonistas masculinos, por mucho que el clan Weinstein estuviese detrás de uno de los bandos. Los omnipotentes acaparadores de premios no han dado con la tecla esta vez, o eso parece.

Su candidata estrella, la dramedia de David O. Russell, levantó sólo una de las estatuillas a las que era candidata, la de su protagonista femenina, una Jennifer Lawrence que dedicó una buena puñalada, cariñosa, al mito de los Weinstein: “gracias a vosotros por haber matado a quien fuese necesario para que yo esté ahora aquí”. Mientras que su otra apadrinada, Django desencadenado, respondió mejor ante unas expectativas no tan altas, llevándose los nada desdeñables apartados de Actor Secundario (Christoph Waltz) y Guión (el propio Tarantino). Pero de aquí a los Oscar aún tiene que llover mucho, y a saber de lo que son capaces estos “persuasivos” hermanos si se conjuran para ello.

Solventada esa disputa en el bando de la comedia, con Hugh Jackman y Anne Hathaway incrementando el palmarés de su película, quedaba ahora el Drama. No se esperaba quizás a Tarantino, ni mucho menos a Ang Lee, pero sí desde luego a Spielberg y Bigelow, máxime después de que sus respectivos protagonistas triunfasen, con todo merecimiento: el director para el actor y la directora para la actriz, respectivamente. Un Daniel Day-Lewis camino de su trébol particular (uno por década) y una Jessica Chastain en pleno auge tras destaparse en 2011. Fue finalmente, pues, el tercero en discordia, el tapado de la noche, un Ben Affleck que levantó el premio al Mejor Director (gran pista para lo que pasaría después) y vio finalmente como su Argo se convertía en la co-triunfadora de la noche en cine.

Atentos al momento, porque estamos viviendo uno de esos milagros que el cine sacude sólo muy de vez en cuando: un actor mediocre, tirando a pésimo, cuyas películas, salvando sus trabajos con Kevin Smith y El indomable Will Hunting con su amigo Matt Damon (con el que, por cierto, compartió Oscar y Globo de Oro al Guión Original por dicha película), no se salvarían en absoluto de una hipotética quema selectiva de films; objeto de todo tipo de mofas, y un triple Razzie incluido por esa aberración de la naturaleza titulada Gigli, junto a su entonces pareja Jennifer López. Sí, ese mismo, de repente, ganó la Copa Volpi en Venecia como mejor actor por su encarnación de George Reeves en Hollywoodland. Y sorprendió a la crítica con su ópera prima, Adiós pequeña, adiós, neo-noir en los suburbios de Boston.

Tuvo tiempo para protagonizar uno de los dramas más reveladores sobre la crisis financiera, The company men, mientras que se sacaba de la manga un notable y solvente thriller como The town. Diez años después de tocar fondo, profesional y personalmente, feliz con su pareja actual (Jennifer Garner, a la que conoció en el rodaje de esa otra abominación que fue Daredevil), se sube a sí mismo el listón con un thriller político en el que hace gala de atrevimiento y de gran pulso para la intriga y la tensión, así como para la dirección de actores. El que fuera una vez el peor actor de su momento, hoy le arrebata el Globo de Oro a cuatro veteranos consagrados en la industria y se postula por ende para los Oscar, convenciendo a público y crítica por igual. La magia del cine, es lo que tiene.

Mientras tanto, en televisión, Homeland repite su triplete de los Emmy (Mejor Serie, Mejor Actor y Mejor Actriz en el bloque de Drama) y se consolida, por segundo año consecutivo, como la reina de la televisión en la era post-Mad Men. Una pena que no pudiesen redondear la noche con un premio a Mandy Patinkin, demasiado poco glamouroso para la HFPA. Y al mismo tiempo, Girls en general y su factótum Lena Dunham en particular se confirman como la revelación del pasado año. O lo que es lo mismo: la maquinaria de la HBO para los premios ha recuperado su potencia weinsteiniana de antaño. HBO triunfa con una dramedia mientras que Showtime se reafirma como dominadora del drama: se han invertido las tornas de hace sólo algunos años. Game change completa el paseo triunfal iniciado también en los Emmy y además suma, inesperadamente, un galardón más, para Ed Harris. Esto último refleja de una predecible constante de estos premios: la primacía del brillo sobre la brillantez, del neón sobre el talento. Así vemos también a Harris, Don Cheadle o Maggie Smith (que tampoco acudió esta vez a la gala, al igual que en los Emmy) vencer unos apartados en los que convencerían más el propio Patinkin, Eric Stonestreet, Sofia Vergara o Louis C.K., comediante maldito.

De entre los perdedores de la noche, no debemos quizás fijarnos tanto en Lincoln, La noche más oscura o El lado bueno de las cosas, con honores relativos y aún mucho que decir hasta los Oscar. Las derrotas más sonadas se hallan en el bloque televisivo, en una Boardwalk Empire que no termina de engancharse a los premios, pese al gran arranque que tuvo en su primera gran cita, en este mismo certamen, hace dos años. Se puede decir que ha sido una víctima de la transición entre el reinado de Mad Men y el de Homeland. Otra que se va de vacío es Modern family, que nota como los Globos de Oro resisten aún menos a las modas que los Emmy.

La gala fue conducida de manera fluida y hábil por dos consgradas comediantes como Tina Fey y Amy Poehler (ambas nominadas sin premio), que empezaron fuerte con una machetazo en la introducción al ex-marido de la Bigelow, a propósito de su presencia: “ella seguro que sabe de tortura [en relación a La noche más oscura] tras haber estado casada con James Cameron”. Pero ni punto de comparación con el hilarante espectáculo de Ricky Gervais durante tres ediciones. Entre lo más destacado de la gala, la sorpresiva aparición de Bill Clinton (ovacionado acto seguido) presentando Lincoln (me remito al párrafo inicial sobre el tema político, ahora en forma de propaganda directa… Obama, ¡da la cara!); el ambiguo e implícito discurso de Jodie Foster al recoger su premio honorífico Cecil B. de Mille, que desató toda una espiral de elucubraciones sobre su sexualidad que todavía durará; la mencionada perlita a los Weinstein de parte de una de sus apadrinadas; y esa doble broma interna de poner a Schwarzenegger y Stallone a presentar la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa, máxime cuando la evidente ganadora iba a ser una película tan reposada como Amor, y la estatuilla se iba a entregar de austriaco a austriaco. Si Arnold ya da miedo en inglés (o en español con la voz del gran Constantino Romero), hablando alemán produce escalofríos.

Esto es todo de momento. Próxima parada: los premios del Sindicato de Productores, el sábado 26.

Lista completa de premiados

Críticas publicadas: AmorLa vida de Pi, Los miserables.

Series comentadas: Boardwalk Empire, Homeland, Modern family.

 

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