ATERRIZA COMO PUEDAS – ‘EL VUELO’, de Robert Zemeckis

EL VUELO – Flight (2012) de Robert Zemeckis

Nada más empezar El vuelo (2012) lo primero que vemos aparecer en plano es un pecho semidesenfocado, después una chica desnuda se pasea por la habitación de un hotel; en la cama, boca abajo, duerme un resacoso Denzel Washington. Al parecer ha sido una noche movidita si nos atenemos a las botellas vacías que hay alrededor de la habitación, acto seguido el protagonista coge el móvil y habla con su ex mujer, mientras, la chica (que sigue desnuda), se fuma un porro deleitándose lentamente con la calada. Tras terminar la acalorada conversación telefónica, Washington, que según parece tiene un avión que pilotar a las 9, decide meterse una buena ralla de cocaína antes de ir a currar, y ahí, Zemeckis, acaba la escena con un descompuesto primer plano del actor. En una sola secuencia el otrora autor de cuentos infantiles ha pretendido, en la banalización de una síntesis gráfica elemental, mostrar la dureza del drama mediante una representación superficial, sobreexpuesta, de trazo extradiegético. O lo que es lo mismo, cree que mostrar es igual a construir. El director de Contact, equivocado diría yo (desde la opinión de uno que sigue disfrutando muchísimo con sus trabajos iniciales), ha intentado crecer de golpe y porrazo en la búsqueda (fallida) del nuevo cineasta adulto, y para eso, nada mejor que un dramón con el alcoholismo de fondo, como para borrar la condición de discípulo Amblin, y quitarse de encima las voces que lo nombraron, años ha, sucesor de fantasías spielbergnianas (la trilogía de Regreso al Futuro o ¿Quién engañó a Roger Rabbit?).

Si Robert Zemeckis creía que con esto bastaría para hacerse mayor, entonces El vuelo representa lo peor de su larga carrera como cineasta. Predecible, aburrida, tramposa, siempre al tran-tran del inocente guión de John Gatins (no entiendo la nominación al Oscar), y con una aséptica puesta en escena, la película que vende Zemeckis resulta una peligrosa historia sermoneadora de caídas y redenciones, y lo es, no tanto por su bobalicón desenlace o porque desde el principio se le vean las costuras, sino por la poca complejidad de conjunto, y su escasa personalidad narrativa.

Ahora bien, hay momentos aislados que avisan de lo que es capaz Zemeckis cuando la lucidez de las formas respiran sobre el trillado fondo del contexto. Las tablas de un tipo con especial astucia en el lenguaje visual emergen en la robusta escena del accidente aéreo (planificada con escasos medios y bajo presupuesto), los travellings que arrastran al protagonista, o la convincente y bien rodada parte del juicio. Así mismo destaca la excelente escena donde un correcto Denzel Washington pone a prueba la resistencia de su adicción mirando las botellas del minibar u otra concreta donde tres personajes se reúnen en las escaleras del hospital para echar un cigarro e intercambiar impresiones. En ambas la cámara capta la intimidad y profundidad que en el resto del metraje (muy dilatado y largo), vienen a estar ausentes.

El alcoholismo ha sido tratado con desigual fortuna en el cine, las hemos visto de todos los perfiles y colores, pero pocas merecen una atención especial sobre el resto. Citaré un par de ejemplos: la primera, la sobrevalorada Leaving Las Vegas (nunca soporté la cinta de Mike Figgis, muy arty, muy laureada, pero luciente de un mal rollo postizo que olía a distancia), y la segunda, la excelente Días de vino y rosas, la cual es sin duda una de las grandes obras norteamericanas sobre el alcoholismo (con un trasfondo desolador, y un final triste e incierto alejado por completo del happy ending). Desde luego Zemeckis parte de ellas, y de tantas otras, a la hora de componer su particular visión de un alcohólico. Pero no alcanza (aun base de formulismo) la autenticidad de la película de Blake Edwards ni el verismo (falso o no) de la de Figgis. El vuelo por tanto viene a quedarse en el medio de una deriva superpuesta de producto indulgente, discursivo, que pone a prueba la falta de pericia de Zemeckis en el melodrama exclusivista. Un telefilm lujoso que, sin los aledaños fantásticos o antinaturales más frecuentes de su filmografía, acaba resultando una película decepcionante e innecesaria.

Ficha técnica

 

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