VAGO Y TORPE ‘RESET’ – MISFITS

El síndrome del estiramiento de lo popular y del no saber poner punto y final a una joya de la corona que se agota afecta también a la televisión británica, tan loada por su alto ratio de producción/resultado. Y Misfits está siendo el ejemplo más ilustrativo de esto mismo. La que empezó como una fresca y sorprendente comedia negra con toques sobrenaturales y evolucionó a un apasionante relato de ciencia-ficción en ambiente marginal, deambula ahora sin demasiado rumbo y con cada vez menos restos de lo que fue hasta no hace mucho.

Como ya puntualizamos a la hora de analizar la tercera temporada y su repentino final, no es muy buen síntoma que una serie que desde el primer momento fue claramente definida como relato “de personajes” (y admirada en consecuencia) no haya tenido el valor de poner punto y final cuando aquel se ha agotado (con el final de la historia de Simon y Alisha, columna vertebral del argumento horizontal desde la segunda temporada) y pulsar el botón del reset pero de manera decidida e indudable, y no esa suerte de solución intermedia de dar supremacía al “formato” sobre los personajes originales, la situación original, pues ese mismo formato no era nada sin ellos. Es más, ellos eran el formato, y ahora nos damos cuenta de ello.

Vale que pocas series recientes han tenido una coyuntura externa tan desafortunada como la de la criatura de Howard Overman, con su frontman (Nathan) anunciando repentinamente su marcha tras la segunda temporada, y el héroe de la serie (Simon), junto con su (ficticia) media naranja y finalidad de su trayectoria heroica (Alisha) haciendo lo propio al finalizar la tercera. La sentencia final la puso Lauren Socha (Kelly) al completar la escapada, dejando a la serie sin su personaje más carismático (al mismo nivel de empatía que Nathan pero sin esa dimensión cargante e irritante que el de pelo rizado destilaba por momentos) y con mayor potencial para funcionar en base episódica, ahora que el desarrollo serial había quedado del todo esquilmado.

¿Qué nos queda entonces? El menos carismático, de lejos, del quinteto original (Curtis), que sigue y seguirá siempre en esa misma línea; el no especialmente fructífero intento de cubrir el vacío de Nathan (Rudy), con potencial pero no el suficiente como para llevar el timón; y las apariciones esporádica y puntuales de un no-misfit como Seth, presencia prácticamente fantasmagórica de lo que fue la serie en su mejor momento, y de manera más funcional, salvoconducto para cerrar, diegéticamente, la salida de Kelly. Dos nuevos monos naranjas se unen a esta nave a la deriva, con sus respectivos poderes (cada vez más irrelevantes), así como el enésimo trabajador social, que esta vez viene de serie con un remarcado carácter autoritario y fascistoide, para que así (imagino) su más que previsible muerte, en la infalible lógica de la serie, resulte más divertida.

Hay que reconocerle a esta nueva configuración la habilidad para seguir creando intrigas autoconclusivas medianamente eficaces (aunque lejos de las de antaño), seguir logrando esas mismas tensiones sexuales con la misma facilidad (casi automática), la oportunidad de seguir explorando un personaje complejo como el de Rudy, o el admirable logro, tras tres episodios, de haber situado al malo de turno como “enemigo en casa”, amén de algún que otro gag para enmarcar (el perro lazarillo con telepatía no tiene precio). También alguna que otra línea de trama, ya más horizontal, que promete un mínimo de interés e intriga al respecto, como esa misteriosa trabajadora social aprendiz (una femme fatale algo fallida, pero capaz de atraer los focos cuando aparece).

Eso sí, no nos engañemos. Jess (Karla Crome) promete bastante pero jamás será Kelly. Curtis difícilmente dará más de lo poco que ha dado hasta ahora. Finn deja bastante que desear (caso aparte de un nuevo acento cerrado inglés que ya no aporta nada) como “nuevo”, mientras que a Rudy aún le queda mucho para llegar a Nathan o Simon, si es que le da la cuerda para ello. Algunos seguiremos viéndolos por algunas que otras gracietas puntuales, argumentos medianamente apasionantes, tensiones sexuales por resolver y, sobre todo, la nostalgia de antaño. La Misfits que nos encandiló se ha ido y nunca volverá, habiendo quedado atrapada en el tiempo cual Simon en su eterno viaje por la espiral de un tiempo que no puede modificar. Si realmente querían conservar el espíritu del mono naranja, habría dado mejor resultado un reset total, una vuelta de tuerca completa, en un nuevo escenario, un nuevo momento histórico, etcétera. En una narración que nace como serie de personajes, el formato nunca podrá sobrepasarlos de manera efectiva.

 

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