NOVIEMBRE ¿DULCE? – CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

El otoño es la estación de la incertidumbre. La coincidencia con temporada de caída de las hojas y la venida del mal tiempo no puede evitar venir acompañada de un cierto bajón en el estado de ánimo, individual y colectivo, que cristaliza en el mes de noviembre, probablemente uno de los más duros del año, anímicamente hablando. Las esperanza y el entusiasmo de la novedad que acompaña al inicio del curso académico o laboral (o televisivo) se empieza a disipar, y llegan las primeras decepciones.

Y la verdad es que en esta longeva sitcom no podrían habérselo tomado más en serio. Dos de las tres constantes sueltas del quinteto protagonista han caído de nuevo en la soltería, y la tercera está camino de ello, más pronto que tarde según pinta (y según la propia lógica estructural del relato). Se ve que de rupturas va la cosa, en este inicio de temporada. Queda patente, más que nunca, la inseparabilidad del pentágono de personajes principales, que tras varias combinaciones internas, conflictos, intromisiones, y un largo etcétera, siempre ha permanecido unido e invariable.

Las rupturas puntuales de alguna de las conexiones (en su estado de mínimos, se entiende) no han durado más allá de un arco de tres o cuatro episodios, y desde luego, ninguno de los numerosos intentos de incorporación de sextos en discordia (incluso en fases en las que sólo había un eslabón suelto por combinaciones de las otras partes) han terminado de cuajar, ni internamente, en el propio grupo, ni externamente, en la empatía con los fieles y activos espectadores, ni han adquirido la consistencia suficiente para entrar de lleno en ese flujo irreductible que mantiene unidos a Ted, Barney, Robin, Marshall y Lily. Cinco es un número impar y primo. Seis es divisible, es más imperfecto. Ni siquiera el buenazo de Ranjit, siempre sonriente, ha transcendido más allá de la bromita esporádica.

Ahora bien, parece ser Robin el vértice sobre el que pivotan los eslabones sueltos de este pentágono, el cual, por cierto, ya sabemos, con toda certeza, que se volverá definitivamente cuadrángulo a final de esta temporada (o eso sería lo lógico), y que entonces será turno por fin para que el mayor protagonista de este relato, Ted “Romántico Desencantado” Mosby, encuentre la mujer de su vida, esa que nos lleva anunciando desde el contracampo desde hace ya siete años, camino de ocho.

Eso es precisamente lo que bien nos indicaba, como pertinente insider, la recuperada Victoria, a principios de la pasada temporada; que todo ello quedó en un largo stand by hasta un inesperado giro, de esos que tanto le gustan a Bays & Thomas (hasta extremos abusivos, en ocasiones), que sólo sirvió para darle carpetazo definitivo al asunto en el siguiente episodio,… o eso creíamos, hasta que la inesperada reaparición de Victoria a final de temporada derivaría de nuevo en su marcha, por la misma puerta, apenas cinco episodios más tarde, reabriendo por enésima vez una línea argumental que parecía ya más que superada y obsoleta hace mucho tiempo,… ¿o era sólo una manera de reafirmar la estabilidad de ese pentágono, con tanta ruptura seguida, para encarar el camino a un final (de temporada, se supone) que ya conocemos?

Tras su excelente sexta temporada (viniendo de una quinta que había sido la más floja, con diferencia, del recorrido de la serie hasta el momento), se produjo una renovación por otras dos hornadas completas. Esto, como ha ocurrido en otras ocasiones, derivó en un síntoma de acomodamiento, de dilatación un tanto excesiva de una gran trama serial que se está estirando más de lo que naturalmente debía durar. Uno de los riesgos, asimismo, de ese gran desafío que supone introducir un elemento serial tan fuerte y marcado en un formato que funciona, por definición, en base episódica. Lo cual no quita que se siga definiendo y dando matices a los personajes como muy pocas comedias hacen, y que nos brinden, de manera estratégicamente calculada, cuando el fantasma del agotamiento acecha, entregas tan magníficas como Tick tick tick… o Symphony of illumination, en los que la emotividad era incluso capaz de eclipsar a la comicidad. O mismo el sensacional final de la season premiere (Lebengslangerschickssalssatz!).

En definitiva, la serie se mantiene porque es quien es, tiene los personajes que tiene, y tras tantas temporadas, los más fieles, que somos muchos, sólo queremos más y más, aunque las raciones sean insípidas. Están entrando en una peligrosa dinámica de hacer y deshacer y de volver sobre lo mismo que puede acabar siendo muy dañina, incluso a corto plazo, y que para la que ni siquiera esa meditada programación, cada ciertas entregas, de capítulos llenos de genialidad, de magia y de la frescura de antaño, podría ser suficiente. Y cuidado con caminar en la cuerda floja justo cuando el gran relato se acerca a su desenlace final. La impresión final es la que más cuenta, la que más pesa por la eternidad, que se lo digan sino a Damon Lindelof y Carlton Cuse. No está siendo un noviembre especialmente dulce para Ted, Barney y Robin, pero tampoco para la serie.

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  1. […] comedia de moda, el cual, pese a los altibajos y sombras a partir de su quinta temporada y a cierta “redundancia cíclica” (en ocasiones severa), sigue ostentado a día de hoy, en su hornada […]
  2. […] y el final está a la vuelta de la esquina. Avanzado el primer acto de esta irregular temporada acusé al relato de seguir en esa pantanosa dinámica de rizar el rizo, heredada de la aún más irregular (y menos […]


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