ETERNIDAD, MAGIA, ABSURDO Y CINE – ‘A ROMA CON AMOR’, de Woody Allen

A ROMA CON AMOR – To Rome with love (2012) de Woody Allen

Me he declarado en repetidas ocasiones, en público y privado, profundo admirador de Woody Allen, al que espero ansioso cada temporada, normalmente por otoño, lo más puntual que pueda, y raramente saliendo decepcionado (lo que resulta más que loable en un creador que se acerca a los ochenta años y nos sacude, sin falta, una nueva película cada año que pasa). Asimismo, nunca he dejado de manifestar mi amor por la ciudad de Roma, en la que tuve la suerte de vivir casi un año entero; una experiencia que me cambió por completo la vida y en la que se encuentra asimismo el origen de esta web (creo que ya os he contado esta historia).

Así pues, con tal panorama, imaginaos la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en mi rostro al conocer que el cineasta de Brooklyn se mudaría esta vez a la Ciudad Eterna para situar allí su cita anual con sus fieles (y no tan fieles). Al mismo tiempo, me sé, personalmente, lo suficientemente conocedor de la filmografía y la trayectoria de Allen como para medir y calcular muy bien las expectativas al respecto, de manera que las sorpresas, de haberlas, sean siempre positivas, como es el caso de la más que notable Midnight in Paris. Su último lustro nos debe preparar para recibir comedias ligeras en escenarios de paso, cuya concepción espacio-conceptual dista mucho, evidentemente, de la profundidad con la que ha (re)tratado, desde múltiples ángulos, su Nueva York natal, la ciudad de su vida, de sus amores, de la que sale a menudo pero nunca se irá para siempre. Tampoco se debe intuir el caldo de cultivo para un ejercicio cinéfilo, de homenaje/parodia o revisión, de esos que tan bien se le dan, ni hacia su idolatrado Fellini (quien, por su parte, nunca dejó de ser un “extraño” en Roma, en la que desempeñó más bien el rol de observador, como el guardia de tráfico del principio de la película o el lugareño en la terraza del final) ni hacia otras tendencias más reconocibles internacionalmente del cine italiano más mainstream, desde el neorrealismo hasta la commedia all’italiana de De Sica, Monicelli y compañía.

De nuevo, todos esos incansables cenizos, que no fueron capaces de ver más allá de las postales turísticas en la pasional Vicky Cristina Barcelona, ni siquiera en la mágica Midnight in Paris, saltaban con los (pre)juicios de retazos tópicos sin darle relevancia al hecho que para el cineasta, las ciudades europeas son lugares de paso y no resulta muy producente medir sus relatos de una manera que no lo considere así. También se mostraban más que escépticos ante la anunciada estructura multirrelato, bajo la sombra amenazante de la muy mejorable Conocerás al hombre de tus sueños, y el peligro de la insuficiencia de algunas de las historias, interesantes por separado pero de menor envergadura, para sostener toda la narración y habiéndose de apoyar, por tanto, en insípidas historias de relleno. Ni corto ni perezoso, sin demasiado empeño aparente, Allen mata estos fantasmas (externos) de una tacada y sin que apenas nos demos cuenta cómo, y de paso, realizando un compendio de lo mejor de su cine reciente (y no tan reciente) y homenajeando, a un nivel secundario y siempre con el funcionamiento del conjunto como objetivo, los códigos de la comedia de enredos de sello italiano.

La acertada clave para esto último consiste en extraer la magia inherente a la ciudad, por encima de su aroma, y desde la perspectiva del observador. Una magia que llena ese escenario inigualable que es la Ciudad Eterna, único nexo aparente entre las diferentes historias, que junto a ese espíritu juguetón, el cine (sublimación de la magia), como elemento común, de alguna manera, de casi todas esas pequeñas historias, y una gran maestría, como siempre, en el manejo del tiempo y el ritmo, evitan el tan temible “efecto Iñárritu” (del que las comedias, por muy ligeras y desenfadadas que sean que sean, tampoco están exentas). Desde La rosa púrpura de El Cairo, de manera más fácilmente reconocible, el cineasta nunca ha tenido el detalle ni realmente la necesidad de justificar “científicamente” los giros fantasiosos o absurdos (expresiones precisamente de esa magia de la ciudad y del cine) en películas con un punto de partida en el dominio de lo terrenal, pero enseguida nos hacía darnos cuenta de que tales explicaciones no resultaban necesarias ni pertinentes en absoluto.

Sin que le tiemble el pulso, pero sin que notemos en ningún momento esas fronteras narrativas, convierte a un romano corriente (Roberto Benigni) en un multitudinario e irrisorio famoso de la noche a la mañana, sin que deje de preguntarse en todo momento cómo ha acabado en esa situación (sin duda, las más felliniana de las historias, aunque en un nivel reflexivo mucho más liviano). Transforma a un exitoso arquitecto de relejadas vacaciones (Alec Baldwin) en el consejero espiritual/álter ego del futuro de un estudiante de intercambio (Jesse Eisenberg, la verdadera instancia del clásico personaje alleniano en esta película, y no un Benigni, como sería más predecible, cuyo actor-personaje aparece aquí, como vimos, mucho más contenido) ante la entrada en su hasta entonces asentada vida de la versión “allenizada” (irresponsable, cortoplacista y pedante) de la manic pixie dream girl del cine indie (Ellen Page), a través de un mecanismo a caballo entre los utilizados en Midnight in Paris y Sueños de un seductor. Y a la vez, pese a que no se trate de un verdadero desvío fantástico o absurdo, no vacila a la hora de dar un vuelco totalmente impredecible a un relato que pintaba como el típico conflicto de consuegros, suegros y yernos y evoluciona hacia una de las historias de mecenazgo artístico más divertidas en mucho tiempo, una hilarante y peculiar versión de Ha nacido una estrella.

La trama restante, aquella con más debilidad estructural y seductiva, al presentarse como la más desencajada y sin excesivos alicientes, queda enseguida resuelta en forma de screwball comedy bifurcada y con tendencia a la catástrofe (enorme el gag con el ladrón en el hotel), muy en la línea de la clásica comedia italiana de enredos que arriba apuntamos y con un catalizador de la talla de una voluptuosa Penélope Cruz, que evoluciona del torbellino latino de Vicky Cristina Barcelona a una más liviana instancia de pin-up italianizada, evocando sus carnes, sus andares y su correcto italiano a mitos eróticos de la talla de Sofia Loren o Claudia Cardinale.

Por otra parte, la elusión de ese acercamiento superfluo e insípido que se podía temer a priori, queda disipado con la variedad de situaciones iniciales y perspectivas desde las que se afronta la presencia a la ciudad y todo su fuerte subtexto, así como los efectos que esta acaba produciendo, de manera directa o indirecta, en sus progresivamente carismáticos personajes. Al fin y al cabo, al igual que ocurría en Barcelona y en París, esa fuerza oculta de la urbe, esa eternidad de la capital del imperio, no se vuelve patrimonio de sus personajes, quienes, cada uno a su particular manera (con una hilarante excepción), vuelven a sus respectivos status quo. Tal y como le ocurría al personaje de Gregory Peck en el largo travelling final de Vacaciones en Roma (nunca me cansaré de mencionarlo). La eternidad romana es patrimonio de sí misma, causa y efecto de la magia que nutre a un escenario en el que no paran de surgir historias dignas de ser contadas, como bien nos relatan esos simpáticos don nadies “omniscientes” que abren y cierran la película.

Como colofón, acertadísima variación de su personaje-arquetipo que se marca Woody Allen en su retorno a la interpretación después de seis años (y la segunda en diez años tras Scoop). Inicialmente, por echarle tanto humor para embutirse en la piel de un típico padre norteamericano conservador en conflicto con su recién conocido yerno europeo, latino y marxista, en tiempos en los que la derecha más rancia (muy alejada del agrado real del cineasta) acecha en cada esquina. Pero esa pequeña (auto)gracieta no era más que un ligero mcguffin inicial, que serviría de antesala al verdadero núcleo de la hilarante trama y a su implícito, revelador y melancólico contracampo: la reflexión del artista veterano sobre sí mismo, el creador que necesita el arte para respirar aunque haya ya cruzado el umbral del retiro y se encamine hacia el ocaso de la vida. Porque, tal y como no espetaba la óptimo moraleja de la inmejorable Desmontando a Harry: la vida y el arte, cuando caminan juntos, difícilmente se podrán separar. Fuera cenizos y cínicos: Woody Allen siempre tendrá algo interesante que ofrecernos años tras año, ya sea excelente, bueno o simplemente decente. No lo dudo ni lo dudaré.

Ficha técnica

 

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  2. […] aunque sí es deseable, cuando menos, que los “valles” se parezcan más a Scoop o a A Roma con amor (y ya puestos, si son más como Si la cosa funciona, mucho mejor) que a El sueño de Casandra o […]


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