LA LEYENDA SE CONSTRUYE DESDE EL CUERPO – ‘EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE’, de Christopher Nolan

EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE – The Dark Knight rises (2012) de Christopher Nolan

Ríos de tinta verterán y seguirán vertiendo sobre la que, independientemente de lo que consiga hacer la también inflada Prometheus (vamos, Alien 0), se ha erigido, desde el anuncio de su estreno, en la película del verano, y por extensión, del 2012. Como no podía ser de otra manera, no ha parado de suscitar controversias, de mayor o menor agudeza, entre las diferentes voces que se han acercado a ella desde su aterrizaje. Aquí mismo, por ejemplo, abrió la veda Cristian Iglesias, analizando la primera de sus tres imprescindibles de 2012 que pronosticó a finales del pasado año, y concluyendo, en consecuencia, con un comentario tirando a tibio, basado en el peso de las expectativas, el puntiagudo hype, tanto como película en sí, que como fin de una trilogía, que como nueva obra, aspirante a magna, del siempre obligatorio Christopher Nolan.

Después vino David Tejero, prudente, pero sobre todo, más entusiasta, fijando su discurso en la reinvención del género de superhéroes y la evolución en el retrato de la figura y el mito del Caballero Oscuro, alcanzado esta su estado óptimo en las manos de un Nolan, si bien, en cambio, relativiza el peso en tal trayectoria de los arcanos autorales y la energía creativa del cineasta. Pues bien, aquí es donde entro yo, admirador declarado y estudioso acreditado del inglés, para describir las claves de esta perfecta simbiosis entre la adaptación de un mito de la cultura popular, su inserción en el discurso creativo de un reconocido y alabado (a la par que denostado) autor superviviente en los altos hornos del mainstream y la sublimación de todo ello a una fórmula de blockbuster palomitero en el que el cine del bueno tiene su asiento reservado y privilegiado.

Como culminación de una trilogía y su desarrollo lógico, El Caballero Oscuro: La leyenda renace supera el momento de la verdad que supone llevar a su cumbre esa novedad y frescura del retrato de un Batman/Bruce Wayne más humanizado, mortal, corporal y atormentado de Batman begins (declaración de intenciones desde el mismísimo título) y el posterior descenso a los infiernos de El Caballero Oscuro, con uno de los villanos más logrados y apasionantes de la historia del cine, un ya celebérrimo Joker (alimentado externamente por el trágico y repentino fallecimiento, anterior al estreno, de su intérprete, Heath Ledger) cuyo peso suponía, sin exagerar, el 70% de la intensidad y el carácter de la película. Sí, supera ese pronunciado umbral, esa prueba de fuego definitiva (como reinventor del murciélago y como autor dentro de la alta industria), y lo hace, como no podría haber sido de otra manera, abrazando más que nunca, tanto en sus rasgos más constitutivos como en sus expresiones más externas, los signos más reconocibles y apreciados del estilo, la poética y los haceres de Christopher Nolan, incluso tras la “deformación” de estas (controvertida, necesaria y finalmente eficaz) hacia las exigencias de la pirotecnia, el ruido y la grandilocuencia de todo producto que aspire a arrasar manteniendo a millones de espectadores en sus butacas durante casi tres horas de metraje.

El cuerpo desaparece ante la sociedad (la importancia de la esfera pública de las anteriores entregas cobra aquí una fuerza y relevancia cruciales), pero la leyenda sigue más viva que nunca, haciéndose inmortal a través de la muerte. Y al mismo tiempo, lo que transciende el cuerpo hacia la esfera privada, ese Bruce Wayne que siempre ha habido dentro de Batman, puede disfrutar por fin como hombre de su vida terrenal tras haberse despojado de la sombra de lo sobrenatural, del héroe (convertido y perpetuado ya en mito), tal como siempre quiso para él su querido compañero, instructor, sabia voz consejera y amigo del alma, un Alfred que, esta vez sí, cobra el reconocimiento que se merece y se erige en una novedosa instancia de la figura mítica del mentor, a un nivel más íntimo y cercano que otros célebres padrinos heroicos como Obi-Wan Kenobi o Gandalf. Para mayor guinda, la escena de esta conclusión recuerda, de manera nada inocente, a esas secuencias supuestamente oníricas con las que Nolan tanto nos hizo dudar en Origen. La suerte es que aquí, el onirismo ha quedado en la voz pública, en forma de leyenda, y ese pasaje íntimo es la realidad que queda fuera de todo registro oficial, sin nadie que pueda molestar.

Nolan vuelve a recurrir a la dualidad, en sentido amplio, como base de su discurso. Memoria contra invención inconsciente (Memento), ilusión contra realidad (en primera instancia El truco final y en última Origen), y ahora, cuerpo contra leyenda. Pero esta vez, y como novedad rompedora y evolutiva, esa dualidad, más que una oposición se convierte en una secuencia lógica y sucesiva: la construcción de algo tan abstracto como el mito, la leyenda, emana del trabajo y la madurez de una realidad concreta y física como el cuerpo, manantial de debilidad contra el que, a veces, la grandeza de la leyenda no tiene nada que hacer. Por supuesto, no se trata de una trayectoria lineal y limpia, sino de un verdadera y calculado vaivén, que en esta tercera entrega, compendio de todos los rasgos, pilares, virtudes (¿y defectos?) de la saga, adquiere su máxima expresión, volviendo a esos orígenes de Begins, a ese lugar físico y corpóreo pero lleno de significación que son las montañas que dan refugio a la Liga de las Sombras y sus severos métodos de entrenamiento físico y espiritual. El lugar donde se gestó el cuerpo que acabó convirtiéndose en leyenda, y a donde vuelve tras la decadencia de ambos para acometer la más decisiva de las batallas. Un cuerpo que, como ya hemos dicho, debe desaparecer, o al menos su sombra en el mundo público, para poder perpetuar la leyenda y hacerla, nunca mejor dicho, inmortal.

Una significación sobre el carácter iniciático del cuerpo que opera asimismo a un nivel mucho más simple (y omisible, a grandes rasgos, para el núcleo semántico de la película y la saga) en forma de inesperado gag, ese un batallón de policías corriendo en estampida, cual batalla bárbara, hacia sus enemigos de turno, el cual, lejos de las acusaciones de ridiculez o impertinencia que muchas voces han vertido, contiene una interesante reflexión: en plena explosión y esplendor de la tecnología, no hay arma a veces más cortante que el propio cuerpo, y lo que es más, la suma de muchos. Puede que las auténticas intenciones narrativas del autor se sitúen más cerca de una comprensible y eficaz vis cómica en medio de una aureola reflexiva con aires de tragedia, pero con un fondo que no conviene obviar.

Por último, esta dualidad baja de complejidad en niveles semánticos secundarios, pero de mayor calado psicológico y sociológico, a una realización más clásica, y por tanto, manida, como es la sempiterna dicotomía entre el bien y el mal, y la ambigüedad de ésta resultante, en varias formas. Desde la auténtica incertidumbre a la hora de determinar la verdadera cabeza (si es que realmente hay una) de los “malos de la película” a las falsas fachadas de la política (el manipulado legado de Harvey Dent cual “hombre que mató a Liberty Valance”) y las dudosas buenas prácticas de las fuerzas de seguridad del poder público (grandiosos Gary Oldman y un Joseph Gordon-Levitt en plena ascensión), pasando por el punto de inflexión en el retrato de Bane (de carismático villano sin escrúpulos de ningún tipo a casi-antihéroe trágico-romántico) o el aspecto a la postre más controvertido de la película, que ha traspasado las fronteras del debate cinematográfico, artístico y cultural para convertirse en materia de una discusión de mayor calado.

Se trata, cómo no, de esa revisión, ese retazo escéptico de las verdaderas intenciones (y cerebros) detrás de los enérgicos movimientos de contestación populares, lo cual fue valorado por un importante sector crítico como una respuesta reaccionaria a fenómenos contemporáneas como Occupy Wall Street o su raíz, de sello nacional, el 15-M. Una lectura, cuando menos, sensacionalista, amarillista y conspiranoica, que no debe ser vista más allá de una cara más en este gran espectro de dualidades que contempla, como debe, los peligros del seguimiento ciego e incondicional de personalidades y movimientos bajo estandartes de justicia y renovación, pues pueden, por el contrario, convertirse en falsas banderas, en armas propagandísticas al servicio de los fines más innobles.

Todo esto, y mucho más, a lo largo de casi tres horas de puro espectáculo de altos vuelos capaz de tener atento hasta al espectador más hiperactivo, capaz de encandilar tanto a los que sólo procuran un entretenimiento evasivo como a aquellos que, en múltiples niveles, buscamos algo más que eso en una sala de cine. Y al mismo tiempo, redefiniendo uno de los superhéroes de cómic más populares y el dignificando de una vez por todas el (sub)género de superhéroes, como cine serio y de calidad cuando el talento adecuado está detrás. Señores y señoras, saludemos sin miedo al nuevo Rey del Cine Mainstream.

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