PROPOSICIONES DE AÑO NUEVO: (ALGUNOS) VICIOS COMUNES DE LA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA

El 2012 ha arrancado oficialmente. Por costumbre, personal o mediáticamente inducida, el que más y el que menos pensamos en lo que nos depararán estos próximos doce meses, habitualmente con más esperanza que escepticismo, y es práctica común el marcarse unos retos, unos desafíos, unos propósitos que alcanzar, normalmente centrados en la propia persona, en la mejoría del todo o de alguna característica, física, moral o social, interior o exterior. Como blogger, crítico y analista audiovisual, a título personal, también me encuentro en periodo de reflexión, con la diferencia de que esta se está realizando además, y mayormente, hacia el pasado, hacia atrás. Y no me refiero a un lapso de tiempo concreto, sino al bagaje acumulado, la mochila metodológica que acompaña a la práctica de esta profesión, para los más afortunados, y pasión, para todos, incluso los más rematadamente trolls.

A modo de compartir esta introspección con el exterior, he decidido detectar y clasificar algunos de los vicios, clichés y manías más comunes del ejercicio de la crítica cinematográfica, que se pueden aplicar, por extensión, a todo el espectro de las manifestaciones artísticas y culturales. Desvíos (no les llamemos defectos todavía), que, me guste o no, encuentro en mi trayectoria, en mi continua práctica, y que tantas veces cometo de manera consciente, y que identifico asimismo en todos los autores a los que leo con mayor o menor asiduidad, y que por tanto me inducen, en ambos hemisferios del cerebro, a adoptar estos desvíos o incrementar aquellos que ya están fijados a fuego (me gustaría afirmar la reciprocidad de este hecho con la misma valentía).

No se trata de mirarse el ombligo, ni mucho menos estamos ante un mea culpa, pues probablemente sean gajes, más o menos tolerables, de este ejercicio, antes que defectos propiamente dichos. Por tanto, no se mire en absoluto como un llamamiento a la redención colectiva del sector crítico y el acto mismo de la crítica, sino como un afirmación, con toda seguridad, de que sabemos perfectamente lo que hacemos y cómo lo hacemos en todo momento.

1. Repetición de términos. En el nivel más inmediato, el lingüístico, muchos detectaréis ciertos términos, especialmente adjetivos, que nos responden para nada a una naturaleza técnica, y que si bien resuelven a la perfección muchas expresiones de conceptos e ideas en numerosas ocasiones, la acentuada reiteración en su uso, su conversión en comodines, en cajones de sastre, llega a provocar su vaciado de significado y, por tanto, la gratuidad de sus inserciones cuando se llega al abuso. Os puedo decir “solvente”, “pretencioso”, “manido”, “recurrente”, “fallido”, “obvio”, “lugares comunes”… y así un eterno etcétera.

2. Medición de expectativas. Ya en el nivel más conceptual, de planteamiento, y lo que es peor, ya en el anterior y básico acto de visionado (en perjuicio de nuestro propio disfrute como espectadores), algo que nos mata, y así se nos achaca y hasta lo reconocemos, es el afrontamiento y medición de las expectativas, del dichoso hype de marras, que nos puede llegar a nublar la vista de tal manera que no seamos capaces de ver más allá de estas ideas preconcebidas y extraer efectivamente lo mejor de la obra en cuestión, lo poco o mucho que esta tenga que aportar a la historia del cine o a la sociedad, que realmente es lo que deberíamos tener siempre en mente. Y estas preconcepciones, estos listones, se generan, en cada caso o simultáneamente, en torno a todos los niveles: ya sea la presencia de un determinado director, guionista o actor, la propia naturaleza de la película o de su temática y, por supuesto, la expectación que esta haya alimentado por acción o por omisión. A modo de muestro, la notable decepción, en estos términos explicada, que me causó la última película hasta la fecha del siempre controvertido Quentin Tarantino, Malditos bastardos.

3. Enfoque analítico testarudo. Esto no es más que el complemento y efecto de la anterior. Esas expectativas, incluso aquellas últimas, que nos dejan los primeros compases de cada película, marcarán inevitablemente la dirección del visionado, interpretación y (si procede) futuro análisis. El problema viene a la hora de corregir esa dirección cuando se descubre incorrecta, diferente, que muchas veces redunda en el fenómeno opuesto: analizar una obra en base a una premisa, a un concepto, que realmente no les corresponde, y por tanto, siendo este análisis de signo negativo, en vez de admitir la equivocación en cuanto al núcleo, la naturaleza auténtica de la obra, que sí nos daría como resultante una visión positiva. Como ejemplo de más calado, por su formato seriado y en construcción continuada, el del procedimental policíaco Person of interest.

4. La búsqueda incesante de la constante. Lo que nos aparta de un análisis centrado en la obra como pieza independiente en aras del encuadramiento de esta dentro de una serie, un recorrido, de un movimiento, de trilogías no declaradas, de “grandes discursos” creados, exteriormente (por críticos, teóricos e historiadores, por quién sino), entorno a la trayectoria de un director, a la tradición de un género, a la pertenencia a escuelas y corrientes, oficiales u oficiosas, al bagaje de una determinada temática… buscando siempre esas “constantes” que lleven cada obra a la pertenencia a una serie más amplia, en vez de centrarse en resaltar sus valores más únicos. Así pues, los análisis se apoyan primordialmente en comparativas de películas con rasgos definitorios comunes, e igualmente ocurre cuando el examen se lleva al nivel del autor (concepto ya condenadamente difuso de por sí) y su filmografía. Vale que no es posible estudio sin comparación, sin tradición anterior, pero hasta cierto punto. Y esto queda perfectamente ilustrado en sendas críticas de “comedias referenciales de escuela británica” estrenadas el pasado año, como Paul y Attack the block.

5. Aspiraciones proféticas. Consecuencia y derivación de la anterior. Consiste en la tenacidad e insistencia sobrehumana en acuñar e inventar etiquetas y comodines sobre tendencias, géneros, personajes-estereotipo y demás recursos u operaciones narrativas, formales y estéticas, y pretender insertarlas (y lo que es peor, seguirlas aquellos que no las han inventado) a toda costa y en todo momento aún cuando sus distinciones no son en absoluto pertinentes. Como si fuésemos a vivir de los royalties que estas produjesen. ¿Cuántos Nuevos Cines “surgen” cada año? ¿Cuántas veces habéis escuchado ya, hasta la saciedad, la reciente manic pixie dream girl en infinidad de textos? ¿Y el infinito espectro de películas que caen en el cajón del neo noir (o neo colossal, de cosecha propia)?

6. La parte devora al todo. Uno de los más curiosos y, para qué negarlo, interesante en ciertos casos. Ya sea con objetivo destructivo, profético-apostólico, o lo que es más común, como la vía más asequible para rellenar una carilla, los críticos centramos, no pocas veces, la reseña de una obra (o incluso de una completa filmografía, si nos ponemos) en uno de sus componentes o elementos constitutivos, ya sean planos, secuencias, personajes, rasgos técnicos e incluso detalles eminentemente insignificantes, de manera que estos eclipsen al resto de componentes y cualidades e incluso al conjunto en sí. Y por mucho que resulte curioso e incluso interesante (y en ocasiones, también constructivo), no se debe tomar por norma cuando el objetivo consiste en examinar o reseñar obras o grupos de obras. Como ejemplo a la positiva (y a la extremista), mi propia visión de Capitán Abu Raed enfocada, por encima de todo, en el parecido físico e indumentario de su protagonista con el Emil Jannings de El último de Murnau. (sombrero). El anverso descalificativo (en general), la repetida tendencia de multitud de críticos de dejar de lado todas las virtudes de La red social de Fincher y obcecarse en denunciar (o elucubrar) la acentuada desconexión formal, con respecto al todo, de la secuencia de la regata.

7. Clichés y comodines para justificar lo injustificable. Cerramos el círculo volviendo a los usos del lenguaje, esta vez de índole más específica y con términos creados, pasando por la invención y reiteración de etiquetas del punto 5, de las que nos servimos más de la cuenta para tratar de redimir, en la medida de lo posible, una obra o recurso empleado que no se sostiene de ninguna manera y en el que creemos con venda de ciego. Quien dice “homenaje” para evitar decir plagio. Quien apela al McGuffin hitchcockiano para salvar un relato que se ha desarrollado sin pies ni cabeza o mediante trampas. Quien esconde el ridículo y la vergüenza ajena bajo la sombra del árbol de la autoparodia. Revisad sino toda la ola de pueriles e integristas defensas y coartadas para la insultante resolución de la serie Lost, o lo mucho que algunos comentaristas defienden al descabellado Lars von Trier en una reseña de Anticristo que lo pone de verano. Pero bueno, el objetivo original de todo esto no era más que la reflexión sobre uno mismo y su ejercicio como crítico, así que añado el “pastiche-tributo” de J.J. Abrams a Spielberg en Super 8, un “testamento fílmico” y “toma de alternativa” en toda regla.

Estos son sólo algunos de los miles que resultarían si se estudiase este fenómeno con una mayor minuciosidad. Pero me reitero, por mucho que suene a cínico tras la que he soltado: es completamente positivo y constructivo tener estos “lugares comunes” en mente, acotados y clasificados, para poder bien pulirlos, bien sacarlos a la palestra cuando (creamos que) hace falta, pero se trata de desvíos naturales de esta ¿sana?, apasionante y ¿honorable? práctica, profesional o amateur. O al menos prefiero creerlo así para dormir tranquilo por las noches.

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