CINE MUDO PARA LAS MASAS – ‘THE ARTIST’, de Michel Hazanavicius

THE ARTIST (2001) de Michel Hazanavicius

Por Pablo Giraldo

Parece que sólo existan dos maneras de reaccionar ante un hype como el generado por The artist: o te entregas sin concesión a la más absoluta de las fascinaciones o arqueas la ceja hasta límites anatómicamente imposibles por el anacronismo que te supone a ti, espectador moderno, ver una película muda y en blanco y negro en tiempos del 3D. ¿Cómo hay que tomarse entonces este arriesgado ejercicio de estilo que rescata los códigos del cine silente? Pues como un fenómeno aislado, el mayor contrapunto que ha visitado la cartelera en años y que supone una exclusiva experiencia cinematográfica por la que debería pasar todo cinéfilo de pro.

Y eso que la historia de la arquetípica pareja que la protagoniza no tiene nada especialmente novedoso. Al revés, funciona exclusivamente como un guiño anecdótico a esos romances vodevilescos del cine clásico en los que convivían en armonía alta comedia, tragedia y seducción. Pero aplicar el adjetivo de novedoso a una película cuyo mayor acierto reside en revitalizar y jugar con los códigos más ancestrales del lenguaje cinematográfico no es precisamente lo más adecuado. Si atendemos a lo que nos cuenta, poco hay aquí que no hayan explorado otras películas como El crepúsculo de los dioses, Cantando bajo la lluvia o Ha nacido una estrella, pero The artist no pretende enmendar la plana a estas obras catedralicias sobre los entresijos de Hollywood, sino rendirles tributo desde la más absoluta admiración, probablemente la misma que le profesa el espectador.

Él (Jean Dujardin) es un galán del cine mudo a quien le sobran el éxito y el dinero, pero todo eso cambia radicalmente cuando irrumpe el cine sonoro y el nuevo star system le aparca de la profesión, ávido como está de nuevas estrellas a las que aupar. Ella (Bérénice Bejo) es una de esas prometedoras actrices cuya meteórica carrera comienza a despuntar al mismo ritmo con que se precipita la del cada vez más olvidado galán. Los caminos de ambos terminarán por juntarse, así que atar cabos y predecir lo que sucederá al final no es la parte más atractiva del filme. Habrá quien vea en su extrema sencillez argumental una efectiva manera de ganarse al espectador más facilón –festival que visita, festival en el que suele llevarse el premio del público–, pero las retinas más exigentes tienen otras cosas con las que deleitarse. Si saben perdonar lo previsible de su desenlace, les queda todo un juego metacinematográfico.

Si atendemos al cómo lo cuenta, la cosa cambia. Hazanavicius tiene una habilidad especial para reinterpretar con envidiable ojo contemporáneo todo lo que el cine mudo dio de sí, desde la hipergestualidad de sus intérpretes al slapstick, pasando por el acertado empleo de la banda sonora y el montaje o el ajustado uso de intertítulos. Y todo sin que se le vaya el pulso en ningún momento, gracias a una dirección que mantiene la atención del espectador en todo momento y al trabajo de unos actores que, inevitablemente, se hacen querer. Su ejemplar puesta en escena, la fotografía de Guillaume Schiffman y el elenco que rescata algunos de los rostros más conocidos de los setenta, la convierten en una oda de amor al cine más tradicional justo en un momento en el que muchos creen que estaría ofreciendo su canto del cisne.

Caben más lecturas, nada elaboradas, sobre lo que supone el estreno de una película como esta. Mientras gran parte de la azorada industria se afana por buscar nuevas vías de explotación del negocio con remakes innecesarios, flojas adaptaciones, 3D en ocasiones muy por debajo de las expectativas o técnicas que aún no son ni mucho menos tan perfectas como nos venden –eso va por ti, capture motion– que venga un semidesconocido francés de apellido impronunciable a señalarnos sin palabras y en blanco y negro que el encanto, la magia y el romanticismo del cine residen en un refugio a prueba de bombas como este, es un acto de justicia poética. Así las cosas, no por muda –este adjetivo acepta matices aquí– y en blanco y negro, The artist está condenada a las minorías. Al contrario, ¿será esta la primera en su especie en convertirse en un objeto mainstream? Por lo pronto, cuenta con una capacidad cautivadora de “agradar a todo el mundo” similar a la de Amélie o Los chicos del coro, por citar un par de títulos de la misma nacionalidad. Si es así, sería como llegar a ese estado ideal en el que tu sobrino comprende que no por ver Crepúsculo hay que dejar de ver Nosferatu.

Ficha técnica

 

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