LAS MEJORES CABECERAS DE LAS NUEVAS SERIES

Con el western Hell on wheels (AMC) y el nuevo cuelgue de Ricky Gervais Life’s too short (BBC-HBO), de los que os hablaremos pronto, ya aterrizados, podemos ya dar por concluida la época de estrenos de otoño de la televisión anglosajona. Aún queda por llegar antes de final de año Luck, ambicioso y prometedor drama “hípico” de la HBO, creado por David Milch (Deadwood), producida por Michael Mann, que también dirigirá el episodio piloto, y un reparto encabezado por Dustin Hoffman y Nick Nolte: casi nada. Se estrenará el domingo 11 de diciembre, fecha más que atípica de lanzamientos catódicos, coincidiendo con el inicio del parón navideño y con la mayoría de los ojos teléfilos puestos en la midseason. Considerada esta excepción, es momento de recapitular y analizar lo que ha sido esta nueva hornada en cuanto a aquello más unívoco, inmediato y definitorio de cualquier serie: su cabecera.

Como seña perenne de su identidad e identificación, pese a no existir una normativa infalible al respecto (como suele ocurrir casi siempre que se trata de manifestaciones creativas), a cualquier cabecera se le piden principios básicos de estilo, carácter y personalidad, no tanto propios (que también) sino como manifiesto unitario, sintético y muchas veces fugaz de esas mismas características en la serie a la que introduce y de la que debe sugerir, en generalmente muy poco tiempo, y en medidas variables, la naturaleza de todos sus componentes: concepto argumental, planteamiento narrativo y trasfondo significativo. Algo que rara vez se puede cumplir en su totalidad porque difícilmente la serie en cuestión da para tanto, por lo menos a nivel inmediato, de cara a un espectador genérico. Por tanto, todas estas exigencias se pueden compendiar en un único objetivo: introducir a la audiencia en el universo ficticio de una serie en cuanto la cabecera se desvanezca. Algo que cumplió a la perfección, durante más de un centenar de episodios, la escueta y sencillísima introducción de Perdidos.

Eso sí, la excelencia de la ficción televisiva en la última década nos ha demostrado que las cabeceras pueden convertirse en un auténticas obras de arte en sí mismas, llegando a crear su propio microcosmos, a veces incluso jeroglífico, relacionado con la serie y cumpliendo las funciones mencionadas pero con mucha vida propia, de lo cual constituye un inmejorable ejemplo los títulos iniciales de True blood, cumbres del “género”. En este punto, las series del cable juegan con ventaja, al disponer de más tiempo (por mayor duración de los episodios) para desarrollar un concepto audiovisual con entidad propia (hablamos de piezas de hasta un minuto y medio). Aunque al mismo tiempo, cada nueva serie que se lanza en HBO, Showtime, AMC y demás se encuentran con un listón de calidad cada vez más alto, debido a la ingente cantidad de estas maravillas de corta duración que nos sorprenden año tras año. De hecho, cuatro de las cinco elegidas juegan en esa liga. Vamos ya entonces con la selección.

5. Allen Gregory

La única resistente de las generalistas en el terreno vedado del cable. Cierto es que las series de animación también se prestan, por sus propias características, a introducciones más creativas. Esta nueva sitcom animada de la Fox, a la par que rara avis en la oferta animada, se abre con un claro homenaje-influencia de Saul Bass, el diseñador de títulos por excelencia, acompañada de una pieza musical con cierto toque melancólico, como el propio personaje protagonista del título.

4. Boss

Tipografía y rótulos sobreimpresionados de aspecto, digamos, poco profesional, que funcionan como perfecto contraste a la elegancia y la sofisticación de las altas esferas que inicialmente se espera que se aplique a absolutamente todos los componentes de la serie. Al igual que esas altas capas del poder y el dinero se alternan en las imágenes con los fondos más bajos y los movimientos sociales de ese escenario único y acotado que es Chicago. Todo ello bajo el Satan, your kingdom must come down de Robert Plant, perfecto sarcasmo de una serie centrada en la vida de un político en su momento más delicado. Patente declaración de intenciones de un relato al que algunos ya se han atrevido a comparar (en marco y concepto, no en logros) con la mayúscula The wire. Unas comparaciones nada inocentes ni casuales, desde luego.

3. Homeland

En la misma división compositiva que True blood pero con un mayor desafío, dada la mayor complejidad de su argumento y la seriedad de su acercamiento, y definitivamente con un miras mucho más altas. La que probablemente esté siendo la mejor serie de estreno demuestra su ambición con unos créditos que coquetean con las formas del cine-ensayo: todo un torrente de elementos visuales, gráficos y sonoros, con imágenes y sobreimpresiones que van desde la infancia de la propia Claire Danes hasta episodios de la historia norteamericana, más remota o más reciente (y no necesariamente relacionados con la temática de espionaje internacional que impera en la serie), pasando por varios símbolos misteriosos, de esos que enseguida nos instan a buscarlos en algún momento y marcar con rotulador su aparición. Una pieza muy fronteriza y con mucha posibilidad de análisis que bien podría pasar por un fragmento de las Histoire(s) du cinéma de Godard.

2. Hell on wheels

Después de la parrafada de alabanzas que he escrito acerca de la cabecera de Homeland, os preguntaréis porque está en el tercer lugar y no en el primero. Pues por una sencilla razón: si bien Homeland es insuperable como pieza con vida propia y cuenta con un trasfondo muy amplio, que puede ir al margen de la serie, no debemos olvidar que las cabeceras, por mucho que nos gusten su acabado y creatividad, están, repito, para servir una función: sugerir un concepto unitario y sintético y introducir al espectador en el ambiente de la serie, cosas que cumplen mejor las dos primeras de esta lista sin que por ello abandonen ese factor de inventiva e innovación. Este western, que pretende cubrir el vacío de Deadwood, logra en la mitad de tiempo que las demás todos estos objetivos, nos transporta enseguida a un momento espacio-temporal concreto, por muy edulcorado que lo presenten, y se apoya decididamente en metáforas visuales que además se relacionan directamente relacionadas con su título. Si la AMC se mereció un notable con la de The walking dead, en una línea similar, aquí se llevan el sobresaliente sin discusión.


1. American horror story

Si no supiésemos de qué se trataba, creeríamos estar delante de un especial de Cuarto Milenio. Un mejunje caótico de imágenes muy confusas y poco clarividentes, ya en el nivel más superficial, obedece a un montaje que sirve más, aparentemente, a un principio de movimiento, direccional, más que conceptual. Y en cambio, esta cabecera funciona como la que más. Imágenes, música y efectos de difícil identificación lograr inyectar esa atmósfera inquietante, constante de la serie, desde su primer visionado, y lo que es mejor, logra mantenerlo pese a sus sucesivas repeticiones. No hay terror que funcione mejor que aquel que se manifiesta de manera latente pero oculta en todo momento su auténtica naturaleza y forma. Mención aparte para una atrevida y radical tipografía, que sirve al propósito y encima se convierte en un símbolo aparte de la serie.


P.D.: la grandeza Internet nos permitió descubrir que a veces los fans no sólo aman, sino que miman y entienden una serie (o cualquier otra obra, por extensión) mejor que sus propios creadores. De nuevo, unos títulos de crédito fan made superan por amplia goleada al original. Este año le ha tocado a la controvertida Ringer. No sé a qué esperan las cadenas para contratar a estos genios anónimos.

(y ahora mirad la original; cambia la cosa, ¿no?)

 

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