EL CASO DE SUS VIDAS – BORED TO DEATH

BORED TO DEATH – 3ª TEMPORADA

Pues nos hemos vuelto a despedir de Bored to death hasta el año que viene, qué corta se hacen las temporadas, ¿no? Si no fuese por su carácter rotundamente neoyorquino, pasaría perfectamente por británica, a cuyo modelo de producción/emisión de temporadas (entre seis y ocho capítulos y sin parones) se parece más que al del cable estadounidense. Y ahora bien, ¿han sido capaces de mantener, por tercer año consecutivo, su lograda y peculiar propuesta de comedia procedimental, neurótica, picante y referencial, parodia de los relatos detectivescos en una metrópolis muy funcional y significativa? Sí, pero no con la misma intensidad, lo que no debe de valorarse como un aspecto negativo y decadente, sino como una constatación de que los protagonistas tienen vida propia y que la serie debe evolucionar con ellos, y mostrar de manera más descarnada y céntrica sus conflictos internos dentro del tono distendido y humorístico.

Para empezar, el mundo editorial, de la industria al mismo ejercicio de la creación, elemento constante hasta ahora de la serie, desde su misma cabecera, se ha hecho a un lado: George abandona finalmente la revista para abrir un restaurante de delicatessen locales, mientras que Ray y, por fin, Jonathan, van teniendo éxito con sus nuevas publicaciones. Y aquí radica el gran giro, el gran cambio en el planteamiento de la serie: finiquitada la larga crisis creativa del personaje central, la necesidad que este tenía vivir intrincadas aventuras como fuente de inspiración, su actividad detectivesca se convierte ahora en una mera inercia, una rutina, como expresa la instalación de su nueva oficina. El interés investigador sólo podría reactivarse de una manera, y esa no es otra que convirtiéndose en el centro de sus propios casos, de ser su propio cliente, con algo tan fundamental como es la búsqueda del padre biológico.

Así, el componente procedimental prácticamente desaparece, volviendo a escena sólo de manera transversal y, por tanto, instrumental. Algo que ya dejó de ser tan estructuralmente determinante a lo largo del segundo volumen. Como ya se adelantó en el análisis del regreso, los casos episódicos dejan paso al gran caso de la temporada, con el propio Jonathan de protagonista, y no sólo agente, salvo aquel complot que ocupó los dos primeros capítulos de este año, a modo de gran despedida del modelo. Quedando resuelto, el enigma de la paternidad, lo único que enturbiaba su mente durante esta tercera hornada, y solventada, en la elipsis de entre temporadas, su crisis creativa y su renovado éxito editorial, reforzado, como no podía ser de otra manera, por su confesión televisiva, al más puro estilo Oprah, de su búsqueda personal, durante una entrevista meramente temática (no se le da nada mal el márketing al hombre), sale a relucir la siempre controvertida y peliaguda cuestión, en cualquier season finale, de qué nos depara al futuro, ante la poderosa sombra del agotamiento que sobrevuela cualquier serie, especialmente las que han pasado por una marcada evolución.

La respuesta la encontramos en el mismísimo piloto, en aquella otra cuestión, complementaria y de igual peso, que llevó al Jonathan Ames ficticio a emprender esta loca avetura freelance que da origen a la serie. Exactamente, la dimensión sentimental, componente en igual cantidad de su crisis existencial inicial y en vilo desde entonces. Los dos últimos episodios de este año nos entregan una parte de la posible solución, la más importante: la chica. Pero queda otro gran elemento, seguramente central el año que viene: el secreto entre ambos (paradójicamente, también motivo de su encuentro) que de seguro pondría este incipiente y feliz relación en peligro. Esto confirma el giro definitivo de la serie hacia el culebrón, que los casos detectivescos particulares, a un nivel secundario, se encargarán de poner patas para arriba, y lo que es más importante, siempre con la comedia catastrófica deslenguada por bandera.

En un punto similar nos dejan a los otros dos componentes del trío calavera, también con trayectorias de sufrimiento, en mayor o menor medida, y ambos lidiando, a su particular manera, con el tema de la paternidad. El centro de la trama de George ha sido su hija, con la que ha hecho las paces no sin dificultades, y cuyo casamiento con un hombre de su quinta le ha hecho reflexionar sobre su propio tren de vida, en cuanto a lo sentimental (ya no sólo sexual) se refiere, llegando a la determinación de abandonar su promiscuidad y emprender, de nuevo (si es que alguna vez lo hizo), la senda de la monogamia. Mientras tanto, Ray, instancia opuesta a Jonathan en cuanto a lo que paternidad probeta se refiere, queda más descarrilado que nunca tras su enésima ruptura con Leah, y más intrincada que nunca, efecto y causa de sus aventuras con una septuagenaria. Su lado positivo ha sido su elevada autoestima como creador, al descubrir todo un ejército de fans a su disposición, precisamente el año en que se confirma como el escudero más fiel que pueda existir, por muy torpe y heterodoxo que sea en sus acciones. Todo pinta que las trayectorias de ambos tomarán los derroteros del conflicto sentimental, lo que en ambos casos puede llevar a un desbandado desenfreno sexual.

Lo que está claro es que los tres tendrán que dejar de inventar y experimentar historias y tomar las riendas de sus vidas, maltrechas la que más y la que menos. A algunos les parecerá una decepción, un camino al convencionalismo, pero simplemente es la continuación lógica y natural de este microcosmos lleno de referencias y ficciones internas. Seamos sinceros: si seguimos viendo una comedia de hornadas tan breves y con un humor tan particular no será únicamente por las risas puntuales, que tan poco duran, sino porque nos hemos llegado a identificar, o cuando menos, a empatizar, con un trío de personajes que todos querríamos tener en nuestro grupo de amigos. Pero no los veremos hasta el año que viene.

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