OTOÑO 2011 – Vuelven ‘BORED TO DEATH’ y ‘THE WALKING DEAD’

Estamos ya en la recta final de octubre y la parrilla televisiva aún está en proceso de configuración, tanto en el cable como en las generalistas. En estas últimas, varias series ya han conseguido el encargo de temporada completa, principalmente comedias, como New girl (Fox), 2 broke girls (CBS), Revenge y Suburgatory (ABC), Up all night y Whitney (NBC), y las novedades de la precarias The CW (The secret circle, Hart of Dixie y nuestra querida rareza Ringer), mientras que otras han visto su cabeza cortada a las primeras de cambio, siendo el formato de drama y la cadena del pavo (de mal en peor) los más perjudicados, ya con dos bajas, Free agents y The Playboy Club, como ya comentamos, condenada a muerte desde antes de nacer, pero por diferentes motivos que ese despropósito de relanzamiento de Los Ángeles de Charlie (ABC) o la comedieta How to be a gentleman: sí, la CBS también cancela a palo seco, aunque parezca que todo le funciona de maravilla.

Con todo, quedan todavía un par de estrenos algo sonados (y por supuesto arriesgados) por aterrizar, ambos pertenecientes al género fantástico y con la mitología de los cuentos tradicionales como base constitutiva: Grimm (NBC, viernes 21 de octubre) y Once upon a time (ABC, domingo 23 de octubre). Esta última la podremos ver en primicia en el III Festival de Series organizado por Digital +, que arranca mañana jueves en Madrid, y en el que EnClave de Cine estará presente, por segundo año consecutivo. Mientras tanto, en ese aparente paraíso de la televisión por cable, dos series de naturaleza completamente diferente, consolidadas cada una a su manera, han regresado pisando fuerte, también, cada cual a su modo.

La siempre breve, pero eternamente hilarante y fresca Bored to death arranca su ya tercera temporada mudándose de día, concretamente a la competitiva noche del lunes, donde formará un novedoso bloque de comedia de la HBO con la recién llegada Enlightened, de la que pronto os hablaremos. En la siempre controvertida AMC, The walking dead recoge el testigo de Breaking bad la noche del domingo, tras un verano movidito (como todo últimamente en la cadena) en el que se cayó de la producción el cineasta Frank Darabont, máximo responsable de la serie en su primera temporada; y pese a todo, alcanzando un histórico registro de audiencia, insólito en la televisión por cable. Aparecen juntas en el mismo artículo por mera coincidencia cronológica, no por ningún retruécano o juego de palabras completamente casual.

Bored to death: los personajes toman la delantera

La serie que mejor ironiza sobre los tópicos de la ficción detectivesca, en la clave del mejor humor neurótico basado en Nueva York (sí, léase Woody Allen: las constantes referencias sexuales parecen ya una obsesión enfermiza), vuelve llevando al siguiente nivel esa primacía de los personajes y sus particulares dramas personales (aunque estemos ante una comedia casi desenfrenada) sobre los casos particulares episódicos, una particular fórmula procedimental autoparódica que dominó la primera temporada, y que en la segunda dejó algo de terreno a esas dialécticas internas y recíprocas del peculiar y tronchante trío protagonista. De hecho, esta mutación del concepto global afecta, necesariamente, al desarrollo de la serie, con una noción de la continuidad mucho más patente, hasta el punto de dividir el primero de esos casos concretos entre las dos primeras entregas, recurriendo por primera vez al cliffhanger puro y duro, un recurso definitorio del drama y el thriller televisivo (fondo que se parodia) pero completamente inusual en la comedia (forma y naturaleza que adquiere la serie), marcándose de paso la mayor referencia cinematográfica de la serie hasta el momento, en magnitud y en evidencia.

Nuestros protagonistas sufren importantes cambios en sus trayectorias vitales, tras ese importante proceso de transición personal que fue la segunda temporada, que sirvió, a la par, para reforzar la unidad de este singular trío. Tanto Ray como George afrontarán la problemática de la paternidad, pero bajo ópticas casi opuestas. El último se cuestionará su existencia, su edad, y sobre todo, su actitud ante la vida, al conocer la noticia de que su hija, con la que se reencuentra tras un periodo de distanciamiento, quiere casarse con un hombre mucho mayor que ella, un viejo verde tal cual él mismo. Mientras que para el buenazo de Ray, el conocer a su hijo biológico (fruto de su esperma robado, en la primera temporada, que fecundó a una pareja de lesbianas) y el pasar tiempo con él, le cae como un regalo del cielo, un apetecible reto, que además no hace sino fortalecer su relación de pareja, tras el bache del pasado año, y por supuesto, también en lo que a la vida sexual se refiere.

En cuanto a Jonathan, los guionistas han dado una lección de rendimiento de recursos, al aprovechar esa misma trama del esperma robado y la repentina paternidad de Ray para brindarnos la mayor de las revelaciones: el señor Ames (ficticio) no es hijo biológico de su padre, que se confiesa estéril, sino fruto de una fecundación externa. Un triple salto sexual, neurótico y existencial que termina de definir ese paso de la fórmula episódica a la serial en su mayor esencia, en su tronco: superado ese complot de las dos primeras entregas, los casos de la semana quedarán supeditados, o servirán, de alguna manera, al “caso de la temporada”: el hallazgo de su padre biológico, algo para lo que el detective se muestra del todo mentalizado y dispuesto, y por supuesto, entrenado, tras dos años resolviendo una serie de misterios, cada cual más estrambótico.

Una continuidad y una mayor exploración de los personajes que, por supuesto, no afectará a una comicidad, muy singular pero muy eficaz, que sigue tan patente como el primer día, con una riqueza de recursos que va desde el más puro slapstick hasta los chascarillos y juegos de palabras más rebuscados. Una serie muy centrada hacia el sector masculino (lo que no tiene porqué ser necesariamente negativo), que hasta se marcan sus momentos típicamente “de mujeres” para equilibrar algo la balanza,… ¿o para descompensarla todavía más? Sea lo que sea, el resultado acaba siempre redundando en la risa, como tiene que ser.


The walking dead: con mucho por desatascar

Tras la gran nube de dudas con la que nos dejó la breve primera temporada, pese a una suculenta season finale, AMC ha determinado, quizás por prudencia, quizás buscando una mayor expectación (se avecina cliffhanger mayúsculo), distribuir esta segunda temporada en dos hornadas: una primera de siete episodios, acabando a finales de noviembre, y los seis restantes, en febrero y marzo del próximo año, como antesala al tan demorado regreso de Mad Men. Todavía es un pronto para empezar a valorar la era post-Darabont, pues ha sido precisamente el guión de esta season premiere lo último que nos ha dejado el director de Cadena perpetua. Pese al arrase en audiencia, la serie sigue adoleciendo de los mismos (y graves) defectos de su primera hornada, que se quedó en un versión extendida (y tediosa) de los excelentes episodios de apertura y cierre. Cuando menos se esperaba un arranque decidido del relato, tras esa, digamos, “temporada cero”, una introducción a modo de consuelo, un entremés demasiado abultado para un menú que no termina de llegar.

Porque los problemas constitutivos persisten. La carencia de un buen tejido conjuntivo, de una buena consistencia que una las secuencias puntuales de brillantez en el desarrollo de la intriga y la acción, algo fundamental en la narrativa audiovisual y que aquí destaca por su ausencia, lo que, a su vez, vuelve a esa cargante y entorpecedora sensación de relleno. Pero sobre todo, continúa esa falta aparente de horizonte narrativo, incomprensible en un relato con base literaria, e inadmisible en una narración seriada. La naturaleza post-apocalíptica de la historia ya no sirve como excusa. Parece que el único punto de fuga radique en la continua e imprevisible aparición (ya predecible por reiteración) de hordas de zombis hambrientos, justo cuando se creían extintos, y la tensión latente que alrededor se genera. Nada más, como si de un videojuego del mismo género se tratase. Tampoco sería justo decir que se trate de un mal endémico, y por ende, rasgo inevitable del universo zombi, sino más bien, aquello que ya se sospechaba tras la apurada primera hornada: que el original de Robert Kirkman no es tan adaptable y propicio para un formato de larga duración, como sí lo sería para un largometraje denso o, a lo sumo, una miniserie. Y esta season premiere, ya he dicho, con lances muy logrados, pero con pobre sensación de conjunto y de horizonte serial, no hace más que reforzar esta tesis.

Las pocas tentativas de desatasco, o al menos, las únicas conseguidas, se sitúan en la senda más puramente televisiva, la de los personajes. No tanto por los actuantes en sí, aún excesivamente monolíticos e indefinidos, y para más inri, con un respaldo interpretativo generalmente paupérrimo, sino por el campo de las tensiones sexuales. Lo único a la que la serie se muestra del todo determinada es a ser ficción televisiva en algo más que los cliffhangers (a los que, por supuesto, han vuelto a recurrir), y rescata del abismo al personaje con mayor expectativa de crecer dramáticamente, Andrea, aprovechándola además para reactivar los flujos de tensión sentimental, convirtiéndola en un cuarto vértice que ponga a funcionar de verdad el triángulo amoroso protagonista. Pero este recurso tiene fecha de caducidad, y por supuesto, no podrá sostener la serie sobre sus hombros durante mucho tiempo. Los guionistas deben realizar un examen del terreno y reconfigurar la serie, especialmente de cara a una perspectiva serial y de continuidad. De lo contrario, caerá por su propio peso, y entonces los espectadores comenzarán a darle la espalda, incluso los más acérrimos seguidores del cómic.

 

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  2. […] de ser tan estructuralmente determinante a lo largo del segundo volumen. Como ya se adelantó en el análisis del regreso, los casos episódicos dejan paso al gran caso de la temporada, con el propio Jonathan de […]


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