FRANKIE VALLI – CAN’T TAKE MY EYES OFF YOU / BSO de ‘EL CAZADOR’ (1978) de Michael Cimino

Una canción legendaria como ella sola, quizás conocida en los últimos años más bien como I love you, baby, inicio de su pegadizo estribillo. Un clásico de todos los tiempos, con multitud de versiones posteriores. Y así y todo, una melodía representativa de su momento, de toda una generación, esa que vio truncada sus sueños, mayores o menores, por una guerra que ni provocaron, ni pidieron ni seguramente les importaba un bledo. Porque esa es precisamente la historia de El cazador. No se puede describir como una película bélica en su esencia, sino como un relato de un grupo de amigos, hijos de la inmigración en “el país de las oportunidades”, trabajadores en un pequeño población industrial, en cuyas vidas la guerra de Vietnam adquirió un papel crucial y crítico, y como siempre cuando se trata de una guerra, en el sentido más negativo. Es el paso representativo inmediatamente anterior a Acorralado, la violencia descarnada como fruto de los traumas del campo de batalla y del rechazo social posterior.

Música optimista como regusto melancólico de una generación perdida, maldita, como maldito también fue, a su manera, no la película en sí (gran vencedora de los Oscar de 1979, con cinco galardones, a la par que título indispensable en la historia del cine), sino sus responsables, y sus caras. De sobra conocemos lo alto que han llegado, e incluso siguen llegando, Robert de Niro o Meryl Streep, pero al margen de eso, el “¿qué fue de…?” es bastante infausto. Supone el último papel del malogrado John Cazale, uno de los grandes actores secundarios de la cinematográficamente dorada década de los ’70 (El padrino I y II, La conversación, Tarde de perros), una carrera truncada en su cúspide por un prematuro cáncer. Irónicamente, en este film su personaje tiene un destino mejor que sus roles en La Saga Mafiosa o en el atraco de bancos junto a Al Pacino (¿macabra e involuntariamente premonitorios?).

Por su parte, Michael Cimino se pegó uno de los batacazos más sonados de la historia de Hollywood con su siguiente película, La puerta del cielo, la razón de que una trayectoria tan bien encaminada hacia el Olimpo de los mayores cineastas (esta fue su segunda obra, tras su más que notable ópera prima Un botín de 500.000 dólares) acabase quedando en una gloria efímera continuada por producciones menores y la condena al medio publicitario, barriendo de paso esa famosa tendencia al cine de autor en la producción hollywoodiense, que tan excelentes frutos dejó en la historia del celuloide, en unos ’70 que llegaban a su fin de la peor manera posible, con Toro salvaje como su canto del cisne (y también batacazo en taquilla y reconocimiento académico). La particular idiosincrasia de Christopher Walken como rostro y como intérprete (ya no es cosa de Cimino ni de esta película, ¿o quizás sí?) lo ha tenido siempre relegado, a nivel comercial, a papeles secundarios, muchos de ellos muy aplaudidos, pero al nivel de reparto, al fin y al cabo, mientras que John Savage nunca terminó de dar el gran salto y pervive desde entonces entre la televisión y la producción independiente. Actores malditos, cada uno a su manera.

Al margen de reflexiones siniestras, me quedo con esta secuencia por encima de otras más reconocibles e identificativas, como las famosas escenas jugando a la ruleta rusa, tanto en el campo de batalla como en el sórdido Saigon de la cruda posguerra, al que nuestra protagonista vuelve para rescatar, sin éxito, a su amigo de toda la vida. Porque la amistad no se acaba con las bodas y el inicio de la vida en pareja, sino que ahí es precisamente cuando toma su rumbo más sincero e intenso, precisamente lo que nos muestran en el primer acto del film, y que en esta célebre escena cristaliza y se hace cine, del bueno. Un momento improvisado que define la vida, las relaciones, la felicidad más pura y auténtica, la del instante, y con el que cualquier espectador de cualquier lugar se sentirá fácilmente identificado, porque seguro que cualquiera ha tenido en su vida algún momento como este, no necesariamente con esa canción, jugando al billar y en un bar de ese tipo, pero con el mismo fondo, el mismo significado.

 

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