OTOÑO 2011 – Vuelven ‘CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE’ y ‘GLEE’

Robin y Barney ha abierto la temporada con un sensacional baile, y en nuestra web estaremos bailando mucho, en los próximos días, con todos los estrenos y regresos que inundarán la parrilla televisiva, con mayor o menor éxito, pero al menos, dignas de atención. Comienza a todos los efectos la temporada 2011-12, y aunque la mayoría estaremos sedientos de savia nueva, lo que realmente esperamos con mayor fervor que llevamos más o menos tiempo siguiendo, cuyas season premiere hemos dejado convenientemente marcadas en el siempre apretado calendario de septiembre.

Cómo conocí a vuestra madre arranca su séptima temporada iniciando las cargadita noche del lunes en la CBS, seguida de la novata 2 broke girls, con un piloto más que aceptable y de la que os hablaremos cuando haya madurado un mínimo, y de la renovada Dos hombres y medio, que ha arrasado en audiencia en su regreso, anunciado a bombo y a platillo, con un Ashton Kutcher que malamente intentará reemplazar a un Charlie Sheen, de cuyo personaje, al menos, se han deshecho de manera hilarantemente hábil.

Glee liderará, por tercer año consecutivo, los martes de la Fox, acompañada de dos sitcoms: la prometedora New girl, cuyo piloto es prácticamente la versión extendida de su revelador tráiler, y por ello, esperaremos a analizar cuando haya mostrado bien sus cartas, y Raising Hope, uno de los estrenos más queridos (de los pocos, realmente) de la floja temporada pasada. Inauguramos oficialmente el nuevo año seriéfago con la esperanza de que sea legen… dario.

Cómo conocí a vuestra madre: ahora lo que nos interesa es vuestra tía

Sí que llevamos un buen rato escuchando la larga historia que Ted Mosby le cuenta a sus hijos con la excusa de acabarla con el momento en que conoció a su mujer y, por consiguiente, la madre de los chavales. Porque ese punto futuro en el que la serie se marca su final desde su mismísimo piloto no ha sido desde entonces más que precisamente eso: una excusa, un perfecto y definido McGuffin, para contar las aventuras y desventuras de este grupo de treintañeros sobreviviendo en la selva urbanita neoyorquina. Y hemos llegado un punto en que negarlo resulta ya inadmisible, porque de hecho, por primera vez empezamos una temporada con su propio enigma, su propio punto final en el horizonte, introducido al final de la pasada hornada: ¿quién será finalmente la mujer por la que el tío Barney dejará, hasta que la muerte (o el divorcio) lo separe, su exitosa y legendaria vida de soltero?

En esta séptima (y probablemente penúltima), las quinielas, la atención, los focos no se centrarán ya en el enigma que da título a la serie, sino en la identidad de la afortunada que retirará de la soltería al mayor Casanova catódico (con permiso de Hank Moody y Don Draper), para la cual, afortunadamente, el último volumen nos hizo el gran favor de reducir a dos las opciones. Esta doble entrega, suculenta y deseada pero que acabaremos pagando en forma de parones más largos, nos sostiene ambas alternativas, una en cada episodio, aún sin ninguna lo suficientemente consistente como para dejar de lado a la otra, pero demostrando, en ambos casos, que Barney, al fin y al cabo, es mucho más “Mosby” de lo que parece en un largo principio. Lo más lógico (y pienso que deseado) es que la portadora del vestido blanco y el ramo sea Robin Scherbatsky, que desde finales de la tercera temporada guarda con el rubio la más jugosa tensión sexual de la serie (precisamente por ello los hicieron durar tan poco cuando ambos renunciaron a su orgullo y dejaron la atracción fluír al máximo).

¿Por qué? Porque sólo cerrando la doble pareja dentro del grupo y dejando a Ted como el “elemento extraño” en algún lugar fuera (o dentro) de ese cuadrado de dobles citas (que de seguro se repetirán para que Barney y Robin no tropiecen en la misma piedra), al final de la presente hornada, nuestro protagonista finalmente alcanzará la coyuntura y desarrollará la actitud necesarias para salir de su eterno bucle de amores, desamores, citas y noviazgos fallidos, y así acabar conociendo a la que será su futura esposa (y madre de los hijos más pacientes de la historia) en la octava y en principio última temporada. Barney funcionaba bien con el cuadrado unido (en el segundo volumen, con el arquitecto y la canadiense de pareja), pero Ted no. Pese a su creciente éxito profesional (otrora fuente de angustia y frustración a mayores), él mismo es autoconsciente (como tanto en esta sitcom única e irrepetible) de su redundancia cíclica en el terreno emocional, y más que nada siente la urgencia de salir adelante, máxime cuando Marshall y Lily anuncian la otra sorpresa de la pasada season finale, a la par que sueño permanente de Mosby: la paternidad.

Pero a veces la mejor manera de avanzar hacia el presente es recordar el pasado y atar los cabos pendientes, de ahí el suculento cliffhanger (pocas veces una comedia había hecho un uso tan provechoso de este recurso tradicionalmente reservado al drama y al thriller) en forma de reencuentro casual e inesperado con un personaje bastante especial para Ted en la primera temporada, antes de lanzarse a por todas con la reportera canadiense. Al mismo tiempo, tras un año más que negro, a Marshall la vida le vuelve a sonreír y el karma a funcionar en modo positivo, puesto que, además de la largamente anhelada y ansiada paternidad, parece que por fin ha encontrado el empleo con el que siempre se soñó. Con la estabilidad económica resuelta, la pareja más feliz de la televisión se podrá centrar exclusivamente en el nuevo miembro que viene en camino. La última curva antes de la recta final pinta fabulosa y llena de intensidad y sorpresas. ¿Nos deleitarán por fin con un episodio céntrico de Ranjit?

Glee: nuevas direcciones con el final en el horizonte

Menudo culebrón se ha traído el regreso de la serie musical este verano. Entre el reality paralelo, cuya ganadora, Lindsay Pearce, ha sido recompensada con en el piloto, a modo de premio, la segunda gira de verano y el batacazo en taquilla de la película al respecto (que demuestra que cualquier fenómeno comercial masivo, por grande que sea, tiene un límite), la contratación de un nuevo equipo de guionistas para que Ryan Murphy y Brad Falchuk se puedan dedicar con más calma a la prometedora American horror story, la no renovación de Chord Overstreet (Sam Evans), justo cuando su personaje empezaba a ganar interés más allá de los líos de faldas, la confirmación de la graduación de sus personajes principales al final del presente curso, el peor recibimiento crítico de la segunda hornada con respecto a la primera y la presencia casi testimonial en los pasados Emmy (donde, dentro de lo que cabe, aún salieron bien parados), la season premiere aterrizó llena de dudas.

Dudas que se confirman al constatar que el relato incurre de nuevo en la redundancia cíclica (mucho más que la otra serie que se analiza en esta entrada) que tanto se le ha criticado. La condición de denostados, incomprendidos y outsiders de los chicos del coro y su director se establece como una constante inamovible de la serie, por tantas veces que la hayan superado o hayan estado francamente cerca de ello, una espiral permanente de la que los guionistas no parecen quererse deshacer, seguramente porque no se saben capaces de sobrevivir sin ellas. Ya insistimos en su momento, al finalizar la pasada temporada, que, como tantas cosas, su debilidad acaba siendo en ocasiones su fortaleza, puesto que su perenne irregularidad hace destacar especialmente sus buenos momentos y episodios. En esto recuerda mucho, en planteamiento y desarrollo, a cierta serie de vampiros y tropecientas criaturas sobrenaturales más, que finiquitó su cuarta temporada no hace mucho. Pero ojo, el abuso de esta tendencia puede acabar convirtiéndose en un cáncer que se expanda a toda velocidad matando sin remedio las tantas virtudes que la serie sí tiene pero que no siempre aprovecha como debería.

Pero al mismo tiempo, y esto sí que es una dialéctica permanente, acompaña este estancamiento, esta vuelta a lo mismo pasándose por el forro lo anterior, con una clara trayectoria hacia delante, unas direcciones, no sólo nuevas, como el coro, sino firmes y aparentemente decididas, bastante más marcadas que en la pasada premiere. En primer lugar, parece llegar a su fin ese buenrollismo que Glee destilaba al mismo tiempo que su incorrección política explícita y convencida: otro gran contraste conceptual de este relato, en ocasiones tan inclasificable. Se acaba ese “aquí entra todo el que quiera” en New Directions, por mucho que estén, de nuevo, en inferioridad numérica para los competiciones, y eso que ya tienen las miras puestas en unas nacionales que les toca ganar sí o sí. Al margen de un Blaine que decide pasarse al bando que tanto deseaba, eliminando así las tramas paralelas de otros coros y centrándose de lleno en la agrupación principal, la enésima freak de la fauna del McKinley es la única nueva recluta, pero su talento musical es tan nulo que hasta el bueno de Mr. Schu se ve obligado a aprender a decir no.

Y la cosa no acaba aquí, ni mucho menos. Schuster deciden por fin contraatacar y declarar la guerra sucia a su sempiterna archienemiga, Sue Sylvester, que sí se ha tomado en serio la posibilidad de emprender una carrera política, hacia un escaño en el Congreso, y centra en los programas artísticos de los institutos públicos y su eliminación las líneas de un programa basado en la descalificación y la actitud destructiva, sin ninguna otra promesa edificante. Un nuevo reflejo del circo en que se ha convertido la escena mediática, social y política en “la tierra de los sueños hechos realidad”, y todo el mundo occidental por extensión. Y al margen de este arco, eminentemente cómico e instrumental, hemos presenciado una medida insólita y del todo inesperada: la expulsión de uno de los miembros, Santana, de nuevo animadora y ahora encima líder, por su saboteo interno, promovido por Sue.

Un giro que servirá a la perfección para reforzar y canalizar al personaje revelación del pasado año, en plena batalla interna emocional por el descubrimiento de su condición sexual (al igual que Karofsky, por ahora ausente), y cuya salida del armario debe constituir, sin duda, uno de los eventos capitales de este año. Otra que vuelve al centro del huracán es Quinn, personaje más sufridor y que supuestamente más aprendió el primer año, estancada e incluso involucionando en el segundo, y que ahora se nos presenta radicalmente cambiada, lejos de volver a las animadoras como Santana y Brittany. Una transformación extrema, en la estética y en la actitud, de pleno espíritu de rebeldía y nihilismo, y de momento, renegada del coro. La anunciada reaparición de Shelby Corcoran, madre adoptiva de su hija biológica, dispuesta a que la pequeña Beth la conozca, ayudará al desarrollo de un personaje que siempre ha tenido más jugo del que se le ha sacado.

Mientras tanto, Kurt y Rachel aparecen, como en la season finale, más unidos que nunca, persiguiendo juntos ese sueño común de triunfar en Broadway. Un batacazo en estas aspiraciones, al descubrir que no son las piezas más talentosas ni siquiera a nivel de Ohio, les llevará a emprender sendos proyectos de temporada. Ella, con la producción de un musical escolar más políticamente correcto que no despierte las iras conservadoras: su venerado West Side story, del cual nos brindarán, de seguro, grandes números. Él, con su particular carrera política en el consejo estudiantil, al más puro estilo Election (reconocida por los creadores de la serie como una de sus principales influencias), que nos deparará, de seguro, hilarantes duelos dialécticos con la “candidata Sylvester”. Por su parte, la relación de Will y Emma parece haber llegado por fin a un punto armónico, aunque sin haber llegado todavía la “consumación”,… pobre Schuster, qué mala suerte con las mujeres.

Los nuevos guionistas afrontarán la temporada más difícil de la serie, ya no por toda la presión acumulada de tal bombo inesperado y repentino de un producto inicialmente pensado para una audiencia minoritaria fiel, sino, sobre todo, porque tiene dejar el listón lo más alto posible. El formato seguirá, puesto que, de momento, sigue siendo una gallina de los huevos de oro para su cadena, falta de grandes éxitos en ficción, pero muchas personajes se irán, y con ello, la esencia de la serie. Los personajes tiene que predominar sobre el formato, ya que ellos son, han sido y serán el corazón de la auténtica Glee. Sólo les queda un año para demostrar que esta, la auténtica, no ha sido un fenómeno efímero con la suerte de haber creado una poderosa fiebre mercantil. Y ojo, muchas claves pueden y deben estar en la música.

 

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