MOSTRA DE VENECIA: LA CARA B

EL CINE LEJOS DE LOS FLASHES

Por Nicolás Ruiz

Los ecos mediáticos que genera el festival de Venecia parecen construir una imagen donde el glamour del cine más afincado en la industria se mezcla con el cine de autor más caprichoso y que, a la postre, acaba llevándose los premios. Los nombres dorados sirven de reclamo a portadas, lectores generalistas y telenoticias, interesados en conjugar la llegada de Madonna en lancha con la opinión generalizada sobre su W.E., mientras el grueso de la programación de la Biennale se compone de ese tipo de cine que, de tan transparente, permite pasearte por el Lido junto a sus responsables sin reparar en ello. Es la fórmula que ha funcionado para Marco Müller, director de las últimas ocho ediciones, y con la que ha sobrevivido un festival que navega entre varias aguas en la ciudad de los canales, siempre aferrado a la polémica de apostar por un cine más minoritario cuando su imagen más mediática siempre se asocia a alfombras rojas.

Por ello resulta interesante echar un vistazo a la cara B del festival, a su sección Orizzonti y a los títulos que suponen la anónima punta de lanza de una programación que cuesta ver retratada con justicia en los medios. Si bien cuesta encontrar sorpresas en las propuestas de Clooney, Polanski o Cronenberg, por certeza y contraste resulta altamente sugerente y reconfortante busca cobijo a la sombra de Ben Rivers, Teresa Villaverde, Chantal Akerman, Shinya Tsukamoto o Ruben Östlund, esos autores a los que nos acercamos con hambre, lejos del cumplir el expediente que suponen gran parte de los títulos de la sección oficial, sin obviar el importante peso que a cortos y mediometrajes da el festival.

Y es que si a dos films tan poderosos como Contagion (Steven Soderbergh) o Life without principle (Johnnie To) se les pierde la pista en la marabuntas de quinielas de premios, films como Play (Ruben Östlund) o The invader (Nicolas Provost) pasan por la edición fugazmente como respiros en el devenir en piloto automático que supone cubrir un festival de esta magnitud. Y si la conformista Terraferma (Emanuele Crialese) consigue cierta repercusión gracias al premio del jurado en una (revisitadísima) historia sobre inmigración, su alter ego lo compone el belga Nicolas Provost en The invader, su debut en el largometraje, film que presenta sin concesiones, maniqueísmos ni corrección política la llegada y adaptación de un inmigrante africano a Bruselas, centrando la cámara en Amadou y alejándola de la habitual condescendencia que pulula la temática. Sin embargo, Play, el tercer largo de Ruben Östlund, huye del tratamiento cinematográfico para abordar la temática del confrontamiento racial en sociedades occidentales, optando por planos fijos y largos donde los protagonistas habitan y crean la narrativa dando lugar a un film que constantemente te hace dudar cuánto de guión tiene y cuánto de real o de improvisación, y con ello manipular al espectador lo justo y necesario que exige el cine.

Esos espacios habitados que plantea Östlund tiene ecos de nostalgia en Hollywood talkies (Mia de Ribot & Óscar Pérez), donde las experiencias narradas de los profesionales que desembarcaron en EE.UU. para trabajar en la industria de las versiones hispanas se salpican con retratos de espacios cotidianos completamente deshabitados. La mirada al pasado desvela el vacío del presente en paisajes anónimos con la misma melaconlía con que Ross McElwee aborda su Photographic memory, un paseo por el recuerdo a la búsqueda de entender la actualidad de su hijo. Mientras McElwee observa su envejecido rostro en un espejo, se plantea dónde fue a parar ese joven que una vez fue y del que su ininteligible hijo hereda sus ecos, a la búsqueda de entender la biografía propia para entender la ajena y los lazos que las unen.

Dicha labor se asemeja al proyecto que ha supuesto la reconstrucción del We can´t go home again de Nicholas Ray, el film experimental que el director norteamericano llevó a cabo con sus alumnos. Si bien el proyecto original se erigía como retrato de la juventud y la convulsión social de los setenta, se antoja ahora como una mirada nostálgica marcada por la figura de un director legendario que ejerce como faro a jóvenes tan impetuosos como inexpertos. Así se solapan figurada y literalmente varias capas de lectura en un film marcadamente experimental, donde formatos, texturas y narrativas conviven fuera de toda norma en un compacto bloque tanto conceptual como estético. Y a ese caos controlado se adscribe Monkey Sandwich (Wim Vandekeybus), un alucinado film vertebrado únicamente por un protagonista y su devenir existencial a través de tres capítulos tan inconexos como solapados, y tan excesivos como su protagonista.

Algo similar ocurre con Wilde Salomé, donde Al Pacino opta por convertir en film su periplo por los teatros con la obra de Oscar Wilde, con altas dosis de un ego que le hace poblar casi la totalidad de escenas en un conjunto tan excesivo como atractivo. Con ello, Wilde Salomé se convierte en un viaje desde la inspiración de la obra y figura de Wilde al retrato de un cineasta cegado con suplantar el papel de su musa para acercarlo al espectador a modo de retrato de una obsesión. Y esos mismos precipicios recorre el regreso de Whit Stillman tras más de una década en blanco, coqueteando su Damsels in distress tanto con la genialidad como con el ridículo más absoluto, con un marcado apastelamiento visual de alma completamente cáustica. Y si sus personajes funcionan como arquetipos, similar tratamiento plantea el mediometraje Palacios de pena (Gabriel Abrantes, Daniel Schmidt) donde herencias y disputas recorren el trío compuesto por una terrorífica abuela y sus dos inquietantes nietas, enfrentadas como opuestos ante la inminente muerte de la cabeza de familia y obligadas a mutar por tal de ser la favorita de tan maquiavélica abuela.

Sobre personajes alienados gira también Kotoko (Shinya Tsukamoto), la ganadora del máximo galardón en la sección Orizzonti, con una historia de madre soltera con una fuerte psicopatía que se ve incapaz de salir adelante sola. Y pese a adscribirse al drama, el sello de Tsukamoto lleva el film a un terreno frenético, salvaje, apoyado en un vertiginoso montaje y una nerviosa cámara en mano para llevar la historia a ese terreno ambiguo que siembra tantos films de su filmografía. Por otro lado, Teresa Villaverde sigue en la línea trazada con Os mutantes y Transe para narrar en Cisne una historia de personajes elípticos, condenados a vagar en la periferia de ellos mismo, cohabitando espacios ajenos como una impostada forma de volver a casa. Desde el gusto por los detalles, la mirada íntima y las treguas compone un emotivo film que parece brotar de las heridas de sus crípticos personajes, en un fluir narrativo similar al que consigue Ben Rivers en su Two years at sea, film que sigue a su ermitaño protagonista renunciando por completo al diálogo. Aferrado al plano fijo, cediendo en ocasiones el montaje al azaroso devenir dentro del encuadre y con pinceladas surrealistas el film de Rivers se erige como un bello experimento sobre variaciones y alternativas en una cinta curiosamente pasada en digital al no llegar a tiempo la copia en 35mm.

Valga este repaso como alternativa, como variación al repaso hecho por Gonzalo Suárez en estas mismas páginas, mostrando ese cine que pasa desapercibido en los titulares pero que supone el auténtico corpus de un festival a ratos deslumbrante y a ratos sugerente. Para la crítica especializada los nombres de Villaverde, Sokurov o Akerman son de sobras conocidos, pero si nuestra labor no consigue hacerlos llegar a quienes los desconocen, todo esto no tiene sentido.

 

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