EL AUTÉNTICO REINADO DEL TERROR – ‘LA DOCTRINA DEL SHOCK’, de Michael Winterbottom & Mat Whitecross

LA DOCTRINA DEL SHOCK – The shock doctrine (2009) de Michael Winterbottom & Mat Whitecross

Por primera vez, y sin que sirva de precedente, se puede valorar como positivo el sumo retraso con el que, una vez más, llega a nuestras carteleras un título no demasiado amigo de los circuitos de distribución más convencionales. La extensión audiovisual del revelador y militante ensayo político de Naomi Klein ha aterrizado en nuestro país en el momento más oportuno, en plena gestación de una revolución ciudadana (o “embrión de”, para los más escépticos) que, de hecho, tendría que haber arrancado mucho antes.

De esta manera, se convierte en todo un documento esclarecedor, didáctico y concienciador, cuyo visionado siga regando esa semilla de indignación y descontento que cultivó Stéphane Hessel en un terreno oportunamente preparado por las, por un lado, tiránicas y salvajes políticas económicas y laborales a nivel mundial, de mano de los mercados y la plutocracia cada vez más concentrada, y por el otro, la torpes (o nulas) medidas de choque de un clase política cada vez más incompetente, cobarde, complaciente y corrupta, algo que nos ha tocado especialmente de cerca en la península.

Michael Moore basa su militancia en la sátira y un sensacionalismo tolerable hasta cierto punto. En cambio, Klein, y por extensión, los cineastas, lo fundamentan en un trabajo científico con claro posicionamiento, pero con unas premisas muy sólidas y un desarrollo bastante fluido. Este documental toma la forma de tesis inductiva, que propone el embrión de una teoría de base terrorífica y los ejemplos en que se ha extrapolado a nivel mundial. O lo que es lo mismo, cómo a partir de una mente tan maquiavélica como la del economista Milton Friedman se empieza a tejer una conspiración planetaria para la imposición de un modelo ultraliberal de “libre mercado” basado en la completa desregulación, permisividad empresarial y laissez faire de los gobiernos, en el que se llega hasta a privatizar la guerra, siendo más papistas que el propio Friedman.

Paso por paso, desde la formación académica de los futuras cabezas, en teoría pensantes pero en realidad ejecutantes, tal cual peones autómatas, de crear el ambiente de tensión, desconfianza y finalmente terror para introducir los sistemas políticos, muchas veces totalitarios, previamente designados a dedo para que se conviertan en auténticos satélites de su escenario económico ideal. Desde las dictaduras militares en Chile y Argentina, hasta las invasiones de Afganistán e Irak, pasando por el neoliberalismo salvaje de Reagan y Thatcher o la caída de la URSS, así como el origen tan dubitativo de eventos fundamentales históricamente como la Guerra de las Malvinas o el 11S.

Todo ello fruto, complejamente ramificado y bien transmitido verticalmente, de un pequeño lobby intelectual, académico, económico y finalmente político, capaz de manipular los eventos de la escena política internacional a su antojo, redundando en su propio beneficio. Tal cual hacían, en la ficción, los miembros de un club elitista con conexiones directas en la inteligencia, en la reveladora y (ya sospechosamente) malograda serie Rubicon, cancelada al término de su primera temporada, poco antes de la gran filtración de Wikileaks.

Lo peor es que esto no es ficción, sino la verdadera realidad. Una de esas tantas teorías conspirativas que siempre nos imaginamos de manera muy grandilocuente pero que aquí adquiere forma, nombres, fechas, acciones y hechos. Una realidad que, paradójicamente, se sirve de las armas de la ficción, de la “narrativa”, en palabras de la propia Klein, de la mentira, de farsa creada, o al menos, artificialmente provocada, de las cortinas de humo, de ese gran clima de terror que los marionetistas del sistema pretenden imponer.

Y lo más terrorífico es que esta praxis no se ha quedado en la política y la economía, sino que se detecta asimismo en las prácticas sistemáticas de tortura, en Sudamérica, en Irak, en Guantánamo (conectando con el anterior trabajo combativo de los cineastas), cerrando el círculo y remitiendo directamente a otros espeluznantes experimentos, aplicados ya no a sociedades, sino directamente al individuo, como aquellos que el doctor Cameron aplicaba a sus pacientes en los años ’50, con el que los autores comienzan su relato.

He aquí donde se comprueba otro de los grandes conceptos centrales de la obra, el “qué poco hemos evolucionado desde entonces”. Porque la linealidad y verticalidad de esta conspiración no debe llegar al engaño: esta doctrina y sus resultados se producen de manera permanente y constante. Por suerte, el lapso temporal que separa al texto literario (publicado en 2007) y al fílmico es más que oportuno, suficiente para incluir el efecto más reciente y palpable de este aterrador “experimento” global, que no es otro que la crisis financiera mundial, iniciada en la bolsa estadounidense en 2008 y expandida como el peor de los cánceres al resto de economías conectadas, siendo el caso de nuestro país de los más flagrantes y duraderos.

La ventaja cognitiva diferida que nosotros, espectadores, tenemos en este momento sobre el visionado de este documental, originalmente estrenado en 2009, nos permite un escepticismo todavía mayor, en cuanto a ese halo de esperanza que los autores intuyen con la llegada de Obama, un halo que, lejos de cristalizar, parece más desvanecido que nunca. Afortunadamente, sus conclusiones finales son coherentes con la fuerza del movimiento ciudadano consistente en decir basta, precisamente nacido (o mundialmente popularizado) en nuestro país. Porque el pueblo está ahora mejor informado que nunca y ya sabe por donde tiran, sus escenarios de choque y sus doctrinas de tensión y conmoción ya resultan predecibles, y van dejando huellas más que evidentes. Porque si quisiéramos ficción, ya acudiríamos al cine, que allí no nos hace daño directo.

EL AUTÉNTICO REINADO DEL TERROR – ‘LA DOCTRINA DEL SHOCK’, de Michael Winterbottom y Mat Whitecross

LA DOCTRINA DEL SHOCK / The shock doctrine (2009) de Michael Winterbottom y Mat Whitecross

Por primera vez, y sin que sirva de precedente, se puede valorar como positivo el sumo retraso con el que, una vez más, llega a nuestras carteleras un título no demasiado amigo de los circuitos de distribución más convencionales. La extensión audiovisual del revelador y militante ensayo político de Naomi Klein ha aterrizado en nuestro país en el momento más oportuno, en plena gestación de una revolución ciudadana (o “embrión de”, para los más escépticos) que, de hecho, tendría que haber arrancado mucho antes.

De esta manera, se convierte en todo un documento esclarecedor, didáctico y concienciador, cuyo visionado siga regando esa semilla de indignación y descontento que cultivó Stéphane Hessel en un terreno oportunamente preparado por las, por un lado, tiránicas y salvajes políticas económicas y laborales a nivel mundial, de mano de los mercados y la plutocracia cada vez más concentrada, y por el otro, la torpes (o nulas) medidas de choque de un clase política cada vez más incompetente, cobarde, complaciente y corrupta, algo que nos ha tocado especialmente de cerca en la península.

Michael Moore basa su militancia en la sátira y un sensacionalismo tolerable hasta cierto punto. En cambio, Klein, y por extensión, los cineastas, lo fundamentan en un trabajo científico con claro posicionamiento, pero con unas premisas muy sólidas y un desarrollo bastante fluido. Este documental toma la forma de tesis inductiva, que propone el embrión de una teoría de base terrorífica y los ejemplos en que se ha extrapolado a nivel mundial. O lo que es lo mismo, cómo a partir de una mente tan maquiavélica como la del economista Milton Friedman se empieza a tejer una conspiración planetaria para la imposición de un modelo ultraliberal de “libre mercado” basado en la completa desregulación, permisividad empresarial y laissez faire de los gobiernos, en el que se llega hasta a privatizar la guerra, siendo más papistas que el propio Friedman.

Paso por paso, desde la formación académica de los futuras cabezas, en teoría pensantes pero en realidad ejecutantes, tal cual peones autómatas, de crear el ambiente de tensión, desconfianza y finalmente terror para introducir los sistemas políticos, muchas veces totalitarios, previamente designados a dedo para que se conviertan en auténticos satélites de su escenario económico ideal. Desde las dictaduras militares en Chile y Argentina, hasta las invasiones de Afganistán e Irak, pasando por el neoliberalismo salvaje de Reagan y Thatcher o la caída de la URSS, así como el origen tan dubitativo de eventos fundamentales históricamente como la Guerra de las Malvinas o el 11S.

Todo ello fruto, complejamente ramificado y bien transmitido verticalmente, de un pequeño lobby intelectual, académico, económico y finalmente político, capaz de manipular los eventos de la escena política internacional a su antojo, redundando en su propio beneficio. Tal cual hacían, en la ficción, los miembros de un club elitista con conexiones directas en la inteligencia, en la reveladora y (ya sospechosamente) malograda serie Rubicon, cancelada al término de su primera temporada, poco antes de la gran filtración de Wikileaks.

Lo peor es que esto no es ficción, sino la verdadera realidad. Una de esas tantas teorías conspirativas que siempre nos imaginamos de manera muy grandilocuente pero que aquí adquiere forma, nombres, fechas, acciones y hechos. Una realidad que, paradójicamente, se sirve de las armas de la ficción, de la “narrativa”, en palabras de la propia Klein, de la mentira, de farsa creada, o al menos, artificialmente provocada, de las cortinas de humo, de ese gran clima de terror que los marionetistas del sistema pretenden imponer.

Y lo más terrorífico es que esta praxis no se ha quedado en la política y la economía, sino que se detecta asimismo en las prácticas sistemáticas de tortura, en Sudamérica, en Irak, en Guantánamo (conectando con el anterior trabajo combativo de los cineastas), cerrando el círculo y remitiendo directamente a otros espeluznantes experimentos, aplicados ya no a sociedades, sino directamente al individuo, como aquellos que el doctor Cameron aplicaba a sus pacientes en los años ’50, con el que los autores comienzan su relato.

He aquí donde se comprueba otro de los grandes conceptos centrales de la obra, el “qué poco hemos evolucionado desde entonces”. Porque la linealidad y verticalidad de esta conspiración no debe llegar al engaño: esta doctrina y sus resultados se producen de manera permanente y constante. Por suerte, el lapso temporal que separa al texto literario (publicado en 2007) y al fílmico es más que oportuno, suficiente para incluir el efecto más reciente y palpable de este aterrador “experimento” global, que no es otro que la crisis financiera mundial, iniciada en la bolsa estadounidense en 2008 y expandida como el peor de los cánceres al resto de economías conectadas, siendo el caso de nuestro país de los más flagrantes y duraderos.

La ventaja cognitiva diferida que nosotros, espectadores, tenemos en este momento sobre el visionado de este documental, originalmente estrenado en 2009, nos permite un escepticismo todavía mayor, en cuanto a ese halo de esperanza que los autores intuyen con la llegada de Obama, un halo que, lejos de cristalizar, parece más desvanecido que nunca. Afortunadamente, sus conclusiones finales son coherentes con la fuerza del movimiento ciudadano consistente en decir basta, precisamente nacido (o mundialmente popularizado) en nuestro país. Porque el pueblo está ahora mejor informado que nunca y ya sabe por donde tiran, sus escenarios de choque y sus doctrinas de tensión y conmoción ya resultan predecibles, y van dejando huellas más que evidentes. Porque si quisiéramos ficción, ya acudiríamos al cine.

 

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