UNA FOSA CADA VEZ MÁS PROFUNDA – Vuelve ‘THE EVENT’

THE EVENT (2010-2011), creada por Nick Wauters

Pereza. Mucha pereza me ha dado el ponerme a ver la dupla de episodios, emitidos el pasado domingo, con los que la NBC pretendía rescatar esa nave a la deriva que es The Event, su enésima propuesta fallida para tener un buen contendiente en la arena de los formatos de una hora. Pereza a priori, que se ha incrementado exponencialmente no en el “después”, sino en el durante. Durante el largo parón (el anterior episodio emitido se remonta al pasado 29 de noviembre), los responsables de la serie anunciaron a bombo y platillo una de sus medidas de gracia, una de esas decisiones para levantar un formato que pende de un hilo.

¿En qué consistía tal determinación a la desesperada? Pues en la renuncia a ese montaje espacio-temporal juguetón y fragmentado, puede que confuso y cada vez más gratuito, pero sin duda, la mejor (y casi única) solución de la narración en el apartado del ritmo. Una medida con el único que evitar la fuga de audiencia (de fidelización ya bastante delicada por tratarse de una fórmula serial1), pero cuyo auténtico resultado ha sido convertir las nuevas entregas en monumentos al aburrimiento y al chicle más mascado. Con una plantilla escasa y de poca categoría, jamás se debe prescindir del mejor jugador, por mucho que éste sea conflictivo o intermitente.

Ya había perdido casi todo el interés por la serie mucho antes de ese letal parón, cuando se disolvió toda la inercia que quedaba de un piloto intrigante, vertiginoso y que invitaba al entusiasmo. Pero llegados a este punto, he perdido ya toda la fe de que este engendro mal parido pueda llegar a crecer sano. La serie debería al menos preservar la poca dignidad que le queda y cerrar decentemente un ataúd sobre el que ya sólo falta fijar el último de los clavos. Y tened en cuenta que yo fui entusiasta con el tramo final de FlashForward y su final abierto, e incluso pensaría en darle una segunda oportunidad si no estuviese convencido de que iría a pasar lo mismo. Lo único que ha aplazado mi decisión de abandonar definitivamente el enésimo despropósito de la NBC es la única vertiente del argumento que quedaba por agotar y hastiar, y que ahora parece tender (por lo visto, cómo no, en el cliffhanger) a una trama de misterio mágico-ocultista-sobrenatural-psicológico-new age, al más puro estilo de Perdidos en su edad madura, pero de la gama más baja y baratera.

El arco de Sean y Leila, el menos mascado y rancio, con diferencia, de los tres o cuatro focos que componen una narrativa sumamente torpe (y a ratos pretenciosa), parecía haberlo dado ya todo de sí tras la atadura de cabos y la confirmación de aquella revelación tan poco consistente con la que los guionistas nos pretendían dejar intrigados durante más de tres meses. Pues bien, en vez de marcarse un ridículo juego de pareja imposible a lo Lady Halcón (que ya puestos, ni siquiera me sorprendería), han preferido tirar por donde siempre se hace en este tipo de series. Resulta que ese individuo anónimo, ese hombre de a pie al que nos presentan al principio, que queda atrapado de repente en una conspiración de tres pares de la que no sabe nada, no termina por estos derroteros por mero fruto de la casualidad, sino como efecto de su inevitable destino, de una herencia oculta de su pasado que, por supuesto, desconoce previamente. ¿Os suena?

Precisamente en este punto entronca con el único frente sobre el que aún quedaba algo de misterio, por carencia de información, básicamente. Me refiero a esa misteriosa y malvada compañía que secuestró a la familia Buchanan y experimenta con las niñas desaparecidas, con demostradas conexiones en el gobierno, presidida de manera totalitaria por ese enigmático anciano caucásico de tez clara y ojos azules (vaya, qué innovador todo), cuyo posicionamiento en los otros conflictos (tanto el del gobierno contra los “visitantes” como el enfrentamiento interno entre estos últimos) se desconoce de momento. Algo que no podrá dar juego más allá de tres o cuatro episodios.

Por otra parte, no se podían permitir el lujo de prescindir de una de las estratagemas más reconocibles y manidas para levantar una serie: la introducción de un nuevo personaje, a ser posible, en la piel de alguna cara conocida. Y llega en la trama donde más falta hacía: la presidencial. Así pues, conocemos a la Catherine Lewis, senadora de Alaska en funciones, sustituyendo hasta las próximas elecciones a su recientemente difunto marido (sobre el que sabemos poco o nada de momento, así como de su muerte), interpretada por una Virginia Madsen (Entre copas, El número 23) que puede aportar algo de frescura y lucidez a un relato moribundo y sin atisbos de mejora. Al mismo tiempo, en ese mismo frente, han dejado caer una posible entrada en juego de los medios de comunicación, algo que, de momento, sólo se ha quedado en un amago (¿será la existencia de vida extraterrestre en nuestro planeta uno de los secretos confidenciales que todavía guarda WikiLeaks?). Por cierto, no os dejéis embaucar por esas efímeras líneas de diálogo ingeniosas y consistentes que se marcan presidente y senadora: suponen un oasis en el desierto, una ilustre excepción que confirma una pésima regla.

Sólo nos queda el arco de los visitantes, con su predecible, mascado e insulso enfrentamiento interno, que parece estar llegando a un clímax, clímax que tendrá algo de interés únicamente en la medida que confluya con los otros frentes, a modo de colisión múltiple a lo Amores perros. Algo que sí consiguieron en el logrado último tercio del piloto, pero que, como se ha comprobado, no han sabido llevar adelante. Quien se aburra y no tenga nada mejor que hacer puede buscar esta trama, y en la serie por extensión, posibles metáforas (¿intencionadas?) sobre los conflictos entre las minorías y el dominante opresor y el nacimiento de movimientos terroristas al respecto. Pero no sería más que una lectura contraproducente e innecesaria de un formato que parece pensado al más puro estilo del cine de Michael Bay, en el sentido más peyorativo del término. Vale, comparaciones son odiosos, pero la tan denostada FlashForward introdujo algún elemento novedoso, con mayor o menor éxito, haciendo de un recurso narrativo delicado y difuso (tanto en su utilidad como en su justificación) su razón de ser. Pero lo cierto es que este refrito no hay por donde cogerlo.

Me siento más obligado que nunca a lanzar una campaña a favor de la eutanasia en la ficción televisiva.

1 En cuanto al eterno debate acerca de la serialización y su dificultad para alcanzar grandes cotas de audiencia, Marina Such (El Diario de Mr. MacGuffin) publicó el pasado diciembre un interesante y revelador artículo al respecto en Vaya Tele. Muy recomendable.

 

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