EDIPO PADRE – ‘INCENDIES’, de Denis Villeneuve

INCENDIES (2010), de Denis Villeneuve

(Publicada originalmente en A Cuarta Parede, Nº 1, 1 de febrero de 2011)

Durante la pasada 67ª edición de la Mostra del Cinema de Venecia fui miembro del jurado joven internacional de Giornate degli Autori, una sección autónoma creada a imagen y semejanza de la Quinzaine des Réalisateurs del Festival de Cannes. A lo largo de una semana vimos, debatimos y discutimos un total de diecisiete obras (más tres fuera de concurso) junto a sus respectivos autores, entre las que se incluían films notables como Cirkus Columbia, de Danis Tanović, Pequeñas Voces, de Jairo Eduardo Carrillo y Óscar Andrade, o Majority, de Seren Yüce.

Hasta aquel momento mi única vaga referencia de cómo debía proceder la deliberación de un jurado era la que había visto en Doce hombres sin piedad, por lo que cuando el 10 de septiembre los veintisiete “miembros y miembras” del jurado (uno por cada país de la comunidad europea) nos reunimos para emitir un fallo conjunto apelé al persuasivo espíritu de Henry Fonda, cuya grandilocuencia ni acudió a mi llamada, ni habría sido tampoco necesaria. Tardamos en decidir nuestro ganador incluso menos de lo que duró la primera ronda de chianti.

La decisión fue tan unánime como instantánea: ninguna de las dieciséis películas restantes podía competir con la canadiense Incendies, de Denis Villeneuve. Fin del asunto. El grupo tardó en disiparse e irse pitando a ver Promises written in the water casi tan poco como la cinta de Vincent Gallo tardó en enervar a gran parte de los espectadores que asistieron a su proyección en la Sala Grande (y con los que, por cierto, estoy en desacuerdo). Desconozco si la deliberación del jurado “de los mayores” (los Tarantino, Arriaga, Elfman, Salvatores y compañía) fue tan ardua como la nuestra a la hora de conceder el León de Oro a Sofia Coppola por Somewhere.

Ya que en aquella ocasión apenas tuve la oportunidad de esgrimir mis argumentos a favor de Incendies, utilizaré los próximos 5130 caracteres (espacios incluidos) para tirar de memoria y presentar mi alegato.

Plano de la secuencia del prólogo

Prólogo: un poderoso y escalofriante travelling cruza la ruinosa estancia de un orfanato árabe en el que un grupo de niños están siendo trasquilados mientras escuchamos la afligida voz de Thom Yorke (líder de Radiohead) cantando You and whose army. Uno de estos niños mira a cámara. En la siguiente secuencia nos trasladamos a una sombría oficina de Quebec, donde un notario comunica a una pareja de mellizos el testamento y últimas voluntades de su difunta madre. El fedatario comienza a leer. Tras manifestar el deseo de la fallecida de ser enterrada sin ataúd ni lápida, desnuda y boca abajo como señal de expiación, entrega a cada uno de los hijos una carta sellada. A ella, Jeanne (Mélissa Désormeaux-Poulin), le da una misiva dirigida a su padre. A él, Simon (Maxim Gaudette), una epístola para su hermano.

El encargo de Nawal Marwan, la madre, es contundente: su alma sólo podrá descansar en paz si ambos entregan sendas cartas a sus respectivos destinatarios. Sin embargo, ninguno de ellos conoce la identidad de los receptores. De hecho, hasta ese momento, ambos creían que su padre había muerto en algún pueblo de Oriente Medio e ignoraban que su madre hubiese tenido más hijos. Mientras Simon rechaza esta petición considerándola el siniestro delirio de una mujer moribunda, Jeanne decide aceptar la encomienda y emprende la búsqueda de su anónimo padre.

Jeanne y Simon descubren el testamento y última voluntad de su madre

Este es el sobrecogedor comienzo de Incendies, adaptación cinematográfica de la obra homónima del dramaturgo canadiense-libanés Wajdi Mouawad, uno de los autores más influyentes de la escena teatral francófona actual. El encargado de transcribir a imágenes esta variación contemporánea y multiétnica de Edipo rey es el canadiense Denis Villeneuve, un cineasta cuya trayectoria, desde Un 32 août sur terre (1998) hasta Polytechnique (2009), pasando por Maelström (2000) e incluso el cortometraje Next Floor (2008), ha sido respaldada por la crítica europea, cosechando numerosos premios en festivales como Cannes o la Berlinale.

La búsqueda de Jeanne de su padre la lleva a destapar el terrible pasado de su madre, desde que se quedara embarazada a los quince años en una aldea de un país de Oriente Medio que, si bien no llega a especificarse en ningún momento, podemos identificar como Líbano durante la guerra civil que asoló este país entre 1975 y 1990. A partir de este momento el film se estructura a través del paralelismo entre la historia de ambas mujeres, madre e hija. Mientras la primera busca desesperadamente al hijo que le arrebataron de las manos al nacer, la segunda hace lo propio con el padre que siempre dio por muerto. La joven Nawal (soberbia Lubna Azabal) y su hija recorren los mismos lugares en tiempos y contextos muy diferentes. Una trata de desenterrar los secretos que la otra había intentado sepultar para siempre.

La película establece una analogía entre las historias de Nawal e Jeanne, madre e hija

Cuanto más indagamos en el pasado de Nawal a través de la investigación de Jeanne más nos sumergimos en una devastadora tragedia cercada por la violencia, la ira, la venganza, el miedo, la desesperación y la infamia. En otras palabras: por la guerra. Los contendientes son tantos y tan parejos en la llamada a la violencia que resulta casi imposible saber quién mata a quién y por qué motivos. Torturas, violaciones y asesinatos asolan cada secuencia, escena, plano, fotograma. Es el horror del que hablaba el Coronel Kurtz de Apocalyspe Now. Cuantos más secretos nos son revelados más tentados nos sentimos de cerrar nuestros ojos, tapar nuestros oídos, darnos la vuelta y volver a sepultar esos atroces recuerdos. Rayando el límite de nuestra tolerancia, las secuencias del tiroteo y posterior calcinación del autobús y los niños huyendo de un francotirador son devastadores retratos de la más absoluta miseria humana.

Cada nueva pista, cada rastro, cada testimonio nos acerca y aleja más y más del padre ausente, haciéndonos naufragar en un enigma que se nos escapa entre los dedos a cada brazada que damos. Seguimos a Jeanne en su obstinado intento por descubrir tanto quién es su padre como, sobre todo, quién demonios fue su madre. Compartimos su conmoción al descubrir que Nawal había estado en prisión por asesinato y allí (donde la conocían como “la mujer que canta”) había sido víctima de sistemáticas vejaciones y violaciones. También padecemos la frustración de la hija por no poder capturar el espectro de su progenitor.

Será entonces, cuando el espectador cree que ya no puede soportar más, que su transigencia ha sido sobrepasada y su paciencia agotada, que ha llegado a un callejón sin salida, al laberinto del Minotauro, cuando la tercera historia vuelva a entrar en escena como una apisonadora: Simon, el hijo, y la búsqueda de su hermano. Si hasta ese momento habíamos podido creer que Villeneuve había ido perdiendo poco a poco el pulso de la narración, es entonces cuando somos conscientes del férreo control que el autor había ejercido sobre esta milimétrica y rotunda historia. En un desenlace tan demoledor como redondo comprenderemos que Jeanne jamás podría encontrar a su padre si Simon no buscase a su hermano y viceversa.

Ficha técnica


 

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  1. […] galardonarla por delante de otros títulos más genuinos y arriesgados con los que competía, como Incendies, Canino o incluso Biutiful. Con todo, la virtud del film reside en la correcta aplicación de una […]
  2. […] película en Estados Unidos del quebequés Denis Villeneuve, tras la gran acogida internacional de Incendies. El cineasta consigue crear una mímesis entre esa atmósfera gris y la moral, también gris, de […]


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