Temporada 2010/2011 – Crónica del parón navideño

LA SUPERVIVENCIA Y LA SELECCIÓN NATURAL

Ya hemos llegado al nuevo año, y por decirlo, una nueva década, aunque técnicamente ésta haya empezado ya en 2010. Empieza la midseason televisiva. Desde anteayer, segundo día del año, las series empiezan a regresar del parón navideño, como es el caso de Modern Family, una de las favoritas de la casa, que aterriza este miércoles, aunque algunas demorarán su vuelta hasta febrero o incluso marzo. También es una época de caras nuevas o viejas conocidas que estrenan temporada. La Showtime se lleva la palma con las novedades de Shameless y Episodes y la ya cuarta hornada de Californication, de la cual ya han ofrecido un pre-air por partida doble.

Pero antes de empezar con los sempiternos (y fácilmente perederos) propósitos de año nuevo, conviene echar la mirada atrás y fijarse, con un margen de reflexión posterior ya lo suficientemente considerable, en aquellos estrenos que tanto prometían allá por septiembre. Lo cierto en cuanto a resultados que ha habido de todo, como siempre. Pero quizás esta vez, la cada vez más crítica crisis de audiencias, una bola de nieve que no ha parado de crecer desde aquella histórica huelga de guionistas de la temporada 2007-2008, ha provocado una ola de desconfianza tan cortante en las cadenas (un virus que últimamente contagia incluso a los canales de cable) que ha provocado que muchas series se encuentren en la cuerda floja semana tras semana (hasta productos como Fringe, con un numeroso apasionado ejército de fans, se encuentran con el agua al cuello), y que algunos no dispongan ni siquiera de tiempo para poner las cartas sobre la mesa.

Promesas cumplidas

Boardwalk Empire: las comparaciones son odiosas, y más cuando como vara de medición te encuentras con obras maestras absolutas como Los Soprano o The Wire. Pero la prometedera serie de Terence Winter y Scorsese, la vuelta de la mejor HBO por la puerta grande, no sólo es con toda rotundidad el estreno televisivo del año, sino también que cuenta con todos los ingredientes para convertirse en la serie de la década. De hecho, hace poco comentábamos que esta ambiciosa y finalmente satisfactoria producción parece la única capaz de asaltar el incontestable trono de la reina actual, Mad Men. Su lujosa factura y envidiable diseño de producción no es un telón dorado para esconder la mediocridad argumental y narrativa, como en tantos otros productos de similares características, no. Es un elemento de soporte más a este intenso, creciente, rico y complejo relato de la Sodoma y Gomorra del siglo XX, el Atlantic City en los años de la Ley Seca, vértice de un triángulo de corrupción y duelos de poder con los otros dos grandes focos de crimen organizado, Chicago y Nueva York. La sociedad norteamericana, con todas sus capas y sus máscaras, aparece retratada a la perfección, con dramas que se mueven con maestría de lo general a lo particular, de las grandes disputas de poder y ambición hasta los fantasmas más personales. Y atención, porque este producto no parece tener fecha de caducidad cercana.

Raising Hope: tal como pronosticaban las buenas (y malas) lenguas, la nueva criatura de la factoría Greg García es la digna heredera de alma y cuerpo de Me Llamo Earl (aunque no de su particular y genuina estructura episódica, de corte casi procedimental). Lo que en principio podría parecer un obstáculo por agravio comparativo (el chasco de FlashForward está todavía muy fresco), ha dado un resultado positivo y ha pasado la prueba. Aunque bien es cierto que su continuidad más allá de la primera temporada está todavía en la cuerda floja, más que nada porque el emitirse justo a continuación de Glee, la gallina de los huevos de oro de la Fox, puede resultar un inconveniente en vez de una ventaja si tus audiencias no están a la altura (a una altura mayor de la que se exigiría en cualquier otro lugar de la parrilla).

Tengamos fe, ya que sería una pena quedarse sin esta disfuncional pero entrañable familia white trash, en la que nos dibuja entre risa y risa un panorama vital bastante desolador pero con el necesario halo de esperanza y positivismo, precisamente el doble juego que contiene el propio título, y que a su vez se encarna en la adorable e impredecible Hope. Nos han regalado el mejor episodio de Acción de Gracias en años, con un final para enmarcar. Han rescatado del olvido a la veterana Cloris Leachman como la senil y alocada bisabuela y estabilizado a Martha Plimpton en un papel en el que se mueve en su salsa. Y como guinda, el glorioso cameo de un irreconocible Jason Lee como vieja gloria del rock pasadísima de rosca.

Decepciones parciales

The Walking Dead: antes de nada debo especificar que las buenas sensaciones que me dejó el esperado piloto se tornaron en ira al conocer la noticia de la cancelación de Rubicon, ira que se revirtió en parte (inevitablemente) hacia el nuevo producto estrella de la AMC. Pero vayamos al grano. Al constar su primera y flamante (y sonada) temporada de sólo 6 episodios, pensé que se me iba a pasar volando. Pero lo cierto es que no ha sido así. Las cuatro entregas que nos llevan de la intensa premiere a la reveladora finale cuentan con menos chicha de la que sería necesaria, como pinceladas de genio en un conjunto dañado por un ritmo excesivamente parsimonioso y cansino en ocasiones, por mucho que estemos ante un relato apocalíptico.

Desconocimiento del texto original aparte (lo que no debería redundar más que en un visionado sin agravio comparativo), tengo fe en que sus creadores hayan diseñado este primer volumen como la introducción al viaje y en que lo mejor está aún por llegar, porque de momento, lo que es de momento, no me han convencido de que valiese más la pena ofrecernos el microcosmos de Kirkman en entregas seriadas que en un compacto y sintético largometraje de no más de 2 horas y media. La lograda factura técnica con sello AMC y el estilo visual de Frank Darabont no bastan por sí solos, y el rendimiento actoral ha dejado, en general, bastante que desear, incluso en aquellos momentos en los que más se necesitaba.

Decepciones rotundas

The Event: un hitchcockiano y trepidante piloto nos dejó muy buenas sensaciones. Por desgracia, se quedó en eso, una buena idea de arranque que hace aguas en cuanto le tocaba madurar y consolidarse. Desde que anunció, la sombra de FlashForward planeó sobre la que se intuía la gran apuesta de la NBC. A día de hoy, este mediocre, ramplón y tópico relato de conspiraciones alienígenas no resiste comparación con la malograda serie de la ABC, que pese a haberse hundido sin remedio (en buena parte debido a las grandes expectativas que levantó), nos ofreció una traca final más que respetable, que incluso nos dio ganas de más. Sus audiencias han caído en picado desde el segundo episodio y ya tienen que dar gracias por haber conseguido el encargo de temporada completa. Pero la posibilidad de ser renovada para una segunda se intuye tan rematadamente remota que de seguro las casas de apuestas la pagarían 200 a 1.

Running Wilde: el proyecto Arrested Development 2.0 es a la comedia lo que The Event fue al thriller, por mucho que el plantel prometiese. Apenas hubo un par de gracietas que me provocaron algo de risa en el primer episodio, y ahí me quedé. Will Arnett parece más perdido que un hijo bastardo en el Día del Padre, el contrapunto con el encanto de Keri Russell no funciona y la galería de secundarios, meras caricaturas sin gracia, no salvan la papeleta. La Fox la borró del mapa durante los sweeps de noviembre y poco después anunció su cancelación, si bien emitirá en enero los últimos episodios producidos.

Undercovers: ni siquiera fui capaz de terminar el piloto. Comprobando después que lo siguiente era más de lo mismo, decidí no seguirle el testigo a esta especie de clon fallido de Alias con unos pretendidos toques de comedia que no funcionan en ningún momento. Su destino fatal me confirmó que no me estaba perdiendo nada. Ni siquiera tuvo tiempo a enfrentarse a los sweeps: su cancelación fue anunciada tras el séptimo capítulo, si bien, al igual que Running Wilde, los capítulos ya acabados sí verán la luz (la mayoría sirvieron de relleno en diciembre, pero los dos últimos todavía no cuentan con una fecha de emisión confirmada). El primer gran fiasco de J.J. Abrams, que últimamente produce pilotos y elabora biblias como churros (actualmente trabaja en tres ambiciosos proyectos para la temporada que viene), pero cuya dedicación a sus criaturas se queda en el parto y ni siquiera se preocupa de su maduración durante el primer año. La cantidad nunca reemplaza a la calidad.

Lo que pudo haber sido

Lone Star: ¿cómo sería un spin-off de Sawyer en la industria petrolífera tejana? ¿Y si llevase una doble vida, con sendas esposas y familias, y su padre fuese todavía peor que él y se la estaría jugando a cada momento? Pues nos quedaremos sin saberlo. Menos mal que tampoco nos dio demasiado tiempo a cogerle cariño a la criatura, pero lo cierto es que ha sido una pena. Una serie con muchísimo potencial cuyo gran fallo fue encontrarse en el lugar equivocado, del que pronto la han repudiado. Un producto que hubiese funcionado en un canal de cable durante bien dos temporadas a un nivel más que respetable. Veremos si al menos la industria toman nota de ese diamante en bruto que es su protagonista, James Wolk, que, pese a lo efímero de la experiencia, se coló entre las mejores interpretaciones del año según TV Guide.

My Generation: en esta última década encontramos exitosas ficciones que repasan las décadas de los ’80 y los ’70 (sin meterse ya en la maestría de Mad Men), así como en los ’80 y ’70 funcionaban homenajes más o menos críticos de los ’50. Entonces, ¿por qué no repasar nuestro pasado más inmediato, con la mirada crítica que nos permite una cercanía que no deja pasar al temible fantasma de la nostalgia? Por otro lado, si desde Seinfeld se han roto las fronteras diegéticas de la comedia televisiva, lo que ha conducido a un auge del mockumentary en las grandes sitcoms contemporáneas (The Office, Modern Family), ¿por qué no intentar la fórmula del docudrama y las home movies para el terreno del drama? Pero, tal como le ha ocurrido a Lone Star, no ha sabido encontrar su sitio. Como propuesta innovadora, es arriesgada (y más si tenemos en cuenta su importante grado de serialización), y requiere de paciencia y segundas oportunidades, lujos que una generalista no se suele permitir.

Seguramente My Generation no diese más de sí para más allá de una temporada, o quizás solamente para el encargo inicial de 13 episodios (ni siquiera han obtenido el benificio de la duda), pero, de seguro, esa única temporada sería bastante interesante y digna de visionar y analizar en años posteriores como pionera y ejemplo a seguir, el de una “ficción” seriada de una generalista como portadora de una crónica directa e inmediata de los acontecimientos que nos ha llevado al estado actual, así como del reflejo de ese desencanto de sueños incumplidos, recuerdos devastadores y reflexiones de “¿qué hubiera pasado si…?”.

 

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  1. […] de apertura y cierre. Cuando menos se esperaba un arranque decidido del relato, tras esa, digamos, “temporada cero”, una introducción a modo de consuelo, un entremés demasiado abultado para un menú que no termina […]
  2. […] de esas veteranas a las que somos tan devotos. Pero lo cierto es que, lejos de invertirse el precedente negativo de 2010, el panorama fue a peor, y en líneas generales, sólo las apuestas del cable estuvieron a la […]


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