EL HUMO SALE DEL ARMARIO – DOMINGOS EN SERIE

DOMINGOS EN SERIE – 03/10/2010 (I)

Mientras nosotros nos ponemos las pilas para solventar lo antes posible el retraso en esta sección de análisis catódico dominical, tenéis tiempo de recurrir una vez más (o las que sea) al visionado de la gran serie del momento, para la que los calificativos se me agotan: los dos episodios que le restan a la maravillosa cuarta temporada de Mad Men se intuyen grandiosos, con grandes cambios y muchas sorpresas. Como sé que, como yo, queréis saber todo antes que nadie, os recomiendo que os paréis en los momentos clave y otros desvíos peculiares de los últimos tres episodios: puede haber pistas hasta debajo de los ceniceros. Por cierto, podéis ver que el cartel de la sección tiene un nuevo inquilino. Bored to death, la gran comedia de la HBO, cuyo regreso festejamos por todo lo alto, se emite también en domingo. ¿Quién dijo que era deprimente el acabar el fin de semana?

Mad Men 4×11: The Chinese Wall

Se acabaron los humos. No, todavía no han llegado las necesarias leyes anti-tabaco que asolan a los fumadores del siglo XXI. Pero la hasta ahora próspera y creciente SCDP recibe el mayor batacazo que se podría imaginar, de la noche a la mañana, sin anestesia previa. Las cosas van a cambiar por completo, por mucho que la cúpula directiva logre transmitir seguridad a empleados y clientes. Eso sí, de momento, la situación es estable, no parece que se vaya a producir un cambio tan radical como en la pasada season finale.

En el episodio anterior, ya habíamos visto como Lee Garner Jr. estaba perdiendo progresivamente el control y las competencias sobre la empresa de su papaíto, lo que afecta directamente a la cuenta en la agencia de su amigo de fechorías Roger Sterling. Y aunque le había dado un plazo de treinta días, la nave ya estaba más que hundida. Pero lo peor es que ni siquiera se atrevió y se dignó a tratar el problema con sus socios, lo que les permitiría tener algo más de margen a la hora de afrontar las consecuencias de la pérdida de la cuenta más importante de la empresa. Imagínense la cara de tontos que se les queda a los hombres locos cuando se tienen que enterar a través de terceros de que Lucky Strike los deja por otra.

El primero es Ken Cosgrove, a quien se lo comunica un ejecutivo de BBDO, precisamente la competencia, la que se ha llevado la cotizada marca, que se lo topa cuando se encontraba en un restaurante mientras se encontraba cenando plácidamente con su mujer y sus suegros. Por cierto, qué sorpresa ver que Leland Palmer sigue vivo. Tras la velada, Ken acude directamente a Peter, que se encuentra en el hospital ante el inminente parto de su mujer. Tras la pertinente llamada a Don, a quien le chafan una estupenda velada con Faye, se reúne enseguida el comité de crisis, en plena noche. De hecho, el siempre peculiar Cooper se planta en la oficina en bata, pijama y zapatillas. Roger es el último en llegar y encima finge no saber nada del tema.

Más dura ha sido la caída, pensaréis. Y aún así, el hombre, incapaz de admitir sus defectos, sólo intenta pasar cortinas de humo, humo que se ha ido para siempre de sus oficinas. Impresionante el paripé que se marca, delante de sus socios, con una llamada al hijito de papá que realmente no se está produciendo. Él sabe mejor que nadie que, ahora mismo, su amiguito no es más que un pelele, un inútil que estará chupando del bote pero que permanecerá al margen del control de la empresa mientras tenga el bolsillo y el estómago llenos. La pantomima es todavía más insultante cuando él finge estar vistando en la oficinas de American Tobacco e intentando salvar la cuenta desde una habitación de hotel de la que no se mueve, mientras que el resto de sus compañeros no dan abasto en la tarea de asegurarse a sus clientes uno por uno. Además, aprovechan el funeral de un directivo de otra agencia para hablar con la gente del cotarro y buscar nuevas cuentas. En ocasiones, los entierros no se conforman con ser “radio patio” y funcionan también a modo de feria profesional, hay que ver.

La única persona a la que le confiesa su cobardía y su engaño no podía ser otra que la persona que siempre le ha inspirado más confianza, la única con la que guarda una auténtica empatía, y que en el fondo, lo domina: Joan. Roger acude a su casa buscando “mimos” pero se encuentra con una pelirroja defraudada dentro de la serenidad, y que no está dispuesta a más deslices por mucho que su marido se encuentre muy lejos. Esta “ruptura” parece la definitiva, aunque con estos dos, nunca se sabe. De vuelta en la oficina, ante sus continuas desfachateces y su empeño en cargarle la culpa a a otros, el viejo Cooper le espeta una sentencia que no podría ser más acertada: “Lee Garner Jr. nunca te tomó en serio porque tú nunca te tomaste a ti mismo en serio”.

El final del episodio cuenta con la siempre escueta y anecdótica presencia de Jane Sterling, instancia inconfundible de la esposa ingenua que vive feliz (o al menos lo aparente) en la amplitud de su lujoso hogar, en el que pasa sola la mayoría de las hroas del día y espera cada noche a su “fiel” y “trabajador” marido, un alto ejecutivo que se le pega día sí, día también. Vamos, lo que vendría siendo Betty Draper en sus primeros años de casada, antes de que comenzásemos a descubrir sus turbios adentros. El asunto es que la señora de Sterling le tiene preparada una sorpresa: ya se han publicado las memorias de Roger, de las que le han llegado varios ejemplares.

Orgullosa y candorosa, le pide a su amado esposo que le dedique uno. Una firma sobre su propia mentira, sobre uno de tantos relatos estereotipados y falaces sobre el sueño americano y el triunfo del empeño, que nada se corresponden con una realidad llena de traiciones, puñaladas, manipulación, nepotismo y espíritu rastrero. Exactamente lo que ha sido Sterling toda su vida: un camándula que ha vivido de rentas toda su vida, chupando de un bote que se ganó él mismo y manteniendo su posición en base a besarle el culo, día sí y día también, al ya de por sí poco ejemplar Lee Garner Jr., que ahora lo ha dejado en la cuneta sin mayor dilación.

La espantada de Lucky Strike no tarda en arrastrar la pérdida de otra cuenta: Glo-Coat, la misma para la que realizaron aquel exitoso spot que le valió a Don un prestigioso Clio, aunque buena parte del esfuerzo creativo saliese de la mente de Peggy. Pues bien, si en su momento la serie ya nos hablaba de la trivialidad de la autoría en la industria publicitaria, ahora pasa directamente a denostar el valor de los galardones. ¿Por qué? Vamos a ver, aunque Draper haya sufrido importantes cambios en su esfera personal, que se han visto reflejados irremediablemente en su carácter, no deja de ser un exitoso y concienzudo hombre de negocios. Por ello, tras conocer la pérdida de la cuenta, arroja la estatuilla del Clio como si de un Grammy se tratase. Da igual los reconocimientos y el prestigio que uno se lleve cuando falta lo más importante: los beneficios económicos, la guita.

Se trata de un episodio bastante poco Don-céntrico, lo que no quita que veamos avanzar otras tramas, aunque casi siempre en relación a otros personajes. En la entrega anterior, vimos como Pete Campbell quedaba en una posición privilegiada tras salvarle el pellejo a Draper. No se puede afirmar que lo tenga a su merced, ni cogido por sus partes, pero evidentemente, la carretera queda más que despejada para una cadena de chantajes. Pese a todo, Don parece haberse olvidado de esta circunstancia y no vacila al reprender enérgicamente a Pete por la pérdida de la cuenta. Pero al fin y al cabo, Campbell no es Don ni lo será nunca, ni tendrá su poder de persuasión, para lo bueno y para lo malo; algo que en cambio siempre ha sido el gran fuerte de Draper, que lo puede hundir perfectamente, incluso desde una situación desventajosa. Aún así, parece que las diferencias desaparecen cuando el enemigo es común, y Don sale a la defensa de Pete, aunque de manera escueta y sin especial elocuencia, cuando este último es atacado por un Roger que busca escabullir sus responsabilidades a la desesperada. Vamos, que se saben respetar cuando resulta necesario.

Hablando del rey de Roma, Pete Campbell tiene en este capítulo una agridulce amalgama de sensaciones. Por un lado, todo fue bien durante el parto y acaba de ser padre de una niña, a la par que la sintonía con su suegro es cada vez mejor. Precisamente es por este lado por donde se mueve la mala noticia. El gran batacazo para la agencia que supone la pérdida de Lucky Strike no consigue más que hacerle replantearse su futuro, más aún ahora que la familia ha crecido. Aquí entra al trapo el padre de Trudy, lo más parecido a una proyección de Campbell en el futuro, quien le persuade para volver a CGC, la firma de Ted Chaough, archienemigo de Don Draper. De primeras no le complace la idea, a sabiendas de que la única pretensión de Ted es destruir a Don, aunque tampoco pronuncia un no rotundo. De hecho, su propio suegro organiza una visita de Chaough directamente al hospital. Allí, lo convence para volver con mucho más poder y competencias, ofreciéndole una participación como socio y la presencia de su apellido en el nombre de la compañía, privilegio que todavía no tiene en SCDP.

Su indecisión será toda una baza con la que jugar en los episodios que quedan hasta una season finale que, con toda seguridad, romperá los esquemas hasta al más precavido. Las reprimendas tanto de Don como de Roger, por la pérdida de dos cuentas por la que no ha tenido culpa alguna, y ante las que se sintió bastante ofendido, sin expresar un gran reacción, parecen alejarlo de la permanencia en la agencia. Pero por otra parte, la experiencia es un grado, y Pete no es tan víbora como lo era en las primeras temporadas. Se ha hecho un hombre laborioso, íntegro y decente, aunque siempre con sus defectos. Por ello, se pone sin más dilación a trabajar en la ardua tarea de mantener la calma y la estabilidad en el entorno y la clientela de SCDP. Y aunque se esconda bajo la manga una carta, toma la sabia y rígida determinación de prohibir terminantemente a sus empleados el ofrecer sus servicios a otras agencias. Algo que, por cierto, sí le sugiere Faye a Don cuando se entera de la noticia, aunque sin más trascendencia que la mera anécdota. Si el barco se hunde, Don se hundirá con él.

Si bien estamos ante un episodio eminentemente emplazado en la esfera profesional, los conflictos sentimentales tampoco se han ido de paseo. Hablo, por supuesto, de la relación entre Don y Faye, que progresa adecuadamente, aunque no deja de encontrar piedras en el camino. Draper comete la imprudencia que nunca jamás había cometido, la de mezclar directamente lo personal con lo profesional. El nivel de satisfacción de los diferentes clientes es el pan de cada día en la actividad profesional de la doctora. Entonces Don ve ahí una la oportunidad de fidelizar las cuentas y le pide que le entregue esos informes, secreto profesional de primer orden. Esta petición tan peliaguda crea una fuerte crispación en Faye, que todavía conserva una cierta idea de ética y valores, que la mayoría del personal de SCDP perdió hace tiempo. Además, lo acusa directamente de aquello que acabamos de mencionar, de mezclar el trabajo y lo íntimo para su propio interés.

Pese a todo, Faye, aunque mujer decidida, independiente y fuerte, está coladísima por Don y acaba accediendo a sus peticiones, anteponiendo sus sentimientos a su arraigada ética profesional. “Tú eres mi vida ahora”, le llega a decir. Pues bien, lo que la rubia no sabe es que su amado, al que cree haber cambiado para bien (qué raro en una mujer, ¿no?), ha vuelto a las andadas y se la pegado. Aquella miradita que cerraba el capítulo previo no era únicamente un capricho estético, sino un anuncio de la que se avecinaba. Claro que sí, esa Megan a la que todos creíamos relamida y tontita, como la mayoría de las secretarias de la agencia, ha resultado ser mucho más espabilada de lo que pensábamos, hasta el punto que la podríamos llamar “la nueva Peggy Olson”, o proyecto de, como incluso ella afirma explícitamente.

Se debe puntualizar que ella es quien toma la iniciativa y que Don se muestra algo escéptico en un principio, justo al contrario de lo habitual. Vamos, que en el fondo sí ha cambiado algo, aunque tampoco le tiembla el pulso cuando la idea de infidelidad ronda su cabeza. Pero bueno, esto se debe entender como una cana al aire y no como una “vuelta al ruedo”. Megan tampoco es ingenua y sabe a conciencia, y a priori, que esto no irá más allá. ¿O quizás sí? No, no contaría con ello. Lo peor va a ser cuando la doctora se entere, algo bastante probable, ya que el caldo pinta óptimo para cultivar un fuerte conflicto: ¡¡que a Draper lo cojan confesado!!

Para acabar, no todo en este capítulo han sido sombras, aunque sí la mayor parte. Pérdidas de clientes, funerales, broncas de pareja, “rupturas” (Joan y Roger),… lo único optimista, al margen del anecdótico nacimiento de la hija de Pete, es la trama de Peggy. La vemos toda feliz de la vida, y es que por fin parece que su relación con Abe Drexler arranca con buen pie, tras una divertida y apasionada jornada de playa (y una ocasión para contemplar la ropa de baño de la época, que no sólo de trajes y vestidos vive el hombre). Ni siquiera el batacazo de la tabacalera parece bajarla de la nube ni un segundo. Hasta el deslenguado de Rizzo le ataca de lleno pensándose que la cosa va con él, pero Miss Olson está tan boyante que lo rechaza con discreción, sin ponerse de mal humor. Lo mejor de todo es que sabe exportar esta dicha al ámbito del trabajo, siendo capaz ella sola de sacar adelante con éxito una presentación, ante la ausencia de un Don sumido de lleno en el gabinete de crisis.

Convence a los clientes con una idea de su propia cosecha y sintiéndose más mujer que nunca: de hecho, la propuesta camina por esos derroteros. Como detalle curioso, la mancha de carmín en sus dientes en plena presentación, quizás lo que más ha influido en su aceptación, aunque se trate de algo fortuito y de lo que se percata bastante después, cuando ya tiene la cuenta en el bote. Para enmarcar, el momento en el que uno de los clientes le hace un inquietante seña para que se quita la mancha con la lengua, algo que en cualquier otro contexto sería interpretado como una obscenidad de libro, y más en un escenario profesional, si bien se hace bien difícil negar una cierta intencionalidad por parte del susodicho. Una guinda perfecta a otro episodio excelente.

 

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