UNA EXPERIENCIA COLECTIVA – ‘RUBBER’, de Quentin Dupieux

43 Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya: RUBBER (2010) de Quentin Dupieux

por Víctor Paz Morandeira

Si el público de Sitges se caracteriza por algo es por su capacidad para hacernos recordar que el cine, en la era de la multiplicación de las pantallas digitales, aún es una experiencia colectiva. Los asistentes al primer pase de Rubber (Quentin Dupieux, 2010) –la mejor película de esta edición del festival para el Jurat Jove– aplaudían, gritaban, silbaban y hacían comentarios sin cortarse lo más mínimo, señal de que el filme fue bien recibido.

Dupieux, reputado creador de música electrónica conocido bajo el seudónimo de Mr. Oizo –él mismo firma la banda sonora de esta obra–, estará contento, tras Cannes, de haber sido seleccionado en un festival con esta filosofía, pues su cinta no hace sino reivindicar una forma de relacionarse con el séptimo arte que está en peligro de extinción.

La trama de Rubber es muy sencilla. Desierto de Arizona. A un grupo de espectadores se les proporcionan unos prismáticos para contemplar un espectáculo. Un neumático se levanta, rueda y aprende a andar sobre sí mismo. Al poco tiempo, desarrolla poderes telequinéticos con los que asesinar a todo bicho viviente que se le cruce. Consecuentemente, se produce la búsqueda y captura del sujeto por parte de la policía.

Que semejante argumento pueda producir una buena película parece a priori imposible, pero curiosamente Rubber se las apaña para reinventarse en cada escena y salir airosa del paso, resultando entretenida y conceptualmente pertinente al mismo tiempo.

De las tantas lecturas realizables de la película, está la más obvia, que es entenderla como un ataque a la industria hollywoodiense, obsesionada con crear tramas enrevesadas que cobren al final sentido y con atraer al público a las salas con efectos especiales, con espectáculo y no con cine. Pero si Rubber se disfruta no será por sus efectos o trucos de guión, sino por su actitud, que Dupieux deja clara ya en la primera escena.

Reine el caos sobre la tierra

Un coche de policía atropella literalmente a un conjunto de sillas que podría haber esquivado perfectamente dispuestas en una carretera. De su maletero sale un sheriff que se dirige a cámara para realizar un surrealista monólogo que recuerda a las mejores líneas de diálogo del primer Tarantino, cuando le obsesionaba la virginidad de Madonna –la indumentaria y pose del agente remiten directamente al personaje de Michael Parks en Kill Bill vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003), con el que repetiría en el díptico Grindhouse (Robert Rodríguez, Quentin Tarantino, 2007)–.

Stephen Spinella protagoniza un estupendo monólogo en la película

¿Por qué E.T. era de color marrón?” o “¿Por qué los personajes de La matanza de Texas no van nunca al baño ni se lavan las manos?”. Preguntas sin respuesta que se hace el personaje. “¡No tiene sentido! Todas las grandes películas de la historia del cine están llenas de sin sentidos, como la vida misma. La película que están a punto de ver es una oda al sin sentido”, dice al acabar el monólogo, y tira el vaso de agua que estaba aguantando en la mano sin bebérselo. Entender el caos como el sentido de la vida, si es que tiene alguno, es una valiente declaración nihilista que excede los límites del debate fílmico para adquirir dimensiones filosóficas. Acotando, ¿debe el arte darle un orden a la realidad, interpretarla, o simplemente captarla, asumiendo que escapa a nuestro control?

La ficción se entiende normalmente como un espacio virtual controlado a través del que expresar emociones o ideas que no se pueden encontrar en una situación real, o por lo menos no a través de la simple observación, por lo que se opta por abstraer los elementos que interesen al autor para comunicar su mensaje.

Dentro de esta lógica, Hollywood ha impuesto unos parámetros narrativos en los que no hay espacio para la sorpresa ni la arbitrariedad, historias en las que todo debe encajar para que pasen un supuesto sello de calidad.

Basta con echar un ojo a los Oscar y a la taquilla para ver lo que impera. Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) está tan pendiente de erigirse en fábula bienintencionada que olvida la realidad de la que parte en aras de un espectáculo muy bien montado, pero pueril y postizo. Las historias de Piratas del Caribe tienen tantos nudos de trama supuestamente sofisticados que al final cuenta más eso que lo que son en sí las películas, aventuras.

Ante la política de la pulcritud y el orden, Dupieux prefiere la imperfección, lo irregular, porque es más cercano, más real. Si los espectadores de su película –los de su diégesis, no los de la cuarta pared– hubiesen entendido su mensaje, habrían dejado los prismáticos –léase gafas 3D– ipso facto y se habrían acercado al neumático por su cuenta. Tampoco habrían esperado a que les trajesen la comida para resultar finalmente intoxicados –está claro que al director no le gustan las palomitas ni los multiplex–.

Síntesis del género

El ataque a la industria, la emancipación del espectador, es, pues, uno de los pilares conceptuales de la película. Otros ojos podrían ver en Rubber un ejercicio metafílmico sobre el cine de género ¿No son las películas de serial killers una disección del cuerpo femenino mediante la observación de sus protagonistas?

Rodaje de 'Rubber' en el desierto de Arizona

La motivación del neumático para continuar rodando es una belleza morena en descapotable a la que sigue a todas partes. Gracias a ella, transita por los lugares comunes de una road movie norteamericana, con los que el director ironiza. Una gasolinera, un motel, el desierto, la propia carretera… Es una lista inabarcable de tópicos que parece agotar la capacidad del guionista, encarnado en el sheriff, para dotar de final a la trama. Cuando ésta parece agotada, es uno de los espectadores el que salva la función, apuntando también Dupieux que la interpretación de una obra no vuelve a pertenecer a un autor una vez ha sido mostrada.

Esto en lo narrativo. En lo visual, el director parece haber querido rendir homenaje a algunos clásicos con los que seguramente creció, como El ataque de los tomates asesinos (Attack of the Killer Tomatoes!, John De Bello, 1978) o Scanners (David Cronenberg, 1980), propuestas también delirantes a las que Dupieux hace algunos guiños.

Si no nos dijesen que se trata de una película del 2010, seguramente supondríamos que nos están mostrando un clásico perdido de los 70, ya que la puesta en escena y los lugares que describe remiten directamente a los Steven Spielberg –El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977)– o Sam Pehkinpah –La huida (The Getaway, 1972), Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974)– de esa época, o a películas como Punto límite: cero (Vanishing Point, Richard C. Sarafian, 1971).

Con estas referencias, queda claro en qué división juega Rubber. Seguramente no se vaya a convertir en un éxito de masas, pero la etiqueta ‘CULT’ ya se debe estar preparando para su edición en DVD.

Una última anécdota. Antes de convertirse en director de cine, Dupieux había creado el éxito ‘Flat Beat’ bajo el sobrenombre de Mr. Oizo. El tema se hizo muy famoso gracias a un anuncio de Levi’s.

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