DOMINGOS EN SERIE – 29/08/2010 (II)

EL DOBLE JUEGO Y LA VUELTA AL RUEDO

Llega por fin el componente emocional de lleno a Rubicon. Por mucho código indescifrable, inteligencia de espionaje y conspiración global que la serie destile, no podía pasar por alto que los sujetos de su relato son personajes, personas ficticias que se ven sumidas en todo un complot que se esfuerzan por entender, y eso les acaba pasando factura, tanto a su estado mental como a sus relaciones. Además, empiezan los dobles juegos y, lo que es más importante, ya tenemos la primera conexión fáctica entre las dos partes del tinglado, aparte de esos signos indicativos que eran el trébol o los crucigramas.

Por cierto, la semana que viene nos quedaremos doblemente plantados. A la baja de True Blood (mini-parón antes de la season finale) se le une también la de Weeds, cuyo parón, por fortuna, durará también sólo una semana. Pues eso, este domingo sólo tendremos sesión AMC, que no es moco de pavo, ni mucho menos. Además, la serie de la Showtime nos endulza la espera con un episodio repleto de delicias, una parada más en ese huida sin rumbo de los Botwin, con grandes momentos, regresos y cliffhanger. Avante toda.

Rubicon 1×06: Look to the ant

Este episodio es todo un homenaje en sí mismo a La conversación de Coppola, cuyos avatares no podrían tardar en aparecer en esta serie, en atacar a su protagonista. El espía que empieza a notar que está siendo espiado, que comienza a padecer una grave manía persecutoria. Como si hubiese un “gran hermano” presente en cualquier individuo con el que se cruza, y por todas partes puede haber micrófonos o cámaras centradas buscándolo exclusivamente a él. En el capítulo anterior ya notábamos como temía por la seguridad de los que le estaban ayudando en su investigación, en concreto de un Ed Bancroft al que disuade de continuar. Ahora ya teme por su propia seguridad, por su entereza.

El momento culminante llega cuando entra en un cyber de un suburbio de población asiática para indagar una información. Pues bien, si su intención es la de pasar completamente desapercibido, el efecto, naturalmente, viene a ser totalmente el contrario. Luego tenemos todo un aliciente: cuando se percata de que está siendo perseguido por un hombre, el enésimo diferente, saca por fin su pistola, lo intimida y le saca un fotografía, y se va sin más, sin terminar de sonsacarle la información de para quién trabaja. Una serie de espías en la que el protagonista no ha empleado un arma hasta el sexto capítulo… insólita cómo han sido capaces de contenerse sin caer en el tedio en ningún momento. No sólo de acción y situaciones límite se alimenta la intriga.

Como ya he dicho, por fin entramos más profundamente en la dimensión sentimental de los personajes. Los movimientos de la relación de Will y Maggie no se podía demorar más. De hecho, en el capítulo anterior ya se ven importantes indicios. La subtrama de ella con su hija y su ex-marido se inserta al inicio para alimentar el contexto oportuno. Así, ambos intentan curarse de su soledad, su inseguridad y sus temores a través del apoyo del otro, pero los dos fallan en el momento de lanzarse, cada uno a su respectivo tiempo. Maggie, sintiéndose sola en su casa, con el aliciente de la ausencia temporal de su hija, intenta concertar una cita improvisada con Will. Éste, abrumado por su situación, rechaza casi por inercia, sin pensar en la puerta que acaba de cerrar.

Entonces ella emplea un clavo para quitar otro, y llama a un compañero de una actividad de ocio con el que apenas tiene trato. Poco después Will, más angustiado que nunca, acude directamente a su casa, muy necesitado de compañía (y no en el sentido sexual que en cambio sí notábamos en ella), pero se da cuenta de que está siendo bastante inoportuno. Un movimiento descoordinado, poco hábil, por parte de ambos, que deriva en un todo un frenazo en su relación antes siquiera de que hayan acelerado. De momento, el asunto queda en suspensión hasta nuevo aviso.

Otra subtrama de tipo sentimental, aunque más bien se queda en lo relacional, y mucho más ligera, es la que mantiene Miles con una trabajadora del API, Julia. A él le ha tocado seguir la investigación de noche, y ella es la pieza que le hacía falta: una traductora de urdu, el idioma en el que hablan los sujetos investigados. El proceso de vigilancia es mayormente aburrido y tedioso, por ello ambos empiezan a flirtear de un modo muy sutil, superficial, preadolescente. Pero cuidado, que bajo su aparente amabilidad y candidez se puede esconder algo. Si hay algo que esta serie nos enseña es dudar de todo y a no fiarse de nadie. Y hay detalles en ella que llaman la atención. Ya sea por la presencia en su muñeca de un triforce, lo que bien puede ser únicamente un ilustre homenaje a la grandísima saga de videojuegos The Legend of Zelda y un guiño cómplice a sus hordas de fans (entre las que me incluyo), o por la reticencia con la que decide ayudar a Miles, podemos aventurarnos a pensar que este personaje no caerá en saco roto y esconderá algo medianamente gordo.

Volviendo a la trama principal, hay un personaje que a partir de ahora va a tener mucho más protagonismo (por si no tenía ya suficiente) y cuyos movimientos van a dar mucho juego. Los primeros compases del capítulo lo dicen todo: paralelamente al cliffhanger del pasado episodio, pasamos a una tensa escena en la que alguien entra en casa de Will Travers, vacía: ese alguien no es otro que Kale Ingram. Los guionistas han optado, desde el principio, por el suspense; por tanto, el espectador conoce más información que el/los protagonista/s. Por ello, enseguida intuimos el doble juego que se está marcando Ingram, del que ya sabemos que no es ningún trigo limpio. Invita a Will a cenar en su casa (para más inri, le da el recado a través de Maggie, su mujer de confianza), y durante la velada, le empieza a meter el miedo en el cuerpo, diciéndole que lo están siguiendo por todas partes y que tenga cuidado dónde hable: hay micros por todas partes.

Al mismo tiempo, afirma que quiere ayudarle en su cometido: le disuade de la indagación sobre Donald Bloom y le afirma que “su hombre” es Edward Roy (aquel afroamericano que lo espiaba), y la investigación de Will se encamina ahora por ese cauce marcado por Kale. La cuestión reside en saber qué pretende realmente Ingram con respecto a Travers: ¿protegerlo, ayudarle en su búsqueda o precipitarlo hacia el ojo del huracán? De momento, nos tendremos que conformar con un nuevo signo que aparece en el cliffhanger, cuando Will entra a curiosear en la oficina de su superior, y fija su atención en una enigmática figurita de búho. Un indicio que tiene pinta de ser otra metáfora, algo similar al trébol de cuatro hojas, pero seguramente con un referente más real.

Por otro parte, Katherine, el otro gran foco de la investigación, visita a la viuda de Gerald Bradley, el hombre cuyo suicidio parecía interesar especialmente al señor Rhumor. De viuda a viuda, comparten sensaciones, sobre todo la relacionada con la confusión, con el poco sentido que le encontraban a sus respectivos suicidios. Finalmente, descubrimos que fue Rhumor quien sucedió a Bradley tras su muerte en una misteriosa compañía, precisamente la misma para la que ese tal Edward Roy trabaja, algo que Travers se ocupó de averiguar. La corporación en cuestión, y de momento, el único punto fuerte de unión entre las dos grandes tramas, se llama Atlas McDowell, y sus cometidos están relacionados con la seguridad. Pero lejos de ser la compañía omnipotente a la que nos tienen acostumbrados los seriales de intriga, y tal como esta serie nos enseña a sospechar de todo, ésta tiene toda la pinta de ser una tapadera más, quizás la más importante, el centro de conexión de los diferentes nodos, pero con todo, y al fin y al cabo, una tapadera. Estamos muy cerca ya del centro del laberinto.


Weeds 6×03: A Yippity Sippity

Los Newman por fin realizan una necesitada parada en su viaje. Seguimos en la Costa Oeste, pero mucho más al norte: Seattle es el lugar elegido con miras a relajarse y pasar allí una temporada. Con urgencias financieras inminentes, no les queda otra que empezar a lo factotum para poder seguir adelante de una manera “honrada”, tal y como deseaba Nancy. Su rápida inserción laboral no podía surgir de una manera más rocambolesca. Se trata de un lujoso hotel cuya gran parte de empleados se encuentran haciendo huelga. El gerente (Patrick Fischler, cuya cara os sonará de Mulholland Drive, Mad Men y Perdidos) es un individuo rematadamente borde, y nuestros protagonistas se toparán con las situaciones más esperpénticas y frustrantes. Desde un Andy al que su jefe (sí, Peter Stormare, Abruzzi de Prison Break) no deja demostrar sus habilidades culinarias, hasta un Silas cuyo primer cliente, un hombre sesentón, le deja jugosas propinas a cambio de que le lea sus libros en ropa interior, pasando por una Nancy que se encuentra a un viejo verde grosero y deslenguado esposado a una cama rociada con la orina de una prostituta.

Pero el que más y el que menos sabíamos que no iban a durar mucho llevando una vida “normal” y acabarían volviendo a las andadas al golpe de un chasquido. Su auténtica motivación ya es algo complicado: ya sea porque le han cogido vicio a eso que en principio iba a ser sólo un salvoconducto financiero y acabó siendo la armada del siglo, o bien porque puede ser la única manera de ganarse la vida holgadamente, aunque repleta de riesgos. He aquí la ambigüedad moral con la que juega la serie: si la cuestión es que el narcotráfico es por sí mismo la más adictiva de las drogas o bien que los trabajos convencionales son demasiado desagradecidos, o al menos, poco emocionantes. De hecho, poco después de llegar al hotel se preguntan qué hubiese pasado si Nancy hubiese tomado una decisión diferente a la que sirvió como detonante de esta serie ya veterana: un insólito y radical cuestionamiento que ataca a los mismísimos cimientos de la serie.

Entonces Shane afirma, sin tapujo alguno, que habría acabado siendo igualmente un psicópata contenido. Fuera del reparto de empleos, le queda la única tarea de hacerse cargo del bebé. Y aún así sigue el pobre diablo sigue ejerciendo el mal sin miramientos, aunque sus acciones sean piadosas, por el bien de su familia. Esta vez más a pequeña escala, robando a otra madre la silla de bebé (cuya marca y modelo dan título al episodio) para restituir la de su hermano. Un elemento aparentemente insignificante que, aunque sea a modo de indicio, puede tener importancia en las entregas venideras.

En este orden de cosas nos encontramos asimismo con la aparición de la primera estrella invitada de la temporada, la mismísima Linda Hamilton, una camella a pequeña escala, a la que Nancy accede tras fingir tener cáncer en una asociación de afectados. La familia parece no quedarse nada atrás en disfuncionalidad, algo que ya resulta incluso predecible en esta serie. Así, tenemos una especie de déjà vu que nos lleva a aquellos comienzos en Agrestic. El problema es que esta mujer sólo proporciona pequeñas dosis, exclusivamente para el consumo personal, y se niega a que alguien se la mueva. Pero Nancy es más lista que el hombre, y aprovecha la morralla que esta cultivadora desecha por completo para fabricar otro tipo de hierba. Nancy Botwin y Sarah Connor como las cabecillas del narcotráfico en Seattle (y lo que toque): se avecina una muy gorda.

Por cierto, vuelve el clan creado por Celia Hodes, aunque sin su abeja reina. De momento, el único que reaparece es un zángano prostático, es decir, Doug Wilson, al que ya se añoraba un poco. Como siempre tan inoportuno, se ha metido en un lío de tres pares. Mientras merodeaba por Villa Botwin, seguramente intentando rapiñar todo lo que pudiese para su nuevo negocio, allí llegan César y sus lacayos, justo al final del episodio: vaya un cliffhanger. Ahora la pregunta es si Doug (y compañía) jugarán al despiste o si en cambio se unirán a la causa de Esteban, a modo de rencorosa revancha con Nancy y los suyos. También se ha anticipado el el regreso de Audra, a través de una grabación de vídeo que abre el capítulo. A fragmentos, expresa a la cámara, a nosotros, su profundo arrepentimiento por haber tratado a Andy de esa manera, por haber dudado tanto de él justo antes de que huyese junto a la tropa. Todo apunta a que acudirá en su búsqueda.

 

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