67 MOSTRA INTERNAZIONALE D’ARTE CINEMATOGRAFICA DI VENEZIA (V) – FESTIVAL DE VENECIA (V)

DIARIO DE UN GALLEGO
EN VENECIA


DIA CINCO (05/09/10):
EL AUTÓGRAFO DE TARANTINO

Hoy he sido protagonista de una historia digna de un relato de Paul Auster. Este mediodía, justo después de ser entrevistado en directo por mis compañeros de Radio Galega, estuve bromeando con algunos de “los 27” acerca de la posibilidad de encontrarnos con Quentin Tarantino aquí en Venecia. El caso es que, aunque él es el presidente del jurado de la Sección Oficial, apenas se ha dejado ver desde que comenzó el festival y tan sólo uno de nosotros (Hagen, el alemán) lo había visto (desde lejos).
Todos estábamos de acuerdo en que no estábamos dispuestos a pasar horas en la alfombra roja con la esperanza de verlo, así que comenzamos a fantasear sobre posibles situaciones (cada cual mas extraña) en las que nos lo pudiésemos encontrar. Se nos ocurrieron unas cuantas ingeniosas, pero ninguna de ellas contemplaba la posibilidad de encontrárnoslo en una sala, ya que suponíamos que acudiría a los pases reservados a profesionales y prensa.
El caso es que la mayoría de nosotros estábamos mas o menos convencidos de que nos iríamos de Venecia sin haber visto a Tarantino. Pero, afortunadamente, estábamos muy equivocados. De hecho, en mi caso, fue una de esas historias de acumulación de casualidades que a uno siempre le gusta vivir y, sobre todo, contar.

Comenzare desde el principio, porque la cosa tiene miga:
Esta tarde nos invitaron a una ‘cocktail party’ en la Villa degli Autori, en la que también estaba invitado, entre otros, Willem Dafoe. Nos pusimos ciegos de canapés y champagne hasta el punto de perder la noción del tiempo (y alguna que otra película), así que sobre las ocho tuvimos que enfrentarnos al dilema de cada DIA: ¿cuál de estas tropecientas películas ver ahora? A las 20.30 proyectaban en la sala Dársena la cinta española Caracremada y, aunque apenas duraba 98 minutos, ir a esa sesión significaba perderse el pase de la chilena Post mortem (a las 22.00 en la sala Grande). Todos mis compañeros decidieron no arriesgarse y esperar en la coktail party hasta la proyección de Post mortem, pero yo estaba realmente intrigado por Caracremada, así que me la jugué y me fui a verla yo solo. Para colmo de males, la presentación del equipo de la película retrasó el comienzo de la proyección unos diez minutos, por lo que di por sentado que no Sergia imposible llegar a tiempo a Post mortem. Decidí relajarme y disfrutar de la película catalana, pero en cuanto comenzaron los créditos finales me fui volando (o como decimos en Galicia, “a lume de carolo”) hacia la salida que daba al Palazzo del Cinema. Debió de ser divertido verme en medio de las butacas corriendo y aplaudiendo al mismo tiempo.
Eran ya las 22.15, pero aun así decidí probar suerte y me fui pitando hacia la sala Grande, con la esperanza de que me dejasen colarme aunque la proyección de Post mortem hubiese comenzado ya. Sin embargo, por algún motivo que la organización no quería explicar (y que no descubriríamos hasta bastante mas tarde), la sesión prevista para las diez se había retrasado hasta las diez y media. Esa fue la primera de muchas casualidades afortunadas. Pese a todo, la cola que había para entrar era interminable, aún cuando la sala estaba ya casi llena. Sin embargo, por pura casualidad, reconocí a mi compañera letona (Dace Lea) hacia el inicio de la fila y, ni corto ni perezoso, salté la valla y me fui (lo mas discretamente posible) a su encuentro. Me gane unos cuantos insultos mamado que justificados, pero al menos estaba en la sexta o séptima línea. Aun así, mi compañero Frances (Hugo Bahriní) me dijo que creía que la sala estaba ya llena y que no dejarían pasar a nadie mas. Se lo pregunte al gorila de la puerta (aquello parecía la cola para entrar en alguna discoteca cool de Manhattan) y me dijo que dentro quedarían unos diez o doce asientos libres. Eche cuentas y deduje que, a pesar de semejante carrera y después de haber cabreado a la muchedumbre, finalmente me iba a quedar sin poder entrar. En cuanto retiraron la cinta y dejaron pasar a los primeros cruce los dedos y me fui decidido hacia la puerta, aunque supuse que de un momento a otro nos cortarían el paso, ya que había entrado ya mas de la docena de personas que habría predicho el gorila. Aun así, podéis imaginaros la cara que se me quedo cuando, precisamente al llegar mi turno, me detuvieron y me dijeron que, ahora si, la sala estaba completa. Me puse tozudo y les dije que estaba solo (de hecho era cierto porque había dejado pasar a mis compañeros delante). Insistí en que seguramente habría al menos una plaza mas, pero el seguraza me mando a paseo. Muy a su pesar, se tuvo que tragar su orgullo apenas unos segundos mas tarde, ya que le dijeron por el walkie-talkie que había aun seis butacas vacías. Tenia que dejarme pasar y Ashby lo hizo. Mientras yo cruzaba la puerta se quedaba a mi espalda un par de cientos de personas realmente cabreadas (se que fui un jeta, pero en Italia el que no corre vuela).
Aunque ya había tenido una suerte increíble, mi fortuna agarrado no se había acabado ahí. Una vez dentro busque con la mirada las seis famosas butacas vacías y me sorprendí de veras cuando vi. una fila entera vacía. De hecho era la mejor fila de la sala. Resultaba bastante sospechoso, pero aun así me dirigí hacia allí dispuesto a sentarme. Evidentemente no tardaron en frenarme los pies y explicarme que aquella fila estaba, naturalmente, reservada para alguien bastante mas importante que un gallego de aldea con acreditación. Esta vez apenas proteste, así que volví a alzar la vista y cual seria mi asombro al descubrir que, dos filas mas atrás, había una butaca libre justo al lado de mi compañero Thorben Grosser, el representante de Luxemburgo.
Ni siquiera me había acomodado del todo en mi asiento cuando comencé a escuchar aplausos al fondo de la sala. Estos aplausos, tímidos al principio, fueron haciéndose mas y mas sonoros hasta convertiré en una gran ovación. El publico de Venecia es de veras encantador con los autores, Ashby que supuse que Pablo Larrain, director de la cinta que íbamos a ver, había hecho su aparición junto al resto de su equipo. Sin embargo, al darme la vuelta para comprobarlo, me quede ATM al constatar que no era ese director al que ovacionaban, sino a otro: Quentin Tarantino! El director de Pulp Fiction, Reservoir Dogs o Malditos Bastardos estaba allí, en medio de la escalera de la platea, tratando en vano de pasar inadvertido. La primera impresión que me lleve de el fue la de un tío bastante campechano, ya que aunque respondía a los aplausos con calidas sonrisas y expresión de agradecimiento, parecía intentar hacerse notar lo menos posible. Lo segundo que pensé fue que el tirado debe de estar pasando un verano cojonudo, ya que estaba realmente moreno.
Tarantino se apresuro a recorrer el pasillo central a toda velocidad y se sentó, chalé no, en el centro de la fila reservada (ahora ya sabíamos por que la proyección se había retrasado). Mira por donde, resulta que yo no solo estaba únicamente dos filas mas atrás que el, sino que también estaba en el centro de mi fila. De hecho, podía tocarlo con apenas estirarme un poco.
Había estado tomando apuntes de Caracremada en la cola, así que todavía tenia mi cuaderno de notas en la mano. Automáticamente, se lo ofrecí a Tarantino para que me firmase un autógrafo. El tío me sonrío amablemente, me dibujo un garabato en una hoja en blanco y me devolvió el cuaderno sin perder su sonrisa en ningún momento. Ojala pudiese contar que a continuación tuvimos una maravillosa conversación sobre Machete (por ejemplo), pero la verdad es que antes de escuchar por megáfono que la película iba a comenzar apenas tuve tiempo de decirle el clásico “Thank you!”, a lo que el me respondió con un “no problem, man”. Durante nuestro breve cruce de miradas no pude evitar pensar “¡Quë grande eres, cabronazo!” Mi compañero checo se abalanzo sobre my y me entrego la carátula del dvd de Malditos Bastardos, pidiéndome que le pidiese a Tarantino que se la firmase, pero era demasiado tarde: la proyección ya había comenzado.
Se apagaron las luces y me olvide completamente de Tarantino, ya que el magnifico espectáculo que presencie a continuación absorbió toda mi atención (y concentración). Fui realmente afortunado de haber podido colarme in extremis en aquella proyección, ya que no solo me habría perdido la oportunidad de conocer a Tarantino, sino también de ver la que me ha parecido (hasta ahora) mejor película de esta edición de la Mostra de Venecia.
La chilena Post Mortem es una película sólida, contundente, sobrecogedora y, sobre todo, dolorosa. La cinta de Pablo Larrain (que repite en Venecia dos anhos después de presentar Tony Manero), reflexiona acerca de las consecuencias inmediatas del golpe de estado de Augusto Pinochet desde el punto de vista de Mario (Alfredo Castro), ayudante del forense que realiza la autopsia de Salvador Allende. A pesar de que esta film profundiza brillantemente en la Historia, no es un película “histórica”, sino un drama intimista que nos sumerge de lleno en la melancólica mente de su gris, amilanada y mustio protagonista. Sus diálogos, escasos, son admirablemente reveladores; mientras que las interpretaciones, afligidas y contenidas, son encomiablemente desgarradoras. Como espléndido remate a un film excelente, Larrain nos regala un plano secuencia implacable y demoledor, de los que se tarda mucho en olvidar.
De ese modo terminaba la jornada, pero vayamos ahora al principio. Para no excederme demasiado (son las cuatro y media de la madrugada), señalare que hace exactamente veinte horas comenzaba la proyección de la esperada Potiche, una comedia francesa dirigida por François Ozon (Swimming Pool, El tiempo que queda) y protagonizada por Catherine Deneuve, Fabrice Luchini y Gérard Depardieu. La cinta es deliciosa, ingeniosa y mordaz en su primera mitad, pero hacia el final se pierde en un proceso electoral en el que no sólo pierde la gracia, sino incluso el interés.
A continuación asistimos a un estimulante debate titulado What has happened to independent American cinema?, en el que destacaron la presencia del director Paul Gordon y, sobre todo, del crïtico de Variety y productor Stephen Gaydos. Cada día “los 27” nos implicamos Mass y mejor en los debates, y personalmente hoy estuve especialmente interesado y activo. Por ejemplo, cuando pregunté a Gaydos acerca de las vertientes paralelas (comercial/independiente) que tratan de mantener algunos directores como Steven Soderbergh o Gus Van Sant, me respondiö con franqueza que, según ël, mientras Van Sant logra mantener viva una voz propia, Soderbergh la perdió al traspasar la frontera y entrar de pleno en la industria hollywoodiense. Otras de sus reflexiones fueron muy crïticas acerca de la labor de ciertos productores: “hay muchos modos de ganar dinero, ¿por quë haces películas si no quires expresar algo?”, observö el periodista. Tambiën hablö de su amigo Monte Hellman (Gallos de pelea, Carretera asfaltada en dos direcciones), con quien lleva anhos trabajando como productor. “Los inversores suelen decirme <<>>”, ironizö Gaydos, antes de concluir: “la clave estä en narrar historias universales, pero siempre sin perder la huella de su origen cultural, político y geográfico”.
La tarde tuvo un intenso sabor iberoamericano, ya que antes de Post Mortem vi las notables Pequeñas voces y Caracremada. La primera, una cinta colombiana de animación dirigida por Jairo Carrillo y Oscar Andrade, se hace eco de la experiencia de Vals con Bashir para denunciar los desplazamientos de niños en aquel país sudamericano tratando de huir del horror de la guerra. También en esta hermosa aunque cruda cinta la animación es el medio de expresión a través del que se rememoran y representan los testimonios reales de las victimas infantiles del conflicto armado entre el ejercito y las FARC.
Caracremada, por su parte, es un estilístico retrato de Ramon Vila Capdevila, el ültimo maqui catalän. La acción se sitúa en Cataluña, en 1951, año en que la CNT cesó oficialmente la lucha armada contra el bando nacional. El protagonista de esta película (interpretado por Lluís Soler) decide continuar desde la montaña una resistencia solitaria que finalizará con su asesinato en 1963. El director de esta película, el joven Lluís Galter, demuestra una inusitada valentía al llevar a cabo un proyecto arriesgado, radical, contemplativo, sofocante, desmitificadora, prácticamente mudo en cuanto a diálogos se refiere. Esta cinta es extremadamente exigente con el espectador, pero su alta calidad recompensa el esfuerzo de quien tiene la voluntad de introducirse en ella. Si hay algo que destaca en este filme por encima de todo es la soberbia dirección de fotografía de Jordi Figueras (a la que contribuye una labor de localizaciones excepcional), sin duda una de las mejores del festival hasta el momento.
Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho (y media). Si es que el cuerpo aguanta.
(Disculpad las faltas de ortografía, que son muchísimas, pero sigo usando un portátil prestado con teclado extranjero. En esta ocasión el alma caritativa que me ha cedido su ordenador ha sido mi compañera sueca Fathia. Gracias)
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