DOMINGOS EN SERIE – 29/08/2010 (I)

MARCHANDO UN CÓCTEL
DE SANGRE Y ALCOHOL

Julio C. Piñeiro

Todavía resacosos de los premios de los mayores premios de la TV, nos llega este sensacional episodio de Mad Men, la misma noche en la que se trajeron bajo el brazo el Emmy que la consagra, por tercer año consecutivo, como la Mejor Serie de Drama. Los guionistas, que lo tenían todo muy planeado, nos traen un capítulo con una entrega de premios como tema central, como contexto y como detonante.

Y si a los yuppies de la Madison Avenue les tira bastante el alcohol, a las criaturas sobrenaturales y demás especímenes del misterioso pueblo de Bon Temps lo que les va es la sangre, un elemento definitorio que aparece ya en su mismo título, pero que en este episodio cobra todavía más relevancia. Varios giras y mucha información con la que tendremos que conformarnos durante una semana más de lo habitual, ya que la season finale de True Blood se hará esperar hasta dentro de dos domingos. Pero bueno, este antepenúltimo episodio no es poca cosa, os lo aseguro. Pasad a comprobarlo si no me creéis.
True Blood 3×11: Fresh Blood

Por primera vez, y eso que ya van tres temporadas, ese innecesario subtítulo con el que lanzaron la serie en los países hispanohablantes resulta inevitablemente oportuno. En este capítulo homónimo,
la sangre está más fresca que nunca, no sólo la vampírica, y sirve de catalizador como nunca antes. Pero cuidado, contrariamente a lo que se podría asumir en un principio, blood can lie, tal y como Lafayette asegura a su nuevo amante, que cada vez parece menos normal.
Como ya he dicho, tenemos un capítulo sin grandes dosis de acción, pero muy cargadito de información y giros dramáticos, necesarios antes del festín final de temporada (y del verano, ¿por qué no?), además de que se debe dejar un margen considerable para la cuarta temporada. En cuanto al arco argumental principal, era poco menos que obvio que la extraordinaria Sookie iba a ser la clave de la megatrama vampírica que se lleva tejiendo desde el inicio de temporada, y de manera implícita, desde la primera temporada. Sucede que esa gran delicia que para los vampiros es la sangre de las hadas, que creían extintas, les lleva al mayor de los placeres.
No, no es esa especie de jardín del Edén al que accedieron tanto Sookie como Bill, no. Echando la vista atrás, justo después de que él, en descontrolado estado de frenesí, devorase a su amada, se percató de una anomalía, mucho antes de entrar en el jardín de las hadas, y que pudo pasar perfectamente desapercibida por el espectador: al salir de las furgoneta, es pleno día, soleado y clareado, y a Bill tardan un tiempo en hacerle efecto los rayos de sol (de hecho, podemos constatar que fue en este momento cuando confirmó sus teorías sobre la naturaleza de Sookie).
Ahí está el misterio: caminar bajo el sol, sentirlo, ese es el mayor placer al que los vampiros pueden aspirar, y que muchos creían una utopía, una mera fantasía. Y el secreto, como no podría ser de otra manera, está en la sangre, pero no en la vampírica, sino en la féerica, la de las hadas. De esa manera, Eric le ofrece a Russell la posibilidad de disfrutarlo, como manera de evitar su confrontación directa, su duelo personal, que ha transcendido a gran escala, pero que no deja de ser una venganza personal. Con Sookie sometida y Bill contenido, mirando, los dos contendientes beben con avidez la sangre de la protagonista, dejándola en un fuerte estado de inconsciencia. Ambos la beben para caminar bajo el sol, pero primera va Eric, porque el rey no es tonto y sospecha. Cuando el vikingo parece estar en la gloria, entonces Russell sí sale a disfrutar del astro rey.
Pero Eric es más listo que el hambre, y lo sabemos, siempre tiene un as debajo de la manga. Resulta que el efecto de la sangre de hada dura muy poco, y en cuanto el villano se encuentra a su lado, desprevenido en su goce, el rubio lo esposa junto a él, y pronto abmos se achicharrarán. Eric realiza su sacrificio final para mandar a Russell al infierno. Genial cliffhanger para el penúltimo episodio de la temporada. Ahora bien: ¿es sólo la venganza lo que motiva esta solución final, o hay otros motivos que todavía desconocemos o a los que no hemos dado la importancia que se merece?
Por otro lado, la crisis de la sempiterna pareja llega esta vez a su cumbre. Previamente, los vemos muy distendidos en una sensacional secuencia, muy cargada de comicidad y autorreferencialidad, en la que ambos se marcan el cuento de la lechera mientras escapan en coche, y la piedra con la que tropiezan y caen, rompiendo el cántaro, no podía ser otra que la irrupción del rey y del vikingo. Ahora viene lo mejor. Había no pocas teorías de que Bill no estaba siendo del todo sincero, y que quizás nunca lo había sido. Pues estaban muy acertadas. A punto de ser devorada por dos chupasangres ancestrales, Bill confiesa que las pretensiones de aquellos son reales, que él mismo lo experimentó, pero que se lo había ocultado. Atención, la ruptura definitiva no parece ya tan lejana.
Estando tan cerca la resolución de la temporada, no se debían pasar por alto el resto de tramas, que pueden confluir en una especie de big bang destructivo con fuego, luces y sangre por doquier. De nuevo, la clave está en el dichoso líquido rojo que corre por la venas. La V es el catalizador que hacía falta en la relación de Hoyt y Jessica. Con la vinculación, el deseo se hace más intenso, y por fin los vemos pasar al siguiente nivel, aunque la culminación todavía queda lejana. Asimismo, también funciona como detonante para Lafayette, cuya cabeza empieza a estar repleta de pesadillas y tormentosas visiones relacionadas con todos esos elementos sobrenaturales que contempló en aquel viaje psicotrópico con Jesus.
El chamanismo y el espiritismo parece por fin pasar al primer nivel, tras aparecer en el plano secundario en las temporadas anteriores. No sólo hablo del pasado de Jesus que ahora atormenta a Lafayette, sino también de la no menos misteriosa Holly. Está visto que en esta serie no hay nuevo personaje que sea del todo normal. Desde el principio, la nueva del Merlotte’s adquiría un rol activo en sus relaciones con los demás. Ahora, se enfunda el traje de mentora cuando somete a la insegura y manipulable Arlene a un ritual de “aborto espiritual”, por llamarlo de alguna manera. Un ritual tras el que la pelirroja accede por un momento a una especie de nirvana, algo parecido al jardín de las hadas, pero cuya naturaleza todavía es completamente desconocida. Lo mejor de todo es que, pese a un considerable salida de sangre del lugar por donde nace la vida, el fruto de su vientre sigue donde está, y perfectamente. Algo me dice a mí que aquí tenemos una de las tramas principales de la próxima temporada, la del hijo del mal.
Por otro lado, Jason se muestra reacio tras la revelación de Crystal, que no es una cambiante sino “simplemente” una mujer pantera. El hermanísimo no puede evitar todavía esa aversión natural a las criaturas, por mucho que abunden a raudales en su pueblo. Pero luego, su sentido del buen hacer y su compromiso con la justicia quedan bastante mermados, cuando se da una vuelta por el estadio y descubre a un joven deportista que consume V para mejorar su rendimiento, por recomendación de su entrenador, y que lo ve como algo completamente normal (¿tendrá una base real el hecho de llamar “vampiros” a los controladores antidopaje?). Entonces vuelve junto a Crystal, cuyo único objetivo ahora mismo es evitar esa sangrienta redada en la villa de los Norris, uno de los grandes eventos de la season finale.

Por último, nos quedan los seres más sufridores de Bon Temps.
Sam llega borracho como una cuba a su bar e empieza a insultar a todo el mundo. Todos quedan indignados menos Tara, muy indignada por otra parte con la autoridad competente, tras conocer la verdad sobre la muerte de Eggs. Ambos animales heridos, dolidos por la pérdida, por la inseguridad, por no encontrar su sitio, por que se aprovechen de su buena voluntad. Vimos ya algunos acercamientos en temporadas anteriores, pero ahora no se pueden resistir, y se consuelan juntos de la mejor manera posible. Mientras tanto, un Tommy dolido por el mal trato que le ha dado su hermano en su estado etílico, empieza a forzar la caja fuerte. Este chaval la va a liar.

Mad Men 4×06: Waldorf Stories
Todos somos conscientes de que para esta serie, la dislocación de la época del año que representa con respecto a la que se emite nunca ha sido un inconveniente. Pero en este capítulo, lo han calculado excelentemente y les ha venido como anillo al dedo. En una noche en la que se acabaron llevando el merecido Emmy a la mejor serie dramática, el episodio de turno narra, a su vez, una entrega de premios, aunque, obviamente, relativos a la industria de la publicidad, los Clio. Una intertextualidad curiosa y casi inédita, en un capítulo lleno de referencias, hacia fuera y hacia dentro.
Por referencias hacia dentro no me refiero a una peligrosa autocomplacencia, ese terrible defecto que le ocurre a muchas series cuando no saben avanzar e intentan salir del paso homenajeándose continuamente a sí mismas. Un episodio que comienza con la llegada de un ingenuo creativo que aspira a entrar en SCDP por su conexión de parentesco con la señora de Sterling, cuyo repetitivo y horrendo portfolio provoca poco menos que la carcajada en sus entrevistadores, Don y Peggy. Así, paralelamente, un Sterling que empieza a redactar sus memorias, evoca un fabuloso flashback en el que vemos cómo descubre a Don, vendedor de una tienda de pieles que sueña con trabajar de creativo publicitario. Un modo sensacional de conocer los orígines profesionales de Draper y de dar un mayor protagonismo al más mezquino e inmoral de los hombres locos.
En esos recuerdos vemos también, como estrella invitada, a una Joan que ya apuntaba maneras como amante del loco del pelo blanco. Lo mejor es comprobar como la tenacidad, la insistencia y la perseverancia de Draper supera finalmente a la indiferencia y la reticencia de Sterling. No sólo es el inicio de un self-made man como Don y de una agencia a la que llevó a lo más alto, sino el comienzo de esa peculiar relación, amistosa más por obligación que por voluntad, entre Sterling y Draper. Como no podía ser de otra manera, esta trama aparece estrechamente ligada con la supuesta principal, la entrega de premios en un lugar, el lujoso hotel Waldorf-Astoria, que funciona como escenario de encuentro y de sucesión de las historias más particulares de los hombres locos. Las historias del Astoria, otro gran retruécano referencial nada involuntario, y ya van muchos.
Ya no es por la ridícula y detectable pantomima de un Ted Chaough en la cuerda floja, ni por el nuevo encuentro entre Pete y Ken, que deja caer una posible fusión de SCDP con Guyer, su agencia, ni tampoco por el ligue de turno de Don, con el que no tuvo que hacer prácticamente ningún esfuerzo, ni tampoco el breve cameo de Duck Phillips, interrumpiendo la ceremonia totalmente ebrio. Se trata de la dimensión poliédrica y muchas veces poco equitativa de este tipo de premios, muy paralela a la controvertida noción de autoría en el medio cinematográfica y audiovisual. El premiado es Don Draper, cabeza visible de SCDP, pero por un producto en el que muchas ideas (por no decir todas) fueron propuestas por Peggy Olson, que no duda en ocultar su indignación, sobre todo por no poder acudir a la ceremonia. Al mismo tiempo, Sterling confiesa a Joan que siente el premio como suyo, que no hay premios directamente para su trabajo, pero que este precisamente consiste en encontrar a talentos como Draper, los que ganan los premios, que Don no serían nada sin él. Tal y como vimos en el flashback, es más bien Draper el lo que encuentra a él, el que se autodescubre. Por tanto, podemos resumir el rol de Sterling como la versión más cínica y ególatra de la tradicional figura del mentor.
Lo mejor es que, durante la fiesta posterior a la entrega de premios, nuestros hombres deben volver ipso facto para realizar una presentación que en principio se había aplazado. Draper, con unas cuantas copas de más, y ante la poca convicción del cliente con respecto a su propuesta inicial, empieza a lanzar una batería de eslóganes, cada cual más prefabricado y pueril. Lo más gracioso es que hay uno que sí gusta al cliente, y no es otro que aquel que utilizaba aquel ingenuo demandante de empleo en todos sus trabajos. Finalmente, más por evitar el ridículo que como un gesto de agradecimiento, contratan a aquel joven con pocas luces. Todo un ejemplo, si lo comparamos con la trayectoria de Don vista en este mismo capítulo, de como el nepotismo y la deformación profesional invaden progresivamente el mercado laboral, iniciando un proceso a cuya cumbre hemos llegado hoy en día. Está visto que nada cae en saco roto en esta serie: hasta el más mínimo personaje, línea de diálogo o detalle acaba teniendo una importancia más o menos considerable.
Fuera de esa dicotomía Draper-Sterling, el capítulo no se olvida de otros personajes (la alternancia de los primeros capítulos entre episodios muy Don-céntricos y menos Don-céntricos parece haberse disipado desde la entrega anterior). Muchos fans añoraban a Ken en los primeros episodios, y se alegraron con su vuelta y con sus nuevas noticias. Pues bien, su presencia en el Waldorf no es ni mucho menos testimonial. No se trata de una fusión de las agencias, sino de su retorno a SCDP. Pryce no se siente seguro con Pete tirando por sí solo del carro de las cuentas, ante la continua falta de seriedad y entusiasmo de Sterling. Campbell, a su vez, no puede evitar mostrase fuertemente reacio ante el regreso (y la inevitable competencia interna) de su némesis, pero finalmente se da cuenta de que se trata de un movimiento inevitable y necesario. Vuelve el duelo de gallos a la agencia: el espectáculo estará asegurado.
Luego está Peggy. Oh Peggy, qué decir de ella, nunca marchita, siempre tiene algo nuevo que ofrecer. Sin duda, ella representa en la serie, a su modo medianamente sutil, el cambio social que la clases altas todavía ignoran. Siempre ha tenido ese rol. Esta vez, ya no es únicamente su participación, considerable, pero en un segundo plano, en las tramas del premio y del inepto creativo. Su línea argumental se centra esta vez en la liberación sexual, latente en todo momento en el desarrollo de propuestas para Vicks Vaporub junto a un compañero bastante peculiar, el macarra y deslenguado Stan Rizzo. Un recién llegado que se nos presenta con la enésima referencia a la historia americana: proyecta para unas secretarias sin mucha idea el video “Confessions of a Republican”, panfleto (contra)propragandístico de la campaña Lyndon Johnson en el que se vinculaba a su rival, Barry Goldwater, con el Ku Klux Klan.
Yendo al grano, este tipo se les da de entusiasta de la revolución sexual, no parece tener muchas miras creativas más allá del desnudo y tacha a Peggy de mojigata y reprimida. Entonces, durante el fin de semana, mientras intentan recuperar el trabajo atrasado en un habitación de hotel (la agencia estaba cerrada), Peggy decide romper el bloqueo de ideas de una manera más que inesperada: se empeiza a desnudar y por imitación, el otro hace lo propio. Pero ruborizado por sus inevitables instintos fisiológicos, es el primero en volver a vestirse. La señorita Olson no para de sorprendernos, y esta vez, destapa la otra cara de la moneda: la acepción hipócrita y mentirosa de un movimiento de liberación del que sólo se conoce la superficie, perfectamente representada en el papel de Rizzo.
No podía faltar la dimensión íntima de Don, en la que toman parte, de manera más escueta, su pasado (Betty) y su posible futuro (la Dra. Miller). Tras la acelerada presentación de Life Cereal, donde la aportación de un novato inepto les salvó la papeleta, vuelve a la fiesta de Waldorf. Allí, vemos sus primeros movimientos con la Dra. Miller, quien deja claro que no será presa fácil, pero la TSNR se confirma. Luego, una compositora de jingles, con aires de trepa, y también galardonada, se le echa a sus brazos descaradamente. Es en este punto donde el equipo artístico de Mad Men demuestra de nuevo sus grandes habilidades visuales y narrativas, así como su perspicacia a la hora de insertar un momento provocativo. Lo segundo, cuando el ligue de turno le hace una felación al ritmo de un jingle que ella misma tararea: sobresaliente. Y lo primero, justo a continuación, cuando, mediante unos sutilísimos fundidos de la noche al día (que ya son marca de la casa), descubrimos una soberbia elipsis en la que hemos saltado todo un fin de semana, con una mujer diferente en la cama de Don: matrícula de honor. Es entonces cuando llama Betty y le echa en cara (lo que mejor sabe hacer) que se haya olvidado de su día con los niños. Sé que queréis más de la rubia, pero de momento, es lo que hay hasta la próxima semana.
 

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