DOMINGOS EN SERIE – 15/08/2010 (II)

DE HUÍDAS Y LISTAS

Mucha actividad en el API pese a la ausencia temporal de Will Travers: la dosificación de información en Rubicon se erige sin duda como su punto fuerte, y todavía en el primer acto, logra desarrollar una intriga muy hábil pero nada tramposa ni repentina, de momento. Si os va más el narcotráfico, el humor negro y las emociones fuertes, también estáis de suerte: vuelve, por 6º temporada, el clan de traficantes más divertido y entrañable de la televisión, vuelven los Botwin en Weeds.


Rubicon
1×04: The outsider

En este episodio, la investigación principal queda en un relativo punto muerto, ya que a Will Travers se encuentra ocupado, junto a su jefe, Truxton Spangler, en una ardua tarea. Ambos circulan por los despachos de Washington, reclamando una mayor financiación para el API. La apubullante habilidad de Will a la hora de descifrar códigos y obtener rápidas conclusiones es la principal baza que su jefe quiere utilizar para persuadir a diferentes altos estamentos, desde el Pentágono hasta la CIA, y conseguir que el API no sea un mero vértice operativo de la amplia red de inteligencia norteamericana a nivel mundial. Spangler, un tipo peculiar como él solo, hace gala de su sarcasmo ritual durante todo el episodio: desde un consejo a Will, propio de estilista obsesivo, acerca de cambiar su habitual mochila por un clásico y elegante maletín, hasta una (creemos que) improvisada disertación acerca del gusto por las corbatas, con la que finalmente convence a los peces gordos de la jerarquía militar. Al mismo tiempo, logra mantener a su empleado más valioso alejado de su investigación particular, encaminada a revelar una conspiración en la que el propio Spangler estará seguramente involucrado.

Pero ni siquiera una tarea de ese calado mantiene a Travers al margen de la que puede ser la mayor indagación de su vida, pese a encontrarse completamente “fuera de los libros”. Aprovechando su estancia en la capital, se reúne (en un garaje, al más puro estilo Watergate) con un antiguo compañero y amigo, al que le había pedido información acerca de esos siete nombres que David le dejó ocultos bajo un complejo código. Es aquí donde por fin sale a la luz la conexión con la CIA: de aquellos siete nombres, seis de ellos fueron empleados de “La Agencia”, de los cuales, únicamente viven dos de ellos. La identidad del séptimo hombre es todavía una incógnita, así que por este lado parece que van a ir los tiros. De momento, Travers aprovecha una llamada “de socorro” de sus compañeros del API (los cuales demuestran tener poca capacidad de supervivencia sin él) para avanzar algo de trabajo , al pedirles que busquen información sobre Donald Bloom, uno de los dos supuestos ex-agentes de la lista de David que aún sigue con vida.

El otro foco de la investigación principal, correspondiente a la otra repentina muerte ocurrida en el piloto, es asumido, casi inconscientemente y de casualidad, por la propia mujer del fallecido, Katherine Rhumor, aunque obviamente, desde un nivel remotamente más inexperto, e ingenuo, que el del ingenioso y perspicaz protagonista. Desde el principio, incluyendo el suicidio mismo, advertía que muchas cosas no encajaban. Así, a través de algo tan insignificante como el panfleto de un restaurante de comida rápida asiático, descubre lo que nosotros ya intuíamos (por no decir que lo sabíamos de pleno): James Wheeler, el amigo de familia, está en el ajo, y ha sido tan imprudente como para dejar suelta una prueba del crimen. Esto sólo es el principio para la señora Rhumor, que confirma sus sospechas más profundas: hay algo muy gordo detrás del suicidio de su marido, y ella parece dispuesta a destaparlo.

Pese a todo, la mayor parte del capítulo se centra en los investigadores del API, Grant, Miles y Tanya, que de primeras, se encuentran totalmente en pañales al enfrentarse a una evaluación inminente sin la presencia de Will. Esta serie todavía no se ha introducido demasiado en el terreno emocional, ni ha tenido una excesiva carga dramática (las muertes en el piloto son tan de sopetón que resultan frías y asépticas para el espectador), pero esta subtrama es el comienzo. Funciona como el conducto para la introducción de unos dilemas emocionales, con fuerte carga dramática , ya no ligados a la intimidad de los personajes (que hasta ahora, de aparecer, lo ha hecho de manera eventual y efímera), sino ante la dimensión de las consecuencias de cada decisión tomada en esta profesión tan arriesgada (para el mundo, no para el propio trabajador) y de tanta responsabilidad. Vemos perfectamente ilustradas, sin incurrir en un dramatismo cargante y rancio, la frialdad e inmoralidad con la que estos agentes toman decisiones que ponen en riesgo vidas humanas.

Lo peor de todo es que eso mismo, visto desde otra perspectiva, puede ser calificado como profesionalidad y naturalidad. Ni siquiera Tanya, la nueva, más joven, y por ende, más escéptica, parecen afectarle, al final del día, las terribles consecuencias derivadas de su evaluación, pese a todo lo reacia que fue en un principio a esa determinación tan tajante de sus compañeros. Todo ello en una dinámica de parcialidad, suposiciones, hipótesis, verdades incompletas y demás lagunas: pero tal como sentencia Kale Ingram, despachando cualquier duda, “la inteligencia es incompleta, esa es su naturaleza”.

La carga emocional de los personajes, en su intimidad, acabará haciendo acto de presencia. Tanto al principio como al final del episodio, Will se fija en su vecina de enfrente, de presencia enigmática, al lado de Travers, que ni mucho menos se vuelve tímida o hermética ante su mirada. En una serie que nos enseña a sospechar hasta de lo más mínimo, no es nada aventurado pensar que ella también está en el ajo. Una TSNR con toque criminal que puede ser muy interesante, como contrapunto ante el poco avance de la historia de Will con Maggie, cuyo problema familiar, por otra parte, no se vuelve a mencionar. ¿Creéis que ya habéis visto bastante? Ésto no es más que la punta del iceberg.

Weeds 6×01: Thwack

¿Echábais ya de menos las situaciones rematadamente pintorescas, el humor más negro y sarcástico y la ilustración más sui generis del mundo del narcotráfico jamás vista? Sí, demos la bienvenida al sexto volumen de aventuras de la tribu de los Botwin. En vez de preguntarnos si será su última temporada o no, si la marihuana va a seguir creciendo fresca por más tiempo, dediquémonos a disfrutar de las alocadas situaciones que nos ofrece, siempre cargados con la correcta de dosis de ironía, sarcasmo, acidez, reflexión y crítica al entramado social (y político) contemporáneo. Vuelve la Showtime en estado puro.

El relato se retoma exactamente en el punto donde se dejó en el final de la quinta temporada. Nancy Botwin y sus tres hijos emprenden su enésima huida hacia no se sabe muy bien dónde. La escapatoria va a resultar más complicada que nunca, ya que estarán perseguidos y acosados tanto por un poder tanto oficial, relacionado con la carrera política de Esteban y las más que probables polémicas y revuelos mediáticos, como extraoficial, por parte de todo el tinglado de narcotráfico en la frontera. Por mucho que los Botwin se hayan acostumbrado a vivir peligrosamente, habiendo tenido que lidiar con todo tipo de maleantes, desde rudos camellos de barrio hasta sanguinarias redes criminales armenias, la verdad es que lo tendrán bastante crudo para salir de ésta. Ya no se trata de drogas, se trata de un asesinato. Y no un asesinato cualquiera, sino el de todo un pez gordo de la política sureña, un manipulador cerebro en la sombra con multitud de contactos e influencias.

Por suerte, un aliado inesperado les ha dado una buena bocanada de oxígeno ante una más que probable persecución policial, pero ellos todavía no lo saben. El propio César, supuesto hombre de confianza de Esteban Reyes, se queda con la única copia del vídeo donde se aprecia de pleno el delito. Lo hace delante de su subordinado, a quien amenaza para se vaya de la lengua, sin que le tiemble el pulso lo más mínimo, pero siempre con la mayor serenidad y naturalidad. ¿Qué oculta este mercenario con pinta de adorable y rechoncho hombre de barrio? ¿Cuáles son los motivos que lo llevan a actuar de esa manera, contra todo pronóstico?


La importante es que también Shane, y no sólo Silas, han pasado progresivamente de ser las necesarias comparsas a elevarse como los pilares donde se sustente buena parte de la intriga, el drama y por supuesto la comedia. No tengo nada en contra de la enorme Nancy, ni mucho menos, pero el crecimiento que ha tenido sus hijos en un entorno tan poco ideal y sumamente amenzador no podía pasar inadvertido. Aunque las diferencias de planteamiento son casi abismales. Silas, por edad y perspicacia, es el primero en seguir los pasos de su madre, aunque sigue conservando, en la medida que puede, los valores más universales acerca de la difusa línea entre el bien y el mal, y hasta qué punto se puede traspasar esa frontera.

En cambio, Shane, condenado a la marginación desde el principio de la serie, se ha ido abriendo camino por sí mismo de una manera completamente atípica, hasta llegar al punto de cometer un asesinato con una inmediatez y tranquilidad que nos dejó pasmados a todos. Lo peor es que ni siquiera con la cabeza en frío parece percatarse de la que ha montado, al menos, no de gravedad moral. Incluso le resulta divertido y todo. ¿Será esto un crossover camuflado con el que la Showtime nos intenta contar con más continuidad la juventud de Dexter Morgan? No, creo que no. Shane Botwin actuó por impulso, con rapidez y dejando todos los rastros. No es el estilo del señor Morgan.

Por supuesto, no podía faltar Andy, a ratos patético pero siempre entrañable. Su historia con Audra también se retoma donde se dejó, con un antiabortista psicópata en el salón de su casa apuntándola a ella con una ballesta (que resulta ser un ex-novio suyo), y él “yéndose por el viento”. No escapó de ese peligro, sino de una relación que parecía tan perfecta que sabía que en algún momento se iba a ir al garete. Una Audra frustrada lo pone a prueba, con aquel elemento delante; lo ningunea para ver hasta qué punto aguanta. La llegada de la expedición de los Botwin, con una Nancy borracha, no hace más que empeorar las cosas. Finalmente Andy, todo corazón, pero también profundamente inseguro, cae en la trampa de su novia y acaba haciendo lo que mejor sabe hacer, quizás porque no sabe hacer otra cosa. Se une de nuevo a la familia con la que ha convivido, con la que tanto aprendido, junto a una mujer por la que, en el fondo, sigue coladísimo, y la única que, pese a drogas, huidas, asesinatos y demás tramas criminales, es capaz de hacerlo feliz.

Por otra parte, una auténtica pena que no haya continuado la rematadamente sarcástica y veleta Celia Hodes. No está previsto el retorno de Elizabeth Perkins, la actriz que le ha dado vida, y no parece que vaya a haber novedades favorables en ese sentido. ¿Volverá al menos ese grotesco clan que montó al final de la quinta temporada? Ojalá, porque sería el colofón a la (probablemente) última temporada de una comedia que se ha transformado magistralmente, casi sin darnos cuenta, de una sitcom familiar atípica y repleta de humor negro, a un pintoresco thriller transfronterizo de drogas, crimen, sexo y corrupción, siempre bajo la aureola de un humor mordaz y a ratos retorcido. Habiendo tocado tantos géneros, ¿nos traerán ahora una road-movie por las jugosas carreteras de la Costa Oeste? ¿O por el contrario, se instalarán los Botwin en algún nuevo lugar? ¿Lograrán crear su propio Agrestic privado? La verdad es que da igual, la sexta temporada tiene una pinta estupenda, y parece que no hará concesiones con nada, ni nadie.



 

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