DOMINGOS EN SERIE – 15/08/2010 (I)


ESPECTACULARES FINALES, PROMETEDORES COMIENZOS

No sabemos lo afortunados que somos de que exista la televisión por cable. Ya no sólo porque han tocado las series que han creado estos canales han alcanzado un techo inimaginable, elevando la ficción televisiva al lugar en el que ahora se encuentra. También porque podemos disfrutar el verano con series buenas, muy buenas o buenísimas; de lo contrario, tendríamos que sobrevivir con reposiciones, y al otro lado del charco, eso quiere decir ponerse con series o temporadas acabadas, o bien capítulos atrasados.


True Blood se acerca al final de temporada, mientras que Mad Men y Rubicon están a punto de abandonar su primer acto. Como adelantamos la semana pasada, tenemos un nuevo pasajero en Domingos en Serie. Sí, ha arrancado la nueva temporada de Weeds, y ya van seis. Vamos con las reseñas.

True Blood 3×09: Everything is broken

Como anticipamos, y seguramente vosotros así lo estáis esperando, se avecina un final de temporada espectacular. Un episodio muy diversificado, con tramas de muchos personajes. Varias pistas, un buen puñado de información, y por suerte, poca cancha a una pareja protagonista que ya resulta un poco cansina. Para procesar mejor tal cantidad de movimientos que ha habido, los agruparemos en los grandes bloques argumentales de esta 3º temporada.

La línea principal, que ha estado, presente o latente, desde el inicio mismo de la serie, ese conflicto interno de la especie vampírica, y en concreto, ese aspecto más punzante que es el dilema entre la separación y aislamiento de la sociedad humana o la integración con esta última y la consecución de igualdad (más civil y administrativa, el resto no tendrían sentido): un conflicto establecido desde una posición de privilegio por parte de los vampiros, y por tanto, notablemente diferente al relato de la emancipación esclavista con el que la serie guardaba similitudes en un principio. Yendo al grano, la megalomanía y el purismo de Russell se convierte en todo problema para la American Vampire League, que por fin salta de la televisión (diegética) al escenario, al mismo Fangtasia; la macabra intervención pública del rey de Mississippi al final de capítulo ha echado por tierra la cercana consecución de la anhelada carta de derechos civiles de la AVL.

Ahora bien, Eric, como centro de la sospecha por toda la sucesión de acontecimientos (muerte del Magistrado, rapto de la reina de Louisiana, tráfico de V), es quien advierte del peligro de Russell y su organización milenaria de vampiros con hombres-lobo como secuaces, y al mismo tiempo, expresa su profundo deseo de venganza, por lo que la AVL decide encargarle exclusivamente a él la resolución del conflicto, con la máxima discreción posible, aunque visto el final, ese último punto está ya algo complicado. Definitivamente, esa trama de narcotráfico que adelantábamos al principio de temporada, junto a la aparición de los hombres-lobo, no ha resultado ser más que el hilo conductor, el nexo entre Russell, Eric, Bill, la reina de Louisiana y el Magistrado. También vemos que Eric, consciente de la peligrosa misión a la que tiene que enfrentarse, aconseja a Pam empezar a crear: la fiesta está servida.

Por otro lado, la indagación sobre la naturaleza de Sookie Stackhouse es otro tema central del capítulo. Como ya he dicho, en este episodio el estado de su relación con Bill queda en suspensión, pese a una elegante escena inicial. Descubrimos que el caso de Sookie no es único: se revela una especia de “gen” particular de los Stackhouse, que les da a algunos de sus miembros esos dones sobrenaturales. Sookie descubre otras manifestaciones de ese “sexto sentido” en algunos de sus familiares, tanto hacia el pasado, con su “querido” tío Earl, como hacia el futuro, con su sobrino, el hijo de Hadley. La presencia de Bill se centra en una ensoñación en la que aparece en ese mismo lugar en sueños al mismo lugar idílico en el que Sookie aparece durante su estado comatoso hace un par de capítulos, donde el señor Compton no es bien recibido y lo acusan de ser una amenzada y un peligro para su amada. Al volver en sí, le cuenta por fin a Sookie que conoce su naturaleza. La revelación está próxima.

La tercera línea argumental, la más amplia y diversificada de todas, está en el pueblo de Bon Temps y sus pintorescos habitantes. En la primera temporada fue una asesino en serie, en la segunda una ménade, ahora parece que es una familia de cambiantes, o algo por el estilo, y no es la de Sam. Jason rescata de nuevo a Crystal de su maltratador prometido y lo amordaza en el bosque, pero éste, sin saberse muy bien de qué manera, logra escapar y ataca a un policía, que queda herido de gravedad: entre Andy y Jason deciden ejecutar una redada en el poblado de los Norris, pese a la intervención de Crystal (el mayor síndrome de Estocolmo en mucho tiempo). Por otro lado, el patriarca de los Norris vuelve a Merlotte’s con ganas de reyerta, y la obtiene, pero del que menos se lo esperaba (y nosotros también): el propio Sam (sí, Sam) revienta por fin, tras tantos capítulos, y le le propina una brutal paliza, ante el asombro de todos los parroquianos. Lo curioso es que Sam no explota hasta que papá Norris le llama “marica”; ahora recordemos esa sueño de Sam en el primer capítulo de la temporada, dónde tiene un erótico encuentro con Bill: ¿coincidencia? Teorías aparte, hay una nuevo guerrero en Bon Temps para esa gran batalla final, y ya van unos cuantos.

Volvemos a Jason, que actúa de nuevo como The Punisher y se carga a Franklin, aquel misterioso vampiro errante, cuando amenazaba a Tara, cuya fortaleza, aunque todavía muy inestable, parece haber venido para quedarse. Holly, la recién llegada, parece que va adquirir importancia en los capítulos venideros, una importancia que siempre tienen las nuevas camareras de Merlotte’s, como Amy o Daphne, aunque esperemos que no sea tan efímera: por un lado, ayuda a Tara, llevándola a un grupo de autoayuda, donde Holly confiesa haber sido víctima de una violación; por otra parte, Arlene se le confiesa sobre la paternidad del niño, que, como cabría esperar, es de René. En este último punto, se realiza un curioso guiño, implícito, a clásicos como La semilla del diablo o La profecía, de donde puede surgir una interesante trama para la próxima temporada. Por último, los romances secundarios. Lafayette sigue su trayectoria de redención/sentada de cabeza con Jesus, aunque al final del capítulo se ven envueltos, por obligación, en el conflicto de los Norris. El amorío más juvenil de Hoyt y Jessica camina sin pausa pero sin demasiadas prisas. Vuelven a acercar posiciones en Merlotte’s, cuando Hoyt se convence de que su “señuelo”, la infantiloide y charlatana Summer, no es ni de lejos la solución. Lo más importante de todo es que algo huele a podrido en Bon Temps, lo de los Stackhouse no es un caso aislado.

Mad Men 4×04: The rejected

Sin duda, estamos ante una de las mejores series de la década. Es increíble como conserva la frescura del primer día, y que al mismo tiempo, nada huela a rancio ni repetitivo, todo un aliciente si tenemos en cuenta que su estructura es mucho más episódica que serial. Podemos empezar a notar una cierta tendencia, más matemática esta temporada, a la alternancia entre episodios muy céntricos en Don (los impares) y aquellos en los que otros personajes comparte el protagonismo (los pares). Se puede decir, incluso, que el que nos ocupa es el capítulo más centrífugo con respecto a Don en lo que llevamos de temporada. Ni rastro ni mención de la familia Draper: lo dicho, la guerra de los Draper quedará aplazada para la segunda mitad de temporada, donde quedará como el argumento dominante.

Pero no sólo de Don Draper vive el espectador. Pete Campbell vuelve al ruedo, y sale por la puerta grande. La anulación de la cuenta de Clearasil, conseguida a través su suegro, funciona sólo como el detonante para una noticia que se le resistía hace tiempo, y no siempre deseaba sinceramente: Trudy está embarazada, Pete va a ser papá (oficialmente). No podían faltar las referencias a su aventura con Peggy, que derivó en un enigmático embarazo: el rencor y el resentimiento copan las miradas entre ambos, pese a las cínicas y obligadas felicitaciones. Al mismo tiempo, Pete, que es un niñato pero un monstruo de los negocios, consigue, de paso, el Vicks Vaporub a partir de la anulación de Clearasil. La manera en que las respectivas noticias llegan s us destinatarios, además de ser el tejido conjuntivo de esta minitrama, ilustra de manera muy interesante, y divertida, la dificultad de comunicar las malas noticias frente a la precipitación a la hora dar las buenas.

Por el resto, poco movimiento en la cúpula de SCDP. Lee Garner Jr. los sigue trayendo de cabeza, con exigencias y caprichos cada vez más absurdos. Lo mejor en este punto es la reaparición de un personaje que se andaba pidiendo a gritos. Sí, el mismo Ken Cosgrove, que tiene un encuentro con Harry Crane, tan veleta como siempre, y con su “querido” Pete Campbell. La tensión y el enfrentamiento que mantenían en la vieja agencia, sigue patente. Ken, que ahora trabaja para un filial de McCann, no es capaz de evitar las viejas rencillas y pide cuentas por supuestas calumnias. Por fin sabemos algo de su vida, y es que, según parece, se va a casar, con la irónica coincidencia de que su prometida y Trudy Campbell se conocen. Por mucho enfrentamiento y rencilla que haya entre Ken y Pete, ambos están hechos de la misma pasta, y más cuando se trata de negocios.

Esa megatrama de los cambios sociales se vuelve a manifestar, como era de esperar, a través de Peggy. Esta se hace amiga de Joyce, una empleada de la revista Life, cuyas oficinas se encuentran en el mismo edificio que la agencia. Resulta que trabaja junto a un fotógrafo de desnudos, un mundo totalmente nuevo para Peggy, que es tiene una mentalidad moderna pero no hasta ese punto, todavía encorsetada por sus creencias católicas. Joyce la lleva a una fiesta semi-clandestina, con su correspondiente redadas incluida, donde se destapa, ya no la contrafachada de esa América de los valores, que ya vemos en la intimidades de los “hombres locos” (y también las mujeres), sino lo que hay al otro lado del telón, esa realidad que va comiendo terreno poco a poco a la imagen oficial del país: la liberación sexual (Joyce enseguida se revela como bisexual), el consumo de drogas blandas (y no tanto) como algo habitual (pese a que el tabaco, por mucha restricción que le aplicasen, seguía siendo la droga oficial del American Way of Life) o el arte experimental (con referencia a Warhol incluida). Lo mejor es que estas nuevas amistades de Peggy tienen pinta de alargarse una buena temporada.

En tercer lugar, se nos muestra el lado más mezquino e infame del mundo de la publicidad en esos estudios de consumo con las chicas de la agencia, donde, en aras de un posicionamiento óptimo del producto en cuestión, les sacan de adentro sus peores fobias, sus peores traumas, a estas chicas todavía atrapadas en la obsesión del matrimonio ante la amenaza de la soledad, un imperante concepto machista que esta serie lleva ilustrando a la perfección desde el primer día. Persiste el enfrentamiento, un poco más calmado, entre la doctora Miller, responsable de esos estudios, y Don, en lo que ya podemos proclamar como la TSNR principal de la 4º temporada.

Por otro lado, Allison es una de las chicas que rompe a llorar durante ese estudio. De todas las aventuras de una noche que ha tenido Don, y no han sido pocas, ella es la que más tarda en olvidar, como si no supiese de antemano de qué pasta está hecho su jefe. Se siente tan frustrada y menospreciada que monta un escándalo en su despacho, o lo que es lo mismo, da a conocer a toda la agencia su aventura. Don se ve en la obligación de echarla, y para evitar mayores problemas, Joan contrata como su nueva secretaria a una mujer entrada en años. ¿Será capaz Don de sorprendernos hasta ese punto?

 

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