BORED TO DEATH (2009) – 1º Temporada


¡LO QUE HACE EL ABURRIMIENTO!

Julio C. Piñeiro



La casa Stradivarius era inigualable en todo el mundo a la hora de fabricar instrumentos de cuerda. Muchos intentaron imitar sus creaciones, pero sin éxito. Las unidades todavía existentes a día de hoy se consideran poseedoras de un valor incalculable.

Pues creo que en un futuro venidero, tendremos esa misma idea de la HBO y las series de TV a las que ha dado a luz. Esas tres obras cumbre de la ficción televisiva que son A dos metros bajo tierra, Los Soprano y The wire, superproducciones de la talla de Roma, Hermanos de sangre o la reciente The Pacific, series de género al nivel de Carnivàle o Deadwood, o telecomedias con la inventiva de Extras o El show de Larry David, forman ya parte del imaginario colectivo y han dejado patente que la narración catódica, bien hecha, no tiene nada que envidiar a su hermana mayor, la gran pantalla, bajo cuya sombra ha estado mucho tiempo ninguneada. Las claves, por decir algunas, pueden ser su gusto por los guiones cuidados y por desterrar formatos enlatados y ultradigeridos.

La comedia Bored to death es una de sus últimas perlas. En España, la 1º temporada (8 episodios) se emite en Paramount Comedy, pero todavía ningún canal gratuito ha anunciado la intención de incluirla en sus novedades para las próximas parrillas. En Estados Unidos ya se ha confirmado una segunda temporada.


Desde el primer capítulo se hace ver el sello HBO. Empezando por una divertida cabecera que anticipa el tono (humorístico) y el estilo (informal y referencial) de la serie. El sexo tiene mucha presencia, tanto en el propio argumento como en los diálogos y las situaciones, sin ningún reparo a mostrar desnudos si hace falta o actitudes “perversas” o “incorrectas” (aunque de sobra reconocibles) en los personajes, siempre bajo el yugo de la comedia. Así como la representación del consumo de drogas blandas, acción recurrente en la mayoría de los personajes, sea cual sea su estatus, lo que justifica (que no ensalza) de alguna manera su uso como actividad ociosa, habitual y puede que tolerada. Además, no podría faltar esa guinda que son los chistes políticamente incorrectos y a veces punzantes, aunque siempre sutiles y en el lugar y momento adecuados.

El personaje central, Jonathan Ames (alter ego homónimo del creador de la serie), es un escritor que se enfrenta a una doble crisis: la personal, a raíz del abandono por parte de su novia, y la creativa, sin ideas sustanciales para su segunda novela, de inminente entrega. En esta situación inicial, decide probar a hacer de detective privado, como una salida desesperada de esa espiral de hastío, condolencia con sí mismo y vacío creativo. Lo que empieza como un anuncio medio en broma se convierte en el pistoletazo de salida de eventos cada cual más alocado.

Para meterse en un pellejo de esas características, nada mejor que Jason Schartzman (Spun, Hazme reír), amigo y colaborador habitual de Wes Anderson, de cuya “factoría” parece también haber salido el personaje que nos ocupa, si bien un poco menos disfuncional. Aunque a quien realmente evoca es a una especie de híbrido perdido entre Antoine Doinel (que también hizo sus pinitos como detective, patentando el periódico como método de camuflaje), enclenque apasionado por las mujeres, los libros y la aventura, y un joven e igualmente esmirriado Woody Allen, judío agnóstico, adicto al sexo, neurótico, paranoico y atormentado.

Pero las tramas toman realmente fuerza y consistencia gracias a los dos compañeros de fechorías de este atípico e improvisado detective. El primero, Ray (Zach Galifianakis, al que vimos en Resacón en Las Vegas), figura del colega fiel, dibujante en horas bajas, regordete, sexualmente frustrado en su vida de pareja, enfermizo y consumidor ocasional de drogas blandas. Luego está George Christopher, editor de una importante revista de actualidad, viejo verde, promiscuo practicante y consumidor compulsivo, con el rostro de un renovado Ted Danson (Sam en la mítica Cheers), al que las canas le han sentado bastante bien: es nada más y nada menos que el zumbado e incorregible jefe de Jonathan, de quién requiere día sí día también sus servicios, más como camello o consejero espiritual que como redactor. Un trío hilarante, acertada combinación de dos reconocibles caras de la comedia moderna con toda una leyenda ochentera reciclada, que nos despertarán desde la maliciosa sonrisa hasta la más sonora carcajada.

La vertiginosa y poliédrica Nueva York funciona como un cuarto personaje, con especial atención al mundo editorial, sus círculos llenos de víboras y su encarnizada competencia, a la par que constituye el escenario perfecto para las situaciones más alocadas y delirantes en manos de nuestros protagonistas, a partir de las pequeñeces más insignificantes: desde la búsqueda de la mujer fecundada por los espermatozoides donados por Ray hasta la pérdida y posterior recuperación de un guión de Jim Jarmusch (cameo del cineasta incluido) por un desliz erótico con una menor hija de un psicólogo dominante y machacón.

La naturaleza detectivesca de los argumentos da pie a varias referencias literarias y cinematográficas, especialmente del género negro y policíaco, cuyos clichés más reconocibles parodia al tiempo que homenajea, muy hábilmente y sin abusar.

El trabajo de guión es meticuloso y exigente, y se nota: el método de desenlace difiere en general de ese reset tan recurrente en las telecomedias, esa vuelta a la configuración inicial al final de cada capítulo. Asimismo, demuestran gran maestría a la hora de tratar los momentos sentimentales, que quedan reducidos a los estrictamente necesarios, y se encuentran hábilmente situados en circunstancias atípicas, reduciendo por tanto el comprometido efecto sensiblero. Otro fundamental estándar de calidad de la HBO.

En definitiva, si buscáis una serie de humor original, diferente y políticamente incorrecta (sin meterse en el terreno de lo socarrón), con divertidos actores, situaciones delirantes y guiones de lujo, estáis de suerte: Bored to death es vuestra serie.

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